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Home XXXV Reunión Nacional de Comisiones y Dimensiones de Liturgia México
Reunión Nacional de Comisiones y Dimensiones de Liturgia México PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez   
Viernes, 12 de Agosto de 2011 11:51

Subsidio para la predicación

a partir de los textos bíblicos y eucológicos del culto Eucarístico

 

 

Toluca, México

del 1 al 4 de Agosto 2011.

 

I.- Introducción 

Me parece muy necesario que comencemos por unificar qué entendemos por Homilía, sermón o predicación. Se denomina llanamente homilía o "sermón"(Del lat. homilía, y este del gr.) a la exhortación panegírica, en la cual el obispo, el sacerdote o el diácono se dirigen a los fieles tras la proclamación de las lecturas y del Evangelio propios de la eucaristía, o del sacramento que se esté desarrollando.

 

El sermón de la montaña pronunciado por Jesucristo (San mateo, V, VI y VII) puede ser considerado como el sermón más antiguo. Las epístolas de los apóstoles, los escritos de los primeros Padres son por lo menos en cuanto a su objeto verdaderos sermones si bien hasta el siglo IV no nace este género particular de elocuencia que los griegos llamaban homilía.

En la primitiva Iglesia sólo estaba permitida la predicación de los obispos. San Juan Crisóstomo fue, según la opinión de algunos autores, el primer presbítero que subió a la cátedra del evangelio en Antioquía. Orígenes y San Agustín predicaron igualmente no siendo más que simples sacerdotes, pero estos casos eran raros principalmente, en Occidente.

Los obispos miraban el ministerio de la predicación como muy propio de su dignidad y en su presencia no solía predicar ningún presbítero. Estos predicaban en ausencia del obispo en la iglesia metropolitana y comúnmente en las iglesias parroquiales. A veces, varios presbíteros uno después del otro, hacían su exhortación al pueblo después del canto del Evangelio en la misa y finalmente, el obispo. Si el presbítero por “poca robustez” no podía predicar, el diácono leía algún sermón u homilía de los Santos Padres. En casos extraordinarios podía el obispo permitir que algún clérigo de menores o algún seglar de singular fama, virtud y ciencia predicase públicamente en la iglesia con arreglo a lo dispuesto públicamente en el concilio IV de Cartago pero nunca a las mujeres por santas y doctas que fuesen.

El predicador solía al comenzar implorar brevemente el auxilio divino, saludar al pueblo y concluía con la alabanza o invocación a la Santísima Trinidad y con alguna oración. El predicador solía estar sentado aunque se levantase algunas veces. Los oyentes en algunas provincias estaban sentados y en otras, de pie. A veces, el auditorio interrumpía al orador con aclamaciones cuya costumbre deseaba abolir San Crisóstomo pues como decía San Jerónimo el llanto de los oyentes es elogio del orador sagrado.

Los predicadores solían llevar preparado lo que habían de decir mientras que los más ejercitados improvisaban. Algunos notarios copiaban muchas veces los sermones valiéndose para ello de notas o abreviaturas.

Florecen sucesivamente del siglo IV al VI San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo o “Boca de oro”, San Basilio, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio de Nisa, San Cipriano, San Efraím, San Cirilo, San León, San Hilario

Brillan en la Edad Media San Bernardo, Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de Predicadores, San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Juan Gerson, Savonarola.

En los siglos XV y XVI florecen en España el venerable Juan de Ávila, el maestro Oliva, fray Luis de Granada.

En el siglo XVII, llevan la oratoria sagrada en Francia al más alto punto de esplendor San Francisco de Sales, Bossuet, Bourdaloue, Massillon.

Durante el transcurso del siglo XVIII la oratoria sagrada sigue la suerte general de la literatura y decae en España del modo más lamentable mereciendo la famosa sátira del Padre Isla.

En el transcurso del siglo XIX florece de nuevo en Francia con los Padres Ravignan, Lacordaire, Félix, Monsabré, etc y en España con Coll de Valdemia, Sanz y Forés, Montescillo, Manterola, Jardiel, Arteaga, etc.

 

II.- La homilía Hoy

La liturgia de hoy nos propone más que “sermones”, que sean verdaderas homilías. La homilía, como parte integrante de la Liturgia de la Palabra viene ya descrita en el testimonio escrito en el año 155 de san Justino en el que explica al emperador Antonino Pío, cuáles son las prácticas de los cristianos. Ya entonces como ahora la homilía se situaba entre la lectura de la Palabra y la Oración de los fieles u Oración Universal.

La función de la homilía es la de realizar una exhortación sobre las lecturas y/o el sacramento que se realiza, con el fin de hacer más inteligibles los pasajes de la Biblia que se acaban de proclamar en la asamblea litúrgica. Para la confección de la homilía suelen elegirse varias fuentes privilegiadas como son los textos de los Padres de la Iglesia o de doctores y santos de la Iglesia católica.

Según las normas litúrgicas promulgadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Sagrada Litúrgia, Sacrosanctum Concilium dice: ("Se recomienda encarecidamente, como parte de la misma Liturgia (de la Palabra), la homilía, en la cual se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana. Más aún: en las Misas que se celebran los domingos y fiestas de precepto, con asistencia del pueblo, nunca se omita si no es por causa grave.")

Y en la Instrucción General del Misal Romano, aprobada por Juan Pablo II el Jueves Santo del 2000, la homilía, como parte integrante de la liturgia, debe ser un comentario vivo de la Palabra de Dios que ha ser comprendido como parte integral de la acción litúrgica. La homilía la debe hacer el sacerdote que preside, un sacerdote concelebrante o un diácono, pero nunca un laico. En casos particulares y con una razón legítima, la homilía la puede hacer un Obispo o un sacerdote que están presentes en la celebración pero que no pueden concelebrar. Los domingos y días de precepto ha de haber homilía y, solamente por un motivo muy grave, se puede eliminar de las Misas que se celebran con asistencia del pueblo. El sacerdote puede hacer la homilía de pie o bien desde la sede, o bien desde el ambón (o púlpito), o, cuando sea oportuno, desde otro lugar adecuado.

En cuanto a su finalidad, (como fue expresado por algunos de los primeros documentos litúrgicos posteriores al Vaticano II) es principalmente la de instrucción del Pueblo Santo de Dios, entonces sería lógico que quedara reservada al ‘teólogo experto’, pues la homilía es un "acto de interpretación", y el predicador debe ser un ministro ordenado, instruido y que comprenda las diversas experiencias de la asamblea a la cual se dirige y que pueda "interpretar la condición humana a través de las Escrituras".

 

III.- Maestros espirituales de la devoción a la Eucaristía

SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

Vosotros dividís un pan, y este es el remedio para conseguir la inmortalidad, bálsamo que nos preserva de la muerte, y nos da la vida eterna en Jesucristo. (S. Ignacio, carta a los de Efeso, n. 14, Tric. T. I, sent. 2, p. 31.)

 

SAN IRENEO

Jesucristo tomó el pan, sustancia criada, dio gracias a Dios, y dijo: Este es mi cuerpo. Tomó el cáliz que también es criatura destinada a nuestros usos, y aseguró que era su sangre. Así enseñó la oblación del Nuevo Testamento, la Iglesia recibió de los Apóstoles, y ofrece este sacrificio en todo el mundo al Dios que nos sostiene como primicias de sus frutos en la nueva Ley. La Iglesia es como un paraíso plantado en este mundo. De todos sus árboles podemos comer, nos dice Dios, pero no tomemos de la doctrina de los herejes, no la toquemos, porque aunque se aprecian de saber del bien y del mal, son soberbios que arrojan sus impías doctrinas contra Dios, su Criador. (S. Ireneo, sent. 5, Tric. T. 1, p. 86 y 87.)

 

SAN CIPRIANO

Si toma el alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (S. Cipriano, lib. de la Oración, sent. 35, Tric. T. l.p.305.)

 

SAN CIRILO DE JERUSALÉN

Supuesto que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? y pues que dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que no lo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Cana de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre? para que le recibamos como que es ciertamente su cuerpo y su sangre, porque bajo del pan nos da su cuerpo, y bajo del vino su sangre, para que tomando su cuerpo y sangre, nos hagamos un mismo cuerpo y sangre con El y seamos Cristílcros, oslo es, hombres que llevamos a Jesucristo, en habiendo recibido en nuestro cuerpo su cuerpo y sangre, y según la expresión de San Pedro, vengamos a ser participantes de la naturaleza divina. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. Mystag., 4, sent. 7, Tric. T. 2, p. 337.)

No consideréis ya estas cosas como que son pan y vino comunes, supuesto que son el cuerpo y sangre de Jesucristo, como El mismo dijo, porque aunque los sentidos os digan que no lo es, la fe os debe persuadir y confirmar en que lo es. No juzguéis por el gusto, sino por la le, la que nos debe hacer creer con toda certidumbre, y sin que os quede duda en contrario, que os ha dado el cuerpo y sangre de Jesucristo. (S. Cirilo de Jerusalén, ibid., sent. 8, Tric. T. 2, p. 337.)

 


SAN BASILIO MAGNO

¿Cuál es la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino par el que murió y resucitó por ellos. (S. Basilio, Reg. 80, sent. 58, Tric. T. 3, p. 1 y 200.)

 

 

SAN GREGORIO DE NISA

El que es eterno, se nos da a todos para que le comamos con el fin de que recibiéndole en nosotros mismos, lleguemos a ser lo que El es, porque dice' Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. Cualquiera, pues, que ama esta divina carne, no ama la suya; y cualquiera que tiene amor a esta divina sangre, está purificado de todos los sentimientos que la sangre camal puede causarle. Porque la carne del Verbo, y la sangre de esta carne son suaves par ios que ias gustan, y deseables para los que las pretenden. (S. Gregorio de Nisa, in Eccies. II. 8, sent. 4, Tric. T. 4, p. 113.)

 

Así como un poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa, así" también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el principio de nuestra vida, entra en nuestro cuerpo, nos le muda y transforma todo en sí'. Porque al modo que un veneno que se ha derramado por los miembros sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina naturaleza. (S. Greg. de Nisa, c. 37, sent. 29, Tric. T. 4, p. 118 y 119.)

 

Sírvanos de ley el hecho de Joseph de Arimatea, para que cuando recibamos aquella prenda del sacrosanto cuerpo, no le envolvamos en lienzo de una conciencia sucia, ni le depositemos en el monumento del corazón, cuando está lleno de huesos de muertos y de todo género de inmundicias. Cada uno se prueba y examine, como dice el Apóstol: No le sirva de juicio de condenación si la recibe indignamente. (S. Greg. de Nisa, in Christ. Resurr., sent. 19, adic., Tric. T. 4, p. 364 y 365.)

SAN AMBROSIO

Con carne y con mana que nos figuran el precioso cuerpo de Jesucristo, se alimentó el pueblo de Israel: Jesucristo es para nosotros verdadera comida y verdadero maná, no ya en figura, sino en verdad; por su verdadera humanidad es realmente carne, y un pan que vive por su divinidad: de suerte, que cuando cómenos el cuerpo de Jesucristo, participamos de su divinidad y de su humanidad. (S. Ambrosio, sent. 26, Tric. T. 4, p. 318.)

 

Acercaos al alimento del cuerpo del Señor a aquella bebida que de tal suerte embriaga a los fieles, que los llena de contento con la remisión de sus culpas, y los libra de los cuidados del mundo, del miedo de la muerte y de las inquietudes de esta vida. Esta santa embriaguez no hace titubear al cuerpo, antes bien, le confirma, no turba el espíritu, sino que le consagra y santifica. (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 65, Tric. T. 4, p. 326.)

 

Jesucristo es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamo el Profeta pan de Angeles: mas aquel no era el verdadero pan, solo era sombra del que habia de venir. El pan Eterno me tenia reservado este verdadero pan que viene del cielo, y este es el pan de la vida. Aquel, pues, que come la vida, no podrá morir, porque ¿como había de morir el que tiene por alimento la misma vida? (S. Ambrosio).

 

SAN JERÓNIMO

Puede ser que me digáis que el pan que recibís del altar, es pan común; pero al punto que se dijeron las palabras de la consagración, se convirtió ese mismo pan en la carne de Jesucristo. Si me preguntan: ¿Que palabras son las que sirven en esta consagración? Digo que nos valemos de las propias de Jesucristo. Antes de consagrar, es el cuerpo de Jesucristo. Oid que el mismo dice: Tomadle y comerle todos, porque este es mi cuerpo. Antes de las palabras de Jesucristo solo hay en el cáliz vino y agua mezclados pero después de lo que han obrado las palabras de Jesucristo, se convierten en su sangre, la cual redimió su pueblo.

 

Si el pan de la Eucaristía es el pan cotidiano, ¿porque le recibís una vez al año solamente? Recibidle todos los días para conseguir todos los días el fruto. Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días, a la verdad, el que no es digno de recibidle todos los días, tampoco merece recibirle una vez al año. Sabéis que el santo Job ofrecía sacrificio por sus hijos, receloso de que hubiesen pecado en pensamiento o en palabras: ¿Como, pues, sabiendo vosotros que siempre que se ofrece el Sacrificio se hace memoria de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, de la remisión de los pecados? ¿Como, vuelvo a decir lo que esto sabéis, no recibís todos los días este pan de la vida? El que se siente herido busca el remedio para sanar. Todos estamos heridos, pues hemos pecado. Ahora bien, este venerable y celestial sacramento es el remedio de todas nuestras heridas.

 

Llegad a el y saciaros, porque es divino pan: llegad y bebed, pues es fuente: llegad a el para ilustraros, pues es luz: llegad y libraos, porque es donde esta el Espíritu del Señor, esta la libertad; llegad quedad absueltos, pues es perdón de los pecados "Pruébese cada uno, y llegúese después al cuerpo de Jesucristo. No es decir que un día o dos que difiera la comunión, haga al cristiano más santo, ni que yo merezca mañana o después de mañana lo que hoy no he merecido; sino que el dolor que debo sentir de no haberme hallado en estado de comulgar, me obligue a separarme por algunos días del consorcio, de mi propia mujer, prefiriendo al amor que la tengo, el que debo a Jesucristo. (S. Jerónimo. Epist. 48, ad Pammach., sent. 40, Tric. T. 5, p. 245.)

 

"Debemos saber que el pan que partió el Salvador y le dio a sus discípulos, era su propio cuerpo, según lo que el mismo Señor dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Moisés, pues, no fue el que nos dio el verdadero pan, sino nuestro Señor Jesucristo: éste es el que está sentado en el convite y el mismo es nuestro convite: El es el que come y el que es comida. (S. Jerón., Quaes, 2, ad Hedib., ep. 120, sent. 59, Tric. T. 5, p. 248.)"



Como la carne de nuestro Señor es un verdadero alimento, y su sangre una verdadera bebida, el único bien que nos resta en este mundo, es comer su carne y beber su sangre, no solamente en los santos misterios, sino también en la lección de las Escrituras, porque las luces que en estas hallamos, son el sustento y la bebida que sacamos de la palabra de Dios. (S. Jerón., ¡n Ecciesiast., c. 3, sent. 82, Tric. T. 5, p. 253.)

 

Vosotros ofrecéis sobre mi altar un pan profanado y manchado. Sin duda profanamos y manchamos el pan, esto es, el cuerpo de Jesucristo cuando nos acercamos al altar en un estado indigno de participarle: cuando estando impuros bebemos aquella sangre pura; y no obstante decimos: ¿Es que es despreciada y deshonrada la mesa del Señor? No porque haya quien se atreva a decirlo, ni a proferir con delicuente voz la impiedad que tiene su alma, pero las malas obras de los pecadores son las que efectivamente deshonran la mesa de Dios. (S. Jerón., in Malach., c. 1, sent. 88, Tric. T. 5, p. 251.)

 

SAN JUAN CRISÓSTOMO

Así como aquel que no se siente reo de iniquidad alguna, debe comulgar todos los días; por el contrario, el que ha pecado y no ha hecho penitencia no lo puede hacer con seguridad ni en los de fiesta. (S. Juan Crisóst., Homil. 31, sent. 26, Tric. T. 6, p. 305.)

 

Vamos como la Hemorroisa a tocar la orla de la vestidura de Jesucristo, o por mejor decir, vamos a poseerle todo entero: pues tenemos ahora su cuerpo en nuestras manos. Ya no es sólo su vestido el que permite tocar, sino que nos presenta su mismo cuerpo para que lleguemos a comerle. Acerquémonos, pues, con ardiente fe, los que estamos enfermos. Si los que entonces tocaron solamente la orla de sus vestidos sintieron tan grande efecto, ¿qué no podrán esperar los que aquí le reciben todo entero? (S. Juan Crisóst., Homil. 51, sent. 62, Tric. T. 6, p. 311.)

 

Cuántos hay que dicen: Yo quisiera ver a nuestro Señor Jesucristo con aquel mismo cuerpo con que conversaba con los hombres; mucho me alegraría de ver su rostro y su traje. Yo os digo, que al mismo Señor veis, tocáis, y aun coméis. Deseáis ver sus vestidos, y veis aquí que os permite tocarle y recibirle en vuestro pecho. (S. Juan Crisót., Homil. 83, sent. 70, Tric. T. 6, p. 312 y 313.)

 

¿Quién debe estar más puro que aquel que participa de semejante sacrificio, que aquella mano que distribuye esta divina carne, que aquella boca que está llena de este fuego espiritual y aquella lengua que rojea con esta preciosa sangre? Imaginad bien la honra que recibís y a que mesa os sentáis. Aquel mismo a quien los ángeles miran con temblor, es el que ahora nos sirve de alimento, se une con nosotros, y somos con el un mismo cuerpo y una misma sangre. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 71, Tric. ihid., ¡bid.)

 

¿Qué pastor ha dado jamás su sangre para alimentar sus ovejas? Vemos muchas madres que habiendo parido sus hijos, los dan a criar a otras mujeres, pero no procede Jesucristo, así con nosotros: El mismo nos alimenta con su carne, nos junta y une consigo estrechamente. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 72, Tric. ibid., ibid.,)

 

No nos quedemos insensibles a tan grande honra, y a un amor tan religioso. Reparad con que ímpetu se arrojan los niños al seno de sus madres, y con qué ansia chupan los pechos. Imitémosles acercándonos con las mismas ansias a esta divina mesa, bebiendo, por decirlo así, la leche espiritual de aquellos sagrados pechos: pero vamos corriendo con mayor ardor para atraer a nuestros corazones, como hijos de Dios, la gracia del Espíritu Santo: sea nuestro mayor dolor el vernos privados de este alimento celestial. (S. Juan Crisóst. Homil., 87, sent. 73, Tric. T. 6, p. 313.)

 

Si vosotros no os atrevéis a arrojar del sagrado altar los indignos, decídmelo a mi, que yo no permitiré que se lleguen a él: porque primero perderé la vida, que dar el cuerpo del Señor al indigno; y primero permitiré que derramen mi sangre, que presentar tan santo y venerable cuerpo al que no se halla en estado de recibirle. Si vosotros ignoráis que los que se acercan son indignos, entonces no es falta vuestra, si antes habéis puesto el mayor cuidado en conseguir este discernimiento; porque no hablo ahora de aquellas personas que públicamente son conocidas por viciosas. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 74, Tric. ibid., ibid.)

 

Muchos una vez al año se acercan al Santo Sacramento: otros llegan más a menudo. ¿A quiénes estimaremos más? a los que comulgan a menudo, o a los que comulgan una vez? Solamente debemos estimar a los que comulgan con conciencia pura y sincera, con un corazón limpio y con una vida irreprensible; los que se hallan en esta disposición, lleguen todos los días; los que no, ni una vez se acerquen: porque no hacen otra cosa que irrilar contra sí el juicio de Dios y hacerse dignos de la más rigurosa condenación. (S. Juan Crisóstomo. Homil. 17, ad Hcbr., senl. 147, Tric. T. o, p. 327.)

 

¿Pensáis que comulgando una vez al año serán suficiente 40 días de penitencia para purificaros de los pecados que habéis cometido en tanto tiempo? No pasarán 8 días sin que volváis a los desórdenes de la vida anterior. ¡Por haber empleado así en penitencia 40 días, y acaso menos, esperáis que Dios os mirará con misericordia! Yo digo que eso es burlarse de Dios. No quiero por esto impediros el comulgar una vez al año; por el contrario, quisiera yo que continuamente pudierais llegar a los sagrados misterios; pero estos están destinados para los Santos, y esto es lo que dice en alta voz el Diácono cuando llama a los Santos a esta santa mesa. (S. Juan Crisóst., Homil, ihid., sent. 14, Tric. ibid., ibid.)

 

Cuando el Diácono pronuncia públicamente estas palabras: Las cosas son para los Santos, es lo mismo que si dijera: Si alguno no es Santo, no se acerque a esta mesa. Al hombre no le hace Santo la simple remisión de sus pecados, sino la presencia del Espíritu Santo en su alma, y la abundancia de las buenas obras; como si dijera: no quiero que estéis retirados del podre y de la basura, sino que se vea resplandecer en vosotros una blancura y una hermosura particular. (S. Juan Crisóst., ibid., senl. 149, Tric. ibid. ibid.)

 

No merezcamos la indignación de Dios llegando con mala disposición a la divina mesa. En esta debemos hallar el soberano remedio de todos nuestros males; debemos hallar un tesoro inagotable para comprar el reino celestial. Acerquémonos, pues, con respetuoso temblor, dando gracias a Jesucristo, postrándonos en su presencia con grande veneración, confesándole con humildad nuestros pecados, llorando amargamente nuestras ofensas, dirigiéndole oraciones largas y fervorosas. Purifiquémonos, llegando con el silencio y el respeto que le debemos, como a Rey de la gloria, (S. Juan Crisóst., Serm. de die H Nativit. Christ., n. 7, sent. 216.)

 

Cuando oímos la palabra de Dios, cuando nos ocupamos en la oración, y nos acercamos a la divina mesa, o practicamos alguna obra de piedad, hagámoslo todo con circunspección y reverencia, para no merecer por nuestra pereza o inconsideración aquella maldición de un Profeta: Maldito es el que hace con negligencia la obra del Señor. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 217, Tric. ibid.. ihid.)

 

Cuando os acercáis a la santa comunión no penséis que recibís aquel divino cuerpo de manos de un hombre: representaos vivamente que estáis recibiendo aquel carbón encendido que vio Isaías, y que un Ángel no se atrevió a tocar con sus manos. Representaos también la sangre saludable del sagrado cáliz, como si estuviera corriendo de la llaga de aquel puro y divino costado de Jesucristo, y acercándoos con este pensamiento , recibidla con labios puros. Yo os suplico, pues, y conjuro a que lleguéis con temblor y respeto, con los ojos bajos, el alma levantada al cielo, llorando en silencio y con alegría en lo íntimo del corazón, semejantes a aquellos que estando en presencia del Rey de la tierra, sujetos a la corrupción y al tiempo, están como si no tuvieran voz, ni movimiento con el exceso de respeto que los tiene sobrecogidos. (S. Juan Crisóst., Serm. de Peniten., sent. 218, Tric. ibid., p. 343 y 344.)

 

El que come y bebe indignamente este pan y este vino, será reo del cuerpo y sangre del Señor: es decir, que los que participan indignamente de los sagrados misterios, serán castigados como los que crucificaron a Jesucristo. Los judíos le rasgaron su santísima carne clavándole en la cruz; mas vosotros, viviendo en pecado, le mancháis con una lengua y un alma impura: por este motivo, como dice el Apóstol: Caen muchos de vosotros en diversas enfermedades, y mueren muchos. (S. Juan Crisóst., Serm. o de Martyrih., n. 3, senl. 234, I Tric. T. 6, p. 34".)

 

¿No es la comunión de la sangre de Jesucristo el cáliz de bendición que bendecimos? Estas palabras del Apóstol deben imprimir en nosotros tanto terror como fe, pues nos enseñan que lo que está en el cáliz es la misma sangre que salió del costado de Jesucristo de la cruz, y nosotros participamos de ella. Llama el Apóstol cáliz de bendición, porque teniéndole en las manos, elevadas con la admiración, le honremos con himnos y cánticos, pasmados, y extáticos de recibir tan grande don. Le damos infinitas gracias, no sólo porque derramó por nosotros su divina sangre en la pasión, sino también porque se dignó de darla en este santo Sacramento. (San Juan Crisóst., Homl. 24, sent. 306, Tric. T. 6, p. 364.)

 

Debe notarse, que cuando el Apóstol habla de los judíos, no dice que participan de Dios, sino del altar, porque lo que antiguamente se ofrecía en el altar, debía consumirse con el fuego. No sucede esto con el cuerpo de Jesucristo. Y ¿en qué consiste esta diferencia? En que hay comunicación de este cuerpo santísimo con los hombres fieles, y así no participamos sólo del altar, sino del mismo cuerpo de Jesucristo. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 307, Tric. ibid., ibid.)

 

Si es verdad, que no hay hombre tan atrevido que se atreve a tocar la púrpura de un rey, ¿cómo hemos de ser nosotros tan temerarios que recibamos con indignidad el cuerpo del mismo Dios, que es infinitamente superior a los mayores reyes de la tierra, y a todas las cosas creadas, este cuerpo que es tan puro, y en el que no puede haber mancha: que está unido y habita la divinidad, por la cual recibimos el ser y la vida, y a Jesucristo que rompió las puertas del infierno, y nos abrió las bóvedas del cielo? No seamos por nuestra imprudencia, homicidas de nosotros mismos: acerquémonos a aquel divino cuerpo con mucho temor y pureza; consideradle cuando os lo presentan y decid: ¿Es este el cuerpo que hace que yo sea más que tierra y ceniza y que ya no esté cautivo, sino libre? ¿Es este cuerpo el que me da la esperanza de entrar algún día en el cielo y gozar de todos los bienes que hay en él, de conseguir una vida eterna, de verme sublimado al estado de los ángeles, y de ser admitido a la compañía de Jesucristo? (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 308, Tric. ibid., ibid.)

 

Si salimos de este mundo con la digna participación de este Sacramento, entraremos con grande confianza en el santuario del cielo, como que vamos revestido de armas de oro que nos hacen invulnerables a nuestros enemigos. Mas, ¿para qué hablo de las cosas que están por venir, cuando en esta vida nos hace este misterio un cielo de la tierra? Abrid las puertas del cielo, o por mejor decir, el cielo de los cielos, y veréis aquí abajo lo más precioso y venerable que se adora allá en la gloria; porque así como en los palacios de los reyes de la tierra no son las paredes ni los artesonados de oro lo más magnífico, sino la persona del rey sentado sobre su trono, así lo mejor del cielo se os permite ver en la tierra, porque yo os estoy mostrando, no a los Angeles, ni a los Arcángeles, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor y rey de los Angeles, Arcángeles y cielos. Considerad que veis sobre la tierra lo más excelente y adorable que hay en el cielo, y que no solamente le veis, sino que le tocáis, le coméis y le lleváis a vuestra casa. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 309, Tric. ibid., p. 366.)

 

¿Cuánto más digno de castigo os parece que será el que hubiese pisado al Hijo de Dios, que hubiese tenido por cosa inútil y profana la sangre de la alianza, y hubiese ultrajado el Espíritu de la gracia? ¿Qué querrá, decía el Apóstol, con estas palabras? ¿Y cómo puede ser pisado el Hijo de Dios? Cuando el que ha participado de estos santos misterios, comete un pecado, entonces es verdad, que trató a Jesucristo con desprecio y con ultraje, porque así como damos a entender que no estimamos en nada las cosas que pisamos, así es preciso que los que pecan, en nada estimen a Jesucristo, recibido en la comunión. Vosotros fuisteis hecho cuerpo de Jesucristo y después os ponéis en estado de que el demonio os pise (S. Juan Crisóst. Homl. 20, ad. Hcbr., sent. 383, Tric. T. 6, p. 383.)

 

SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA

El que come, dice Jesucristo, tendrá la vida en mi. Nosotros realmente le comemos, pero no por esto debe decirse que consumimos la divinidad: ¡vaya lejos de nosotros semejante impiedad! Comemos la carne del Verbo que se ha hecho vivifica, porque es propia de aquel que vive por el Padre... Como cuerpo, pues, de este mismo Verbo, que se le apropió con una verdadera unión, la cual excede la inteligencia y todo cuanto se pudiera decir, da la vida. De este modo nosotros que participamos de su sagrado cuerpo y de su divina sangre, somos enteramente vivificados, pues el Verbo permanece en nosotros, no solamente de un modo divino por el Espíritu Santo, sino también de un modo humano por medio de su santa carne y de su sangre preciosa. (S. Cirilo Alejand., Comment, in Joan., lib. 4, adv. Nesl., p. 1 10, T. 6, sent. S, Tric. T. S, p. 99.)

 

Así como aquel que junta una masa de cera con otra, ya no ve sino sola una, así me parece que el que recibe el cuerpo de nuestro Salvador y bebe su preciosa sangre, se hace uno con El, como el mismo Señor lo dijo; porque en cierto modo queda mezclado en El y con El por esta participación; de suerte que Jesucristo se halla en él, y él en Jesucristo.

 

TEODORETO DE CIRO

Pruébese el hombre a sí mismo. Sed vuestros propios jueces; examinad cuidadosamente cual es vuestra vida: escudriñad vuestra conciencia, y después id a recibir aquel precioso don, esto es, el cuerpo del Salvador: porque el que le come y bebe indignamente, bebe y come su juicio. No solamente no conseguiréis la salud, sino que castigará Dios vuestra insolencia y la injuria que había hecho a Jesucristo. (Teodoreto, Ep. 1, Cor. c. 11, sent. 9, Tric. T. 8, p. 263.)

 

La participación del cuerpo y sangre de Jesucristo, nos transforma en lo mismo que recibimos: si estamos muertos y sepultados en Jesucristo, también resucitaremos con El. Es necesario, que siempre le llevemos en nuestro cuerpo y en nuestra alma; porque dice el Apóstol: Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida en Dios con Jesucristo. Cuando venga Jesucristo que es vuestra vida, también vosotros apareceréis con El en la gloria. (S. León, Papa, Serm. 63, sent. 51. Tric. T. S, p. 394.)

 

SAN JUAN DAMASCENO

Lleguemos al sacramento de la Eucaristía con un ardiente deseo: recibamos en ella el divino luego que ha de consumir nuestros pecados, iluminar nuestros entendimientos, inHamar nuestros cora/.ones y hacernos como otros tantos Dioses. (S. Juan Damas, de tide oriho-dox., lib. 4, sent. 2, Tric. T. 9, p. 201 y 202.)

 

El pan y el vino después de la consagración no son la figura del cuerpo y sangre de Jesucristo, ni Dios permite que se diga, pues son el mismo cuerpo de Jesucristo unido a la Divinidad. A la verdad, no dijo el Señor, esto es la figura de mi cuerpo, sino este es mi cuerpo, etc. (S. Juan Damas., ibid., sent. 3, Tric. ibid., p. 292.)

El más grande teólogo de la devoción a la Eucaristía es santo Tomás de Aquino (1224-1274). Según datos históricos exactos, sabemos que santo Tomás era en su comunidad dominica «el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma Teológica, BAC 29, 1957,57*).

Él compuso, por encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange lingua, Sacris solemniis, Lau-da Sion, etc. (+Sisto Terán, Santo Tomás, poeta del Santísimo Sacramento, Univ. Católica, Tucumán 1979). La tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia, y junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste, en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo en la mano derecha el Santísimo Sacramento.

Desde el siglo XIII, los grandes maestros espirituales han enseñado siempre la relación profunda que existe entre la Eucaristía –celebrada y adorada– y la configuración progresiva a Jesucristo. Recordaremos sólo a algunos.

Guiard de Laon, el doctor eucarístico, relacionado con Juliana de Mont-Cornillon y el movimiento eucarístico de Lieja, publica hacia 1222 De XII fructibus venerabilis sacramenti. San Buenaventura (+1274) expresa su franciscana devoción eucarística en De sanctissimo corpore Christi, partiendo de los seis grandes símbolos eucarísticos anticipados en el Antiguo Testamento. El franciscano Roger Bacon (+1294), la terciaria franciscana santa Ángela de Foligno (+1309), los dominicos Juan Taulero (+1361) y Enrique Suso (+1365), el canciller de la universidad de París, Jean Gerson (+1429), Dionisio el cartujano, el doctor extático (+1471), se distinguen también por la centralidad de la devoción eucarística en su espiritualidad. La Devotio moderna, tan importante en la espiritualidad de los siglos XIV y XV, es también netamente eucarística. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el libro IV de la Imitación de Cristo, De Sacramento Corporis Christi.

Esta relación de maestros espirituales acentuadamente eucarísticos podría alargarse hasta nuestro tiempo. Pero aquí solamente haremos mención especial de algunos santos de los últimos siglos.

En el siglo XVI, pocos hacen tanto por difundir entre el pueblo cristiano el amor al Sacramento como san Ignacio de Loyola (1491-1556). En seguida de su conversión, estando en Manresa (1522-1523), en la Misa, «alzándose el Corpus Domini, vio con los ojos interiores... vio con el entendimiento claramente cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor» (Autobiografía, 29).  

Recordemos también las visiones que tiene de la divina Trinidad, con tantas lágrimas, en la celebración de la Misa, y «acabando la Misa», al «hacer oración al Corpus Domini», estando en el «lugar del Santísimo Sacramento» (Diario espiritual 34: 6-III-1544).

No es extraño, pues, que san Ignacio fomentara tanto en el pueblo la devoción a la Eucaristía. Así lo hizo, concretamente, con sus paisanos de Azpeitia. En efecto, cuando Paulo III, en 1539, aprueba con Bula la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada por el dominico Tomás de Stella en la iglesia dominicana de la Minerva, San Ignacio se apresura a comunicar esta gracia a los de Azpeitia, y en 1540 les escribe: «ofreciéndose una gran obra, que Dios N. S. ha hecho por un fraile dominico, nuestro muy grande amigo y conocido de muchos años, es a saber, en honor y favor del santísimo Sacramento, determine de consolar y visitar vuestras ánimas in Spiritu Sancto con esa Bula que el señor bachiller [Antonio Araoz] lleva» (VIII/IX-1540). Los jesuitas, fieles a este carisma original, serán después uno de los mayores difusores de la piedad eucarística, por las Congregaciones Marianas y por muchos otros medios, como el Apostolado de la Oración.

 Santa Teresa de Jesús (1515-1582), en el mismo siglo, tiene también una vida espiritual muy centrada en el Santísimo Sacramento. Ella, que tenía especial devoción a la fiesta del Corpus (Vida 30,11), refiere que en medio de sus tentaciones, cansancios y angustias, «algunas veces, y casi de ordinario, al menos lo más continuo, en acabando de comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando a el Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto» (30,14).

Confiesa con frecuencia su asombro enamorado ante la Majestad infinita de Dios, hecha presente en la humildad indecible de una hostia pequeña: «y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia» (38,19). «Harta misericordia nos hace a todos, que quiere entienda [el alma] que es Él el que está en el Santísimo Sacramento» (Camino Esc. 61,10). 

La Eucaristía, para el alma y para el cuerpo, es el pan y la medicina de Teresa: « ¿pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Camino Vall. 34,7; +el pan nuestro de cada día: 33-34).

Ella se conmueve ante la palabra inefable del Cantar de los Cantares, «bésame con beso de tu boca» (1,1): «¡Oh Señor mío y Dios mío, y qué palabra ésta, para que la diga un gusano de su Criador!». Pero la ve cumplida asombrosamente en la Eucaristía: « ¿Qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento?» (Conceptos del Amor de Dios 1,10). La comunión eucarística es un abrazo inmenso que nos da el Señor.

Para santa Teresa, fundar un Carmelo es ante todo encender la llama de un nuevo Sagrario. Y esto es lo que más le conforta en sus abrumadores trabajos de fundadora:

«Para mí es grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento» (Fundaciones 3,10). «Nunca dejé fundación por miedo de trabajo, considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento... No lo advertimos esta Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está, en el Santísimo Sacramento en muchas partes, grande consuelo nos había de ser» (18,5). Hecha la fundación, la inauguración del Sagrario es su máximo premio y gozo: «fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento» (36,6).

Por otra parte, Teresa sufre y se angustia a causa de las ofensas inferidas al Sacramento, nada le duele tanto.

Mucho hemos de rezar y ofrecer para que «no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (Camino Perf. Vall. 35,3)... «parece que le quieren ya tornar a echar del mundo» (ib. Esc. 62,63; +58,2).

Pero aún le horrorizan más a Teresa las ofensas a la Eucaristía que proceden de los malos cristianos: «Tengo por cierto habrá muchas personas que se llegan al Santísimo Sacramento –y plega al Señor yo mienta– con pecados mortales graves» (Conceptos Amor de Dios 1,11).

En la España de ese tiempo, la devoción eucarística está ya plenamente arraigada en el pueblo cristiano. San Juan de Ribera (1532-1611), obispo de Valencia, en una carta a los sacerdotes les escribe:

«Oímos con mucho consuelo lo que muchos de vosotros me han escrito, afirmándome que está muy introducida la costumbre de saludarse unas personas a otras diciendo: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Esto mismo deseo que se observe en todo nuestro arzobispado» (28-II-1609).

En Francia, en el siglo XVII, las más altas revelaciones privadas que recibió santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, acerca del Sagrado Corazón se produjeron estando ella en adoración del Santísimo expuesto. 

Y como ella misma refiere, esa devoción inmensa a la Eucaristía la tenía ya de joven, antes de entrar religiosa, cuando todavía vivía al servicio de personas que le eran hostiles: «ante el Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta que jamás sentía cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin beber, ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia, como un cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No me podía quedar en el fondo de la iglesia, y por confusión que sintiese de mí misma, no dejaba de acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento» (Autobiografía 13). 

De hecho, la devoción al Corazón de Jesús, desde sus mismos inicios, ha sido siempre acentuadamente eucarística, y por causas muy profundas, como subraya el Magisterio (+Pío XII, 1946, Haurietis aquas, 20, 35; Pablo VI, cta. apost. Investigabiles divitias 6-II-1965).

En el siglo siguiente, en el XVIII, podemos recordar la gran devoción eucarística de san Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los Pasionistas. Él, como declara en su Diario espiritual, «deseaba morir mártir, yendo allí donde se niega el adorabilísimo misterio del Santísimo Sacramento» (26-XII-1720). Captaba en la Eucaristía de tal modo la majestad y santidad de Cristo, que apenas le era posible a veces mantenerse en la iglesia:

«Decía yo a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues yo soy peor que un demonio. Sin embargo, la confianza en mi Esposo sacramentado no se me quita: le decía que se acuerde de lo que me ha dejado en el santo Evangelio, esto es, que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario 5-XII-1720).

En cuanto al siglo XIX, recordemos al santo Cura de Ars (1786-1859). Juan XXIII, en la encíclica Sacerdotii Nostri primordia, de 1959, en el centenario del santo, hace un extenso elogio de esa devoción:

«La oración del Cura de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su iglesia, donde le retenían sus innumerables penitentes, era sobre todo una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento, era verdaderamente extraordinaria: Allí está, solía decir» (16).

Otro gran modelo de piedad eucarística en ese mismo siglo es san Antonio María Claret (1807-1870), fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, los claretianos. En su Autobiografía refiere: cuando era niño, «las funciones que más me gustaban eran las del Santísimo Sacramento» (37). Su iconografía propia le representa a veces con una Hostia en el pecho, como si él fuera una custodia viviente.

Esto es a causa de un prodigio que él mismo refiere en su Autobiografía: el 26 de agosto de 1861, «a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho» (694). Gracia singularísima, de la que él mismo no estaba seguro, hasta que el mismo Cristo se la confirma el 16 de mayo de 1862, de madrugada: «en la Misa, me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramental-mente» (700). El Señor, por otra parte, le hace ver que una de las devociones fundamentales para atajar los males que amenazan a España es la devoción al Santísimo Sacramento (695).

IV.- La lectura de la Palabra de Dios y las Oraciones

A continuación, vamos a analizar la propuesta de Palabra de Dios y las Oraciones, para descubrir los nombres y efectos de la Eucaristía que el nuevo ritual presenta:

Jn 6, 51

Esto dice el Señor:

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;

el que coma de este pan vivirá para siempre,

y el pan que yo les voy a dar es mi carne

para que el mundo tenga vida.

 

O bien: Jn 6. 54-55

El que come mi carne y bebe mi sangre,

tiene vida eterna

y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida

y mi sangre es verdadera bebida.

 

O bien: Jn 6, 54-58

El que come mi carne y bebe mi sangre,

tiene vida eterna

y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida

y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre,

permanece en mí y yo en él.

Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida

y yo vivo por él,

así el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo;

no es como el maná que comieron sus padres,

pues murieron.

El que come de este pan vivirá para siempre.

 

O bien: Jn 14, 6

Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Nadie va al Padre si no es por mí.

 

 


O bien: Jn 14, 23

El que me ama, cumplirá mi palabra

y mi Padre lo amará

y vendremos a él

y haremos en él nuestra morada.

 

O bien: Jn 14. 27

La paz les dejo, mi paz les doy.

No se la doy como la da el mundo.

No pierdan la paz ni se acobarden.

 

O bien: Jn 15,4

Permanezcan en mí y yo en ustedes.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid,

así tampoco ustedes,

si no permanecen en mí.

 

O bien: Jn 15, 5

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos;

el que permanece en mí y yo en él,

ése da fruto abundante,

porque sin mí nada pueden hacer.

 

O bien: 1 Cor 11, 26

Cada vez que ustedes comen de este pan

y beben de este cáliz,

proclaman la muerte del Señor,

hasta que vuelva.

 

O bien: Jn 11,6

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor.

Dios es amor, y quien permanece en el amor

permanece en Dios y Dios en él.

 

 

ORACIONES

 

Oremos.

Señor nuestro, Jesucristo,

que en este sacramento admirable

nos dejaste el memorial de tu Pasión,

concédenos venerar de tal modo

los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

que experimentemos constantemente en nosotros

el fruto de tu redención.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

que llevaste a cabo la obra de la redención humana

por el Misterio Pascual de tu Hijo,

concédenos que, al anunciar llenos de fe,

por medio de los signos sacramentales,

su muerte y resurrección,

recibamos cada vez con mayor abundancia

los frutos de la salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

infúndenos el Espíritu de tu caridad

para que, alimentados todos con el mismo pan del cielo,

permanezcamos unidos en el mismo amor.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

que la participación en este banquete celestial

nos santifique, de modo que,

por la recepción del Cuerpo de tu Hijo,

se estreche entre nosotros la unión fraterna,

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

como fruto de nuestra participación

en este sacramento de vida eterna,

enséñanos a no sobrevalorar las cosas terrenales

y a desear ardientemente las del cielo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro, te damos gracias,

porque al darnos en este sacramento

el Cuerpo glorioso de tu Hijo,

nos permites participar ya, desde este mundo,

de los bienes eternos de tu Reino,

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Padre celestial, Dios todopoderoso,

a quienes has alimentado con tus sacramentos,

concédeles servirte con una vida que te sea agradable.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

tú que has querido hacernos participar

de un mismo pan y un mismo cáliz,

concédenos vivir de tal manera unidos en Cristo, tu Hijo,

que nuestro trabajo sea eficaz para la salvación del mundo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

O bien:

Te rogamos, Dios y Padre nuestro,

que este sacramento con que nos has alimentado,

nos haga crecer en tu amor

y nos impulse a servirte en nuestros prójimos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

te damos gracias

por habernos alimentado

con el Cuerpo de tu Hijo

y te rogamos que la fuerza del Espíritu Santo,

que nos has comunicado en este sacramento,

permanezca en nosotros y transforme toda nuestra vida.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Dios y Padre nuestro,

tú que nos has alimentado de un mismo pan,

concédenos permanecer unidos en tu amor

y emprender así una vida nueva.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Tiempo Pascual

Dios y Padre nuestro,

infunde en nosotros

el Espíritu de tu caridad,

para que, saciados con los sacramentos pascuales,

vivamos unidos con el vínculo de tu amor.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Te rogamos, Dios y Padre nuestro,

que purificados ya de nuestras pasadas culpas,

la participación en este sacramento de tu Hijo

nos transforme en hombres nuevos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

O bien:

Padre celestial, Dios de poder y misericordia,

que en la resurrección de tu Hijo

nos has dado la esperanza de la vida eterna,

aumenta en nosotros la eficacia del Misterio Pascual

con la fuerza de este sacramento de salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Todos responden:

Amén.

 

 

Conclusión

Muchos textos conciliares y patrísticos, que reconocen la presencia de Cristo en las Escrituras, trazan un paralelismo entre la Eucaristía y la Palabra. San Ignacio de Antioquía afirma: “Mi refugio es el Evangelio que es para mí como la carne de Cristo”. Cesáreo de Arles escribe: ‘Díganme, hermanos y hermanas, ¿qué creen que es más importante: la Palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo? Si quieren responder bien, deben decir sin duda que la Palabra de Dios no es menos que el Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, si somos cuidadosos cuando nos es dado el Cuerpo de Cristo para que nada se caiga de nuestras manos al suelo, ¿no debemos también tener igual cuidado para que la Palabra de Cristo, que se nos ofrece y da, no se escape de nuestros corazones, algo que sucedería si estuviéramos pensando en otra cosa? No se es menos culpable escuchando negligentemente la Palabra de Dios que dejando caer al suelo el Cuerpo de Cristo”. San Jerónimo también compara el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la ciencia de las Escrituras: “Ciertamente, dado que el Cuerpo del Señor es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida (…) tenemos la ventaja en nuestra vida actual en el mundo de ser capaces de comer su Cuerpo y beber su Sangre, no sólo en el misterio, sino también al leer las Escrituras.

Puede decirse que la homilía es a la Liturgia de la Palabra lo que la fracción del pan es al rito de Comunión. Su propósito es animarnos a aceptar la Palabra como lo que verdaderamente es, la Palabra de Dios, y a ponerla en práctica en cada pequeño momento de nuestra vida. La palabra “homilía” viene de la palabra griega que significa “conversación familiar” o “corazón hablando con corazón”. A través de la homilía, la Palabra hablada de Dios y la Liturgia de la Eucaristía se convierten, unidas, en “la proclamación de las maravillas de Dios en la historia de la salvación o el misterio de Cristo”. Al ayudar a la gente a hacer suyos los mismos sentimientos de Cristo mediante la exposición de algún aspecto de las lecturas de las Sagradas Escrituras o de otro texto del Ordinario o del Propio de la Misa del día, quien hace la homilía necesita considerar tanto el misterio celebrado como las necesidades particulares de quienes escuchan. La homilía está orientada a explicar la Palabra de Dios y a ayudar a que la gente descubra el “arte de vivir” en comunión con Cristo y entre nosotros, que fluye de la Eucaristía.

 

Por México

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