Encuentros Nals.

| ASPECTOS DE LA EUCARISTÍA: SACRAMENTO, SACRIFICIO, ALIMENTO Y PRESENCIA REAL I |
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| Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez |
| Miércoles, 10 de Agosto de 2011 12:50 |
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Pbro. Lic. Cristóbal M. Orellana González, S.I.
A lo largo de la historia, el misterio eucarístico, a la vez que era celebrado con fe entrañable por la comunidad, ha sido también comprendido y profundizado teológicamente. Esta comprensión ha ido evolucionando y sus diversas dimensiones han sido objeto de estudio sistemático. Este trabajo se empezó a realizar ya en el Nuevo testamento. Luego los Santos Padres, orientales y occidentales, siguieron esa reflexión en profundidad. Un cauce privilegiado de expresión teológica, además del Magisterio, ha sido siempre la celebración litúrgica (lex orandi, lex credendi). En este proceso teológico se han ido resaltado diversos aspectos de acuerdo con la época: la presencia real de Cristo, el carácter sacrificial, el protagonismo de la comunidad, los diversos ministerios dentro de ella, el culto a la Eucaristía fuera de la celebración, las consecuencias de su celebración para la vida y el compromiso cristiano, entre otros. El estudio y el deseo de una mejor comprensión siguen todavía en nuestro tiempo. La Eucaristía es un misterio insondable, que celebramos con fe, y nos resulta difícil tratar de estructurar en nuestros esquemas teológicos.
1. Sacramento memorial de la Pascua de Cristo Un primer aspecto teológico de la Eucaristía es su íntima conexión con la Pascua de Cristo. Es la perspectiva que se encuentra en los textos bíblicos, patrísticos y litúrgicos. La pascua judía, aunque tiene su origen en los ritos del cordero y del pan ázimo, se centra pronto en el gran acontecimiento del Éxodo, que es liberación, alianza, organización como pueblo, protección de Dios, peregrinación a la tierra prometida. Y así, cada año, los judíos celebran sacramentalmente este acontecimiento salvífico. La Eucaristía es el sacramento de la pascua de Cristo: “hagan esto en conmemoración mía”. Todo lo anterior es figura de lo que se iba a cumplir en Cristo. Él “llenó” y cumplió las promesas. Esta es la celebración sacramental nueva, memorial del nuevo y definitivo éxodo pascual de Cristo. El acontecimiento histórico que se trae a la memoria y de algún modo se actualiza en el memorial, es la muerte de Cristo en la cruz, su entrega al Padre, su tránsito de Siervo de YHWH, como Cordero pascual que se inmola por los pecados de todos. En el Nuevo Testamento la Eucaristía se comprende como la comida pascual de los cristianos, memorial y sacramento del sacrificio de Cristo, que renueva la alianza sellada con su sangre, y que nos hace partícipes de la fuerza salvadora de su muerte. Gradualmente la comunidad apostólica fue comprendiendo, tanto el misterio de Cristo como la Eucaristía, bajo el prisma de la pascua. La comprensión patrística va también en esta línea: ven en ella el sacramento memorial de la pascua de Cristo. También los textos litúrgicos, sobre todo en la plegaria eucarística, centran su comprensión en el memorial que en ella celebramos de la pascua de Cristo. Por esta misma línea van los textos conciliares. Trento, al hablar de la Eucaristía como sacrificio, compara nuestra celebración con la pascua judía: ellos hacen memoria del primer éxodo, y nosotros, del verdadero y definitivo éxodo de Cristo. Lo mismo el Vaticano II. La categoría de la pascua es la clave para entender todo: la persona de Cristo, su muerte y resurrección, el misterio de la Iglesia, la vida del cristiano y también los sacramentos. Todo ello proviene de la Pascua, del Cristo pascual, que nos incorpora a sí mismo (Bautismo), nos da su Espíritu de vida (Confirmación), se nos da como alimento de vida (Eucaristía), nos hace partícipes de su victoria contra el pecado y el mal (Penitencia y reconciliación), nos alienta en los momentos de dolor (Unción de los enfermos), bendice el amor del hombre y la mujer (Matrimonio) y da a su Iglesia ministros que lo representen en la comunidad (Orden).
Esquema de lectura pascual de la Eucaristía (elaborado por el P. José Aldazábal). En la parte superior se refiere a la experiencia pascual de los judíos. En la inferior, la Pascua de Cristo y su comunidad en el NT. En la parte izquierda se sitúa el hecho histórico, irrepetible. En la derecha, su celebración sacramental, que sí se repite. Acontecimiento histórico – hecho fundamental. Para los judíos es el Éxodo: liberación y paso a la tierra prometida; y sacrificio del cordero, cuya sangre marcó sus casas, la Alianza con YHWH en el Sinaí y la constitución del pueblo de Israel. Encargo de celebrar el memorial o sacramento: la pascua, centrada en su cena. Esta fiesta recibe el nombre de “pascua”, como el hecho histórico. Pascua histórica y pascua ritual. La celebración anual reactualiza aquella gracia salvadora de YHWH: renuevan la Alianza, son contemporáneos de sus mayores que salieron de Egipto y atravesaron el mar Rojo. Para los cristianos, el hecho histórico es la muerte y resurrección de Jesucristo, nuevo “éxodo”, paso de este mundo al Padre: con lo que implica de sacrificio del verdadero Cordero, de Nueva y definitiva Alianza y constitución del nuevo pueblo. Hemos recibido el encargo de celebrar el memorial o sacramento de la Pascua, anual, dominical y diariamente en la Eucaristía. Ésta es renovación, actualización, participación en la Pascua y todo lo que significa. Ambas celebraciones tienen una misma estructura: reunión comunitaria (familiar/ supra familiar); escucha de la Palabra, oraciones de bendición y el gesto simbólico de la comida y la bebida del pan y del vino. Otro elemento común. La última cena de los israelitas, en la que comieron el cordero sacrificado con cuya sangre habían marcado sus casas. Esa cena, irrepetible, se convirtió en signo anticipado del paso del mar Rojo y de la Alianza que sellarían con YHWH. Más remotamente, paradigma y signo de lo que sería la celebración sacramental anual. Para los cristianos. Cristo, la noche en que iba a ser entregado, reunió a los suyos en una Última cena, en ella, bajo los signos sacramentales del pan partido y el vino repartido, participaron anticipadamente del sacrificio en la Cruz. Y, en un término más lejano, en paradigma y signo de lo que pronto sería la Eucaristía, celebración sacramental de la entrega pascual de Cristo. 2. La Eucaristía, sacrificio de Cristo y de la Iglesia. La categoría del sacrificio siempre ha sido problemática y hoy lo sigue siendo. Aunque Jesús nunca habla de sacrificio refiriéndose a su muerte, se nos presenta como el entregado por y el que da la vida por los demás. La carta a los Hebreos hace una profunda reflexión sobre el sacrificio pascual de Cristo. En su muerte solidaria es donde más claramente se nos ha revelado la seriedad del amor de Dios y de su compromiso con la humanidad. La dimensión sacrificial de la Eucaristía es un aspecto fundamental para su comprensión teológica, para el diálogo ecuménico y para la espiritualidad del pueblo cristiano, que desde esta clave es como puede entender la estrecha unión entre sacramento y vida.
El sacrificio fue la categoría que a la primera generación le pareció muy apta para describir el misterio de la muerte salvadora de Cristo y además la aproximación claramente a la celebración eucarística, su memorial[1]. Los Santos Padres profundizaron sus afirmaciones en esta dirección, entendiendo la Eucaristía como sacrificio, memorial del sacrificio de Cristo. Para santo Tomás la Eucaristía es sacrificio porque es “re-presentación” del sacrificio de Cristo. La misma convicción se puede encontrar en las afirmaciones magisteriales. Trento afirmó que, a pesar de ser único el sacrificio de Cristo, él mismo encomendó a su Iglesia que celebrara el memorial de ese sacrificio, la Eucaristía, por el que se hace presente y se aplica la fuerza salvadora de la cruz. El concilio Vaticano II repite esta visión de la Eucaristía como memorial sacramental de la muerte de Cristo. Esta perspectiva también se puede reconocer en el dato litúrgico, en la formulación de la plegaria eucarística. Sobre todo el lenguaje sacrificial en la liturgia actual.
La clave común de todos estos datos positivos es el memorial: nuestra celebración es el memorial sacramental del sacrificio único, irrepetible, de la cruz. El sacrificio cristiano ha quedado cumplido de una vez por todas en la entrega personal de Cristo, que ha superado y abolido los sacrificios cósicos y de animales. Pero a la vez el mismo Cristo ha querido que su comunidad celebrara un “sacramento de ese sacrificio”, en forma de comida memorial. La Eucaristía es sacrificio en cuanto es sacramento, el memorial del sacrificio de Cristo. En esta celebración, como dice Trento, al hacer “memorial” del sacrificio de Cristo, este se “representa” y se nos “aplican” sus frutos[2]. Es también la perspectiva que repite el Vaticano II[3]. El Catecismo de la Iglesia católica (CCE) presenta ante todo la Eucaristía como “sacrificio de alabanza” al Padre, por la obra de la creación y redención. Y después como “memorial sacrificial de Cristo y de su cuerpo, que es la Iglesia” (CCE 1356-1372). Su carácter sacrificial lo basa en el concepto bíblico de memorial. “Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la pascua de Cristo y esta se hace presente” (CCE 1363-1364). Este enfoque admite una búsqueda de mayor comprensión sobre cómo, el acontecimiento sacrificial de la cruz, en sí mismo, puede ser contemporáneo nuestro, para que también nuestra Eucaristía se pueda llamar “sacrificio”. Y esto es posible al considerar que el sacrificio o el sacerdocio de Cristo, totalmente original, único e irrepetible, es el que puede ayudar a entender todos los demás, que sólo serán sacrificio o sacerdocio por analogía a él. Por eso, en nuestras celebraciones no sucede un nuevo sacrificio, ni se repite el de Cristo, sino que se actualiza sacramentalmente siempre el mismo y definitivo sacrificio de la cruz. Celebramos su “memorial”.
Desde la clave del Señor resucitado podemos acercarnos a una visión más completa del sacrificio eucarístico: el sacrificio pascual de la cruz lo hace presente el mismo Kyrios en nuestra celebración eucarística. Nos ayuda, ante todo, la comprensión filosófica actual –más personalista y existencialista- sobre la íntima conexión entre la persona y el acontecimiento, entre la esencia y el devenir, entre el ser y el obrar. Una persona “es” también su propio devenir: lo pasado sigue estando presente en ella, y el futuro de algún modo ya le está también presente, constituyendo su ser. En el caso de Cristo, lo esencial del acontecimiento de la cruz es su “entrega por y para”, su obediencia y su entrega al Padre por la humanidad. Algo que ya era realidad antes del Viernes Santo y lo sigue siendo después de su glorificación. La entrega sacrificial de su pascua pertenece a su misma identidad para siempre. El momento de su muerte es cuando se hace pleno y definitivo lo que él es: el “ser por los demás”. Cristo resucitado vive para siempre su pascua. Cristo se hace totalmente abierto y disponible, en el momento decisivo de su sacrificio pascual. La pascua se ha eternizado en él. La cruz es el principio del futuro. El hecho histórico no tiene por qué repetirse o renovarse, porque no ha dejado de ser realidad en él mismo. Su ofrenda permanece en él en un perpetuo “hoy”, escatológico y definitivo. La muerte de Cristo lleva intrínseca su exaltación al nuevo mundo escatológico. Y como él “es” el sacrificio pascual, nos comunica a todos, al hacerse presente en la Eucaristía, su sacrificio. Cuando comulgamos con él, nos hace partícipes de su muerte, de su resurrección y también de su vida escatológica. Él sigue teniendo en sí mismo el sacrificio, nos lo hace presente y nos lo comunica, sin que nosotros tengamos que repetirlo, actualizarlo, renovarlo. Lo que sí sucede en la celebración es que la persona de Cristo y su acontecimiento pascual se nos hacen accesibles sacramentalmente, de algún modo se nos hacen “experimentables” con el gesto simbólico de participar en el pan y el vino eucarísticos, como comunión y sintonía de vida y entrega. En el sacrificio de la Eucaristía es el Kyrios, el Christus passus y glorificado, el que nos hace partícipes de su persona y de su pascua cuando celebramos ese memorial. La Eucaristía es el único sacrificio de Cristo, el de la cruz, hecho presente por él, hecho contemporáneo nuestro en el sacramento, porque los actos salvadores de Dios no dejan nunca de ser contemporáneos nuestros, porque están eternizados en el Señor glorioso, Cristo Jesús. La actitud formal de Cristo –su disposición de entrega al Padre por la humanidad-, que tuvo durante toda su vida, la tiene también como resucitado. El Apocalipsis nos ofrece una visión del Señor glorioso en la imagen del Cordero victorioso, pero con la realidad de su pasión en sí mismo. Cristo glorioso está en estado pascual. Más aún, él es la pascua. Esta identidad sacrificial –el entregado por- tomo cuerpo históricamente en la cruz. Pero ya antes, en la Última cena, y ahora en la Eucaristía, sigue encarnándose en el sacramento. Es él quien nos hace presente y nos comunica este sacrificio pascual, que no ha terminado, que está vivo en él. El sacrificio único de Cristo en la cruz se perpetúa en el sacrificio celeste, en su actitud de intercesión perenne por nosotros ante el Padre. Y también, de un modo experimentable para nosotros, en la celebración de la Eucaristía, cuando participamos de su Cuerpo y de su Sangre. Así, la Eucaristía es sacrificio, porque es la presencia sacramental, por el poder del Espíritu, del sacrificio de la cruz, presente en el Kyrios. El Resucitado tiene en sí mismo la cruz, es la cruz, es el Crucificado, además de ser el Resucitado. Él mismo es el misterio pascual entero y siempre actual, y se nos hace presente para comunicársenos. Él es quien se hace presente, con su sacrificio, para que nosotros nos dejemos envolver en él. Cristo resucitado está fuera del tiempo, no pertenece a nuestro mundo. Es el Kyrios escatológico. Su acción salvadora trasciende nuestro tiempo y nuestro espacio, aunque influya vivamente en ellos. Ya no padece la passio, pero sigue actual en él su ofrenda ante el Padre. El re-descubrimiento de la resurrección es lo que nos ha llevado a ver en la Eucaristía algo más profundo todavía que la simple memoria passionis: el Señor resucitado está comprometido de lleno en esta presencia del sacrificio pascual, desde su profunda existencia. Y se hace presente como comida y para comida: para comunión y participación.
El aspecto eclesial también es importante, ya que hacemos nuestro el sacrificio de Cristo y lo ofrecemos, lo presentamos al Padre y participamos en su misma actitud de sacrificio pascual y de auto ofrenda. La persona en la Biblia tiene una dimensión corporativa. Adán es el primer hombre y es la humanidad. El nuevo Adán, Cristo, es Cabeza de la nueva humanidad. En la cruz está presente de algún modo, en la persona de Cristo, toda la humanidad redimida por él. La Iglesia es el despliegue histórico del acontecimiento de la cruz, el desarrollo en la humanidad de lo que sucedió en Cristo y radicalmente ya en todos. El sacrificio pascual se prolonga en el Cristo eclesial, en el cuerpo de Cristo que es el Christus totus. Ahora es el sacrificio también de la comunidad unida a Cristo. La comunidad reunida para la Eucaristía celebra el sacrificio de Cristo, realiza su memorial, lo proclama, da gracias por él, se asocia a él. Cristo se apodera de su comunidad y la incorpora al mismo acontecimiento de su pascua. Y los hace sobre todo por medio del gesto simbólico de la comida: es en la comunión con el cuerpo entregado y la sangre derramada donde la comunidad concelebra y se incorpora al sacrificio de su Señor. No es un sacrificio seguido de una comida, sino una comida eucarística que es a la vez sacrificial, comunicativa del único sacrificio de Cristo. Entonces podemos decir que el sacrificio de Cristo todavía no ha terminado porque toda la Iglesia, en su historia y en su camino, se está sumando a él. Por una parte, la Iglesia se hace solidaria en la celebración del sacrificio de Cristo, lo hace suyo, lo ofrece al Padre, como el único don sacrificial que puede ofrecerle. Por otra, también se auto ofrece ella misma, entrando en la dinámica pascual y sacrificial de su Señor. Con ello la Iglesia pretende dar toda la importancia al sacrificio de Cristo. Sabe que sólo lo puede hacer en memoria de él y que sólo lo puede hacer por él, con él y en él. Así, su acción de gracias y su memorial es algo activo. Su fe la lleva a aceptar profundamente el acontecimiento de la cruz de Cristo y dejarse envolver por su fuerza salvadora. El ofrecimiento eucarístico del sacrificio de Cristo es un acto de fe, de obediencia y de conformidad vital con lo único que nos salva, el sacrificio pascual de Cristo. Así, la Eucaristía es a la vez sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia. El único sacrificio hecho presente en y por Cristo, por la fuerza del Espíritu, y ahora comunicado sacramentalmente a su comunidad. La Iglesia concelebra el sacrificio pascual con su Señor y Esposo. Como somos hijos en el Hijo, así también, porque recibimos el cuerpo entregado del Señor, nos vamos convirtiendo, la comunidad eclesial, en cuerpo entregado por la salvación del mundo. La Iglesia lo hace sacramentalmente en el gesto eucarístico y el sacrificio ritual, lo hace también en su vida entera: el sacrificio vivencial, espiritual, de toda la vida. Esto es el sacrificio espiritual: la sintonía vivencial, desde la existencia de cada día, con el sacrificio histórico de Cristo, que también en él primero fue sacrificio vital, antes que ritual. El verdadero culto y el verdadero sacrificio de san Pablo, se ha ido relacionando a nuestra incorporación, en la Eucaristía, al sacrificio de Cristo[4]. El Nuevo Testamento tiene la tendencia clara a identificar la verdadera liturgia con la vida, sin negar la celebración ritual. Y lo mismo sucede con el sacrificio y el sacerdocio: hay que saber incluir en esta anamnesis sacrificial toda la vida. En la Eucaristía sucede el tránsito (el paso, la pascua) de la comunidad cristiana al movimiento pascual de Cristo. Nos abrimos a su sacrificio, lo acogemos y lo hacemos nuestro. Comulgar con el cuerpo entregado y la sangre derramada, es comulgar con el sacrificio de Cristo, con su resurrección y con su parusía. Concelebramos la pascua con él, y quedamos co-envueltos en ella. La Eucaristía es sacramento, tanto del sacrificio de Cristo (del histórico, hace más de dos mil años, y del celeste, presente perpetuamente en él) como del sacrificio cotidiano de su comunidad. Así la Eucaristía no se separa de la vida. El sacramento ritual no se separa del lavatorio de los pies de la Última cena. Asumimos el sacrificio de Cristo en nuestra propia vida. Toda la vida humana, toda la historia, incluso la cósmica, quedan así incorporadas al sacrificio pascual de Cristo.
La iniciativa la lleva siempre Cristo. Es el Kyrios el que activa la celebración, y nosotros nos encontramos en su dinámica: dando gracias, haciendo el memorial, haciendo nuestra su ofrenda, entrando en ella. En el sacrificio de la Eucaristía nosotros realizamos algo, pero el protagonismo lo tiene el Resucitado, que nos hace partícipes de su sacrificio siempre actual y presente en él mismo. Y así se explica también la conjunción entre el sacrificio y el sacramento, que precisamente tiene su punto de encuentro en la celebración de la Eucaristía, en la que damos gracias, ofrecemos y comemos el único y eterno sacrificio de Cristo. Sacrificio y comida sacramental son dos aspectos de la misma realidad. Es en la comunión cuando entramos plenamente en la esfera dinámica del sacrificio de Cristo, que se ha hecho presente desde el momento de la consagración del pan y del vino[5].
3. La Eucaristía, comida que alimenta. Cada sacramento tiene una acción simbólica humana como base de su celebración y de su comprensión. Conocer bien, antropológicamente este signo central es fundamental para entender también su intención teológica. Desde la filosofía y teología escolástica se ha utilizado la clave de materia y forma. Se llama materia a los elementos del signo (materia remota), en este caso el pan y el vino. Con ellos se pueden hacer varias “acciones formales” (materia próxima), por ejemplo, acción de gracias o consagración o comida. La forma son las palabras de Cristo en la institución de la Eucaristía y la invocación del Espíritu de Dios sobre los elementos. En la formulación que encontramos en la IGMR de 1970 (281-285 [319-323 de 2000]), respecto al pan, basándose en “la naturaleza misma del signo”, “exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento” (283; [321]). Para el vino se afirma la importancia de recuperarlo también para los laicos “por razones del signo”. Se quiere ahora volver a la costumbre de los primeros siglos: En la forma en que más plenamente brilla el signo del banquete eucarístico”, porque “la comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies” (IGMR 240-241; [281-282]). Participar también del vino, en la Eucaristía, nos ayuda a entender mejor la dinámica de este sacramento: nuestra celebración es memorial del sacrificio de Cristo en la cruz (el vino apunta a la sangre), y a la vez nos da la garantía que participaremos de la alegría escatológica del banquete del Reino (el vino es símbolo claro de alegría) (Cfr. IGMR 240; [281]). Los signos elegidos por Cristo tienen una clara intención de alimento–bebida para el hombre, necesarios para la supervivencia, y comprenden una serie de dimensiones simbólicas que enriquecen notablemente la base humana del sacramento. Se relacionan con lo cósmico: comer y beber es incorporar el cosmos, asimilar lo que nos ofrece como alimento. Se abren asimismo a una comensalidad social que tiene gran importancia también en el campo religioso y, en concreto, para la comprensión del sacramento eucarístico. El pan es la comida ordinaria del hombre de la cultura del trigo: satisface su hambre, es símbolo de la vida misma. Es fruto de la tierra: nos une a lo cósmico. Es don de Dios y eso nos invita a darle gracias. Es a la vez producto del trabajo humano y, exponente de una cultura y de una civilización determinada. Es causa y símbolo de la alegría, de la convivencia, de la fraternidad. “Comer el pan con otros” dice más de encuentro y solidaridad humana que de mera alimentación. El signo básico de la Eucaristía también aproxima al compromiso de compartir el pan humano, buscando una más justa distribución de los bienes de la tierra[6]. El vino también tiene un rico simbolismo natural, polivalente, además de su valor como bebida para saciar la sed. Es la bebida festiva, la más significativa de la vitalidad humana, de la alegría, de la inspiración, de la amistad y de la alianza. El mismo Jesús anuncia los bienes del Reino bajo la figura del vino nuevo, como en las bodas de Caná. El vino nos recuerda también la sangre, que para los judíos representa lo más íntimo y sagrado de un viviente y se identifica con la vida. Cristo relacionó este vino de la cena con su sangre derramada en la cruz. En los primeros siglos algunas corrientes ascéticas intentaron prescindir del vino en la Eucaristía. Pero la comunidad cristiana defendió el vino como elemento lleno de significado en la celebración eucarística[7]. El binomio pan-vino tiene de por sí una sacramentalidad natural llena de sentido y fuerza expresiva. El que los dos elementos sean básicos de nuestra Eucaristía nos recuerda su cercanía a nuestro mundo, a nuestra historia de lucha por la subsistencia y de búsqueda de fraternidad. Son algo entrañable y muy nuestro. En la Eucaristía el pan y el vino tienen un nuevo sentido: han sido asumidos por el Resucitado y dados a la comunidad como su propia persona. El pan es un símbolo muy apto para designar su Cuerpo entregado y el vino para su sangre derramada en la cruz: comida y bebida de vida eterna. Además, ya desde los primeros siglos, el pan y el vino son símbolo de la comunidad eclesial. Como los granos de trigo o los racimos de uvas, dispersos por los campos, se hicieron uno, formando pan o vino, así la Iglesia se va construyendo como un único cuerpo desde la diversidad de las personas.
La acción formal sobre el pan y el vino. Los elementos mismos no son el signo: es la acción que realizamos con ellos lo que constituye el signo sacramental y nos conduce mejor a conocer la identidad de la Eucaristía. El nombre mismo de lo que celebramos suele apuntar a lo que consideramos su acción formal: es distinto llamarla eucaristía que comida o sacrificio. Llamarla eucaristía apunta a la acción de gracias, con su tendencia vertical hacia Dios. Es lo que connota también el nombre de anáfora: elevación hacia Dios. Incluye también la ofrenda y la comida, partiendo de la bendición[8]. Si la llamamos cena del Señor o comida fraterna, le damos una dirección más horizontal de comensalidad, con lo que tiene de dirección vertical (comemos a Cristo, nuestro alimento) y de horizontalidad (crecemos en fraternidad)[9]. Si se considera primordial el carácter sacrificial, entonces es espontaneo llamar a la Eucaristía sacrificio de la Misa, oblación, prosforá y se subraya sobre todo su relación con el sacrificio de Cristo en la cruz. Otra perspectiva es considerar la consagración (agiasmos, consecratio, epíclesis) como la forma esencial de la Eucaristía. Entendida no como las palabras de la consagración sobre los elementos, sino como clave general (nación consagrada), perspectiva que abarca toda la acción eucarística: la consagración del pan y del vino es el signo de la consagración y transformación de la comunidad eclesial, y a su vez esta es un signo de la consagración cósmica total, la transformación en la realidad escatológica de Cristo[10]. Para Schürmann se trata de distinguir los diversos estadios de la historia de la Eucaristía: (I) En la Última cena, los gestos eucarísticos quedan enmarcados dentro de la cena (pascual o de color pascual) de despedida, sin un enfoque específicamente distinto de la comida sagrada judía. (II) En la primera generación no se repite la cena pascual, sino que la Eucaristía tiene otro ritmo y otro esquema: probablemente al final de una comida de hermandad se realizan los gestos eucarísticos y juntos, y la acción se llama fracción del pan. (III) En las generaciones sucesivas la Eucaristía se separa del marco de la comida fraterna y se desarrolla más la bendición o eucaristía, a la vez que se organiza más la liturgia de la Palabra; la comida se estiliza más, mientras que la palabra, tanto descendente como la ascendente, adquiere más relieve. (IV) En cada una de las épocas, la acción formal va recibiendo matices diversos: reunión (leitourgia, synaxis), acción de gracias, comida, entre otras. Cada uno de estos enfoques es bueno y destaca aspectos importantes en la Eucaristía. [1] 1 Cor 5, 7 y todo el capítulo 9 de Hebreos; 1 Cor 11, 26. [2] DS 1741 [3] SC 6 y 47 [4] Preguntabas qué podías ofrecer por ti: ofrécete a ti. ¿Qué es lo que el Señor busca de ti, sino a ti mismo? San Agustín, Sermón 48, PL 38, 317. [5] El misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único misterio (CCE 1104). [6] En el siglo IX, en territorio franco-germano, fue cuando se empezó a emplear el pan ázimo, no fermentado, para la Eucaristía y aunque al principio Roma se resistió a la “novedad”, más tarde la acepto, para terminar imponiéndola. Este cambio se convirtió, junto con el tema del Filioque, en uno de los motivos de queja de los orientales en su primera separación de Roma en el siglo IX. En el concilio de Florencia se afirma el doble uso: pan ázimo o fermentado (DS 1303) en el decreto para los griegos. Las Iglesias orientales siguen celebrando la Eucaristía con pan fermentado, “normal”. [7] La mezcla del agua en el vino era, al principio, una costumbre general en tiempos de Cristo, porque el vino que se producía era demasiado fuerte y se solía beber mezclado con agua. Los cristianos los siguieron haciendo así. A esta mezcla se le vio pronto un sentido simbólico: a Cristo, que es el vino, se le une inseparablemente la humanidad, que es el agua. [8] Para Jungmann es el aspecto primordial. [9] La comida es para Guardini, al menos aparentemente, la acción formal. Las demás se derivan de ésta (El testamento del Señor, Litúrgica Española, 1939). [10] Esta es la perspectiva de Härdelin y Dürig (W. Dürig, Die consecratio theologische Grumdidee der Eucharistie, Munch Theol Zeits 22 (1971) 252-263. A. Härdelin, Liturgie im Widerstreit, 1970. Citapo por J. Aldazabal, La Eucaristía, CPL, 2000, p. 297. |









