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ASPECTOS DE LA EUCARISTÍA: SACRAMENTO, SACRIFICIO, ALIMENTO Y PRESENCIA REAL II PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez   
Miércoles, 10 de Agosto de 2011 12:53

A lo largo de la Historia, al difuminarse una clave de interpretación o distinguirse demasiado otra, se iban haciendo más difusas las categorías en las que se puede entender formalmente lo que es la Eucaristía.

El factor global y unificador puede considerarse la clave pascual. Desde esa perspectiva pueden entenderse las demás. La Eucaristía, como celebración pascual, es la participación de la acción salvífica de Cristo en su muerte y resurrección, en el marco de una comunidad creyente que escucha cúlticamente la Palabra, da gracias a Dios, renueva la Alianza con él y participa del pan y del vino que el Espíritu Santo ha transformado en el cuerpo y sangre del Resucitado, como signo y primicia de la transformación universal.

 

El signo humano que más se resalta en la reflexión teológica actual es, tal vez, el de la comida. Con lo que volvemos a la voluntad radical del Señor: tomen y coman, tomen y beban. La comunión eucarística es el momento en que la presencia de Cristo se nos hace más densa y cercana. Y es el momento en que participamos más profundamente de su sacrificio pascual, que él mismo hace presente en nuestra celebración cuando la comunidad se reúne para hacer presente el memorial de su pascua. Es comida sacrificial o sacrificio participado sacramentalmente en la comida.

 

Las palabras que dan sentido a los gestos. En la teología clásica se le llama la forma del sacramento. En la teología occidental estas palabras son, ante todo, las que Cristo pronunció en la Última cena cuando ofreció el pan y el vino a sus discípulos. Son palabras interpretativas y a la vez eficaces: ellas dan a la acción simbólica la categoría de signo sacramental y la realidad de la autodonación de Cristo en el pan y el vino. Palabras que a la vez son acción de gracias, porque se proclaman en el marco de una bendición de Dios: memorial, porque se refieren a la donación de Cristo en la cruz y en la acción misma sacramental; y petición, porque son dichas en tono epiclético, invocando la fuerza transformadora de Dios sobre nuestra acción.

Los orientales, además de recitar estas palabras de Cristo, han dado siempre importancia a la invocación explícita del Espíritu Santo, la epíclesis. El Espíritu es el que actúa aquí y ahora en nuestra celebración, dando su eficacia al gesto sacramental y a las palabras de Cristo repetidas por el sacerdote.

Tanto el relato, con las palabras de Cristo, como la invocación epiclética del Espíritu, se pueden considerar como las palabras eficaces que constituyen, junto con el gesto simbólico, el signo central de la Eucaristía. El Espíritu Santo hace actual la ofrenda de Cristo. O bien, Cristo actualiza su autodonación de la cena y de la cruz, por medio de su Espíritu. La Iglesia dice las palabras de Cristo e invoca al Espíritu, dando a su acción un tono de memorial y de epíclesis a la vez.

 

4. La presencia real del Señor Resucitado en la Eucaristía

El centro de la Eucaristía está en Cristo mismo, en su persona, en su presencia, que explica también la actualidad de su acontecimiento pascual y la transformación de los elementos y de la comunidad. Trasciende lo que puedan significar el pan y el vino, o una comunidad reunida para la comensalidad. Trasciende y explica la intención del memorial, porque nos permite conocer más a fondo la posibilidad de una actualización del sacrificio pascual que celebramos.

Para entender hoy la presencia real de Cristo en la Eucaristía, primero necesitamos distinguir el hecho de la presencia (creemos y celebramos: que Cristo está y se nos da en comunión en este sacramento), la finalidad (para quién y para qué se hace presente) y el modo de explicar esta presencia y donación (lo qué les pasa al pan y al vino para que podamos creer que son el cuerpo y sangre de Cristo dados a nosotros).

El dato bíblico y patrístico se refieren al hecho y su finalidad: en la Eucaristía Cristo mismo se hace nuestro alimento para comunicarnos su propia vida, su nueva alianza, para edificar su comunidad como su propio cuerpo.

El modo de explicar este misterio es una pregunta legítima, pero que no preocupó a las primeras generaciones de cristianos. A partir de la escolástica, en el siglo XII y siguientes, la respuesta más generalizada, luego asumida por Trento, fue la de la transustanciación.

 

En los datos bíblicos y patrísticos se encuentra la convicción de que Cristo se hace realmente presente en la Eucaristía. Es la autodonación de su propia persona, como koinonía, comunión y participación. De esta presencia y donación han sacado Pablo y Juan consecuencias para la vida personal del creyente y comunitaria. El Magisterio, a partir de Trento, hace una reafirmación solemne de la que había sido la fe eclesial desde los comienzos. En cuanto al modo de explicarla, asumió lo expuesto por la transustanciación.

Es importante recordar que la Teología consiste en profundizar la fe. Conocer mejor el misterio ayuda a celebrarlo mejor. A la vez que una mejor celebración nos da la clave para una comprensión más lúcida.

El que se nos hace presente es el Señor glorioso, Cristo resucitado, pascual, y quiere ser comido en nuestra Eucaristía, ofreciéndonos la comunión con su vida divina, es el Señor, el Kyrios.

Se nos hace presente una persona viva que se hace donación y alimento para unas personas vivas. Y es una persona ya gloriosa y escatológica que, por eso mismo, es cuerpo plenamente preparado para la donación y la comunión plena. Para entender la Eucaristía debemos partir de Cristo mismo, de la persona que se nos da.

Cristo, en su muerte, ha pasado a la nueva existencia, escatológica, inaugurando así un mundo totalmente original, que también da nueva luz a toda la vida cristiana y en particular a los sacramentos. Él es el Kyrios, exaltado junto a Dios. Ya está en el eschaton. Para él no existe la limitación del tiempo y del espacio, porque en su paso pascual a la nueva vida, ha inaugurado la existencia última y definitiva, en la que vive para siempre el hoy y está libre de todo condicionamiento temporal y espacial. La Ascensión no ha sido para él lejanía o marcha, ni un movimiento contrario a la Encarnación: ahora posee una nueva manera, más abierta y profunda, de presencia. Desde esa existencia en el Espíritu, el Resucitado se acerca, se aparece a la comunidad que celebra la Eucaristía, dándose a sí mismo como alimento de vida eterna. Ahora está más presente, es más enviado a su Iglesia y al mundo que en su vida terrena.

La presencia eucarística de Cristo no la podemos entender desde las claves de una presencia corporal y local: él, lleno del Espíritu Santo, se nos hace presente desde su ser escatológico. Su presencia es sacramental y universal que tiene su raíz en su existencia gloriosa actual. Es desde la realidad pascual última cumplida del todo, desde donde podemos acercarnos a una comprensión de la Eucaristía.

Jesús resucitado está presente en la Eucaristía con su cuerpo glorioso, sin los condicionamientos limitadores del cuerpo mortal. Es presencia verdadera: en verdad Cristo se nos da. Es presencia real: independiente de nuestra subjetividad. Es presencia objetiva: un don de él, no imaginación o sólo fe nuestra. Lo que prometió lo cumple. Nuestra acogida de fe es importante, pero no es la que hace presente a Cristo: lo recibe. Es presencia sustancial: con una realidad total. El pan y el vino ya no son alimento y bebida ordinarios, sino que nos dan la realidad última, el cuerpo del Kyrios resucitado.

El cuerpo dado por el Señor a los que vienen a su comida es, para los Padres, el cuerpo espiritual de la resurrección (1Cor 15, 44-50). El olvido en occidente de la importancia de este cuerpo espiritual pesó fuertemente sobre la doctrina de la fe. Para afirmar que el Cristo de la Eucaristía es el mismo que nació de María y murió en la cruz, hace falta repetir que la resurrección de Cristo es el momento insustituible, porque Cristo es dado en el memorial de su muerte, y el Cristo que se da es el Resucitado[1].

La Eucaristía es, ante todo, la presencia del Resucitado en medio de su comunidad, como en Emaús. Del Cristo que es el eschaton, brota toda la energía que la Iglesia puede dispensar en sus sacramentos. El Kyrios resucitado, que contiene en sí mismo el misterio de la encarnación y de la redención, se nos hace presente y se nos da desde su existencia glorificada.

Esta admirable presencia de Cristo en la Eucaristía la realiza el Espíritu Santo. Él hace que el Kyrios tenga su cuerpo espiritualizado, un cuerpo neumático. El Espíritu nos abre la puerta de la fe para que también podamos acoger esa presencia. Y para que este encuentro pueda suceder en una dimensión mucho más real y profunda que la meramente local o espacial.

Por eso invocamos en la Eucaristía al Espíritu, para que él transforme los dones materiales y a las personas. El mismo Espíritu, dador de vida, es el que hace real esta presencia de Cristo en medio de los suyos y el que da la nueva existencia escatológica al, pan y vino, convirtiéndolos en el cuerpo y la sangre del Señor.

 

La presencia de Cristo en el pan y el vino de la Eucaristía no es la única. Es la más densa y privilegiada, porque en ella Cristo se hace comida/alimento nuestro, para comunicarnos su misma existencia.

En la misma celebración Cristo se hace presente en la Palabra proclamada. Él es la Palabra definitiva del Padre a la humanidad. Cristo se da primero como palabra salvadora, antes de dársenos como alimento eucarístico. Es la doble mesa a la que nos invita el Señor resucitado.

Y aún antes, Cristo se hace presente en la comunidad reunida y en su presidente, que hace las veces de Cristo, y lo visibiliza como cabeza de esa misma comunidad. La comunidad reunida es el primer sacramento –signo eficaz-, el primer lugar de la presencia operante del Señor. Y el presidente tiene el ministerio de visibilizar a Jesucristo, que es auténtico presidente, maestro y sacerdote de la comunidad. Actúa in persona Christi, y lo hace sacramentalmente, como icono sacramental de Cristo, tanto en la tarea de la evangelización como en la animación fraterna de la comunidad y, de un modo especial en la presidencia de sus sacramentos.

Estas presencias del Señor en nuestra celebración eucarística –o estos “modos diversos de manifestar su presencia real y personal”- están íntimamente relacionadas entre sí: nos está presente, se nos da como palabra salvadora, se nos da como alimento de vida eterna. La presencia llega a su plenitud en la donación eucarística, pero ya es real y activa antes en la asamblea y en la palabra proclamada.

Esta visión global de la multiforme presencia personal del Señor en nuestra vida y en nuestra celebración sacramental, no disminuye el valor y la admirable profundidad de su presencia en el pan y en el vino eucarísticos. Al contrario: vemos así la progresiva densidad de su presencia, que culmina en su donación en el pan y el vino como comida/alimento escatológica a su comunidad. Toda presencia de Cristo es real, personal, activa y salvadora. Cristo, el Señor, está presente en todo momento a su Iglesia y a la humanidad.

Él está presente, se identifica, asume el pan y el vino, y la finalidad última del sacramento es la comunidad, nosotros. La presencia de Cristo es real, corporal, desde su existencia de glorificado, que es el que puede llegar a la comunión total.

Es presencia para, con una intención que termina en la incorporación de las personas a su vida escatológica. La teología escolástica lo expresó afirmando que la res de la Eucaristía, su efecto fundamental, es la comunión de todos con Cristo y entre sí.

A veces hemos dado más importancia a la presencia que a la donación o a la comida: es en la comunión donde se realiza en forma privilegiada el encuentro del Kyrios con sus creyentes.

Por una parte, Cristo se identifica de modo misterioso con el pan y el vino, que por el Espíritu son convertidos en su cuerpo y su sangre. Es una presencia que podemos llamar objetiva, ontológica. El “esto es mi cuerpo”, hecho realidad por la fuerza del Resucitado y de su Espíritu. Por otra, esta presencia de Cristo no termina en los elementos materiales. La presencia tiene una intención interpersonal. Cristo se nos hace presente a nosotros, para hacernos entrar en comunión con él: “que sean para nosotros”. La presencia en el pan y el vino es el medio que ha pensado él para hacer posible nuestra incorporación sacramental a su vida de Resucitado y la participación en su nueva alianza. El símbolo elegido, el de la comida, es el mejor para expresar la profundidad de este encuentro interpersonal. La cena del Kyrios nos hace entrar en la dinámica de su pascua y de su vida definitiva, alimentándonos así en nuestra marcha en la historia.

 

Nueva interpretación sobre el modo de la presencia real. A la vez que celebramos con fe el sacramento que nos legó Jesucristo. Como memoria de su pascua, intentamos conocerlo mejor. La teología es profundización de la fe. Es más importante la fe que la teología. Pero también esta es legítima en la comunidad eclesial, y enriquecedora para todos, aunque no todos la ejerciten.

Hay una cierta insatisfacción respecto al modo ya clásico de explicar el misterio eucarístico y se busca un nuevo lenguaje, filosófico y teológico, para acercarlo más a la comprensión del hombre de hoy. Se quiere comprender mejor para poder vivirlo y trasmitirlo mejor a los demás.

Se ha ensayado, por eso, el camino de la transignificación y de la transfinalización por parte de algunos teólogos actuales, muy influenciados por la filosofía existencialista y fenomenológica[2].

La presencia de Cristo como el Señor glorioso, que se da a sí mismo, como portador de la salvación, a la comunidad creyente. Así como la reciprocidad de la comunidad que, con su fe y su celebración, entiende y acepta la donación de su Señor y entra en comunión con él. Es un acontecimiento interpersonal el que sucede en la Eucaristía que sólo se puede interpretar partiendo de la donación pascual del Señor a su comunidad en ese pan y ese vino.

La base filosófica es que la realidad más profunda de un ser es su relación, su “significación para”. Esta es la esfera más profunda e identificadora de un ser. La “significación”, lo que algo o alguien “es para” se identifica con la esencia más íntima de un ser (alternativa al anterior concepto de “sustancia”). El sentido que tiene algo o alguien es lo principal. No le viene desde fuera una vez constituido en su ser, sino que es su ser.

Cuando cambia esta “significación para” (porque el mismo hombre y, sobre todo, Cristo y Dios pueden darle nuevo “sentido”), en realidad cambia lo más profundo de su ser. La “trans-significación” es cambio de la realidad más profunda, aunque lo físico quede igual. Porque lo más profundo es precisamente “ser-para”.

El catecismo holandés lo expresa así: “Las cosas materiales no tienen una realidad íntima para sí. Lo específico de ellas, su esencia, lo que Dios intenta con esta, es su referencia al hombre. Exactamente a la inversa de cómo se pensaría si se consideran las cosas superficialmente. […] el estar-ahí-para-nosotros constituye precisamente la esencia más profunda de las cosas, y su estructura físico-química es exterior, fenómeno o apariencia que impresiona nuestros sentidos”.

Esto va unido también a la filosofía del conocimiento y el método hermenéutico que se centra en lo que las cosas “son para” Dios o para el hombre. Así como al concepto de “presencia” que se determina por la cercanía racional: una persona que no me está localmente cercana puede estar mucho más profundamente presente para mí que otra que está a mi lado.

En el caso de la Eucaristía, es Cristo mismo el que ha dado de una vez por todas al pan y al vino una nueva realidad, porque les ha dado una nueva finalidad y significación: ahora “son” la misma persona de Cristo que se da como alimento de vida eterna a los suyos. Aquí sucede un cambio de realidad que depende de la voluntad divina de Cristo y de la actuación de su Espíritu transformador.


Bibliografía.

 

Aldazábal, José, La Eucaristía, CPL, Barcelona (Biblioteca litúrgica 12), 2000.

 

—Claves para la Eucaristía, CPL, Barcelona (Dossiers CPL 17), 2000.

 

Vocabulario básico de liturgia, CPL, Barcelona (Biblioteca litúrgica 3), 2002.

 

Aranda, Alberto, La Cena del Señor. Iniciación eucarística, Buena Prensa, México, 2007.

 

Castellano Cervera, Jesús, El Misterio de la Eucaristía, Edicep, Valencia (Compendios de estudios teológicos 19), 2004.



[1] G. Martelet, Resurrection, p. 180.

[2] Entre ellos Baciocchi, Leenhardt, Ratzinger, Schoonenberg, Welte y Schillebeeckx.

 

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