Encuentros Nals.

| LECCIONARIO FERIAL DEL TIEMPO PASCUAL |
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| Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez | |
| Miércoles, 19 de Enero de 2011 13:10 | |
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- INTRODUCCIÓN. Si los cincuenta días del tiempo pascual constituye una sola y única fiesta, como un «gran domingo», así lo expresa san Atanasio, celebrado en la alegría y la exultación. La primera semana conocida como «Octava de Pascua», goza en la liturgia de un status privilegiado. Así como sucede en la Semana Santa, en la que no está permitida ninguna otra celebración. ¿Por qué no dar a estos día, bañados aún por la luz de la Vigilia Pascual, una solemnidad cotidiana donde el ‘aleluya’ intensamente coreado constituya un canto de alabanza, a la vez sumamente sencillo y maravilloso?
El tono pascual de la Palabra de Dios durante estas semanas del tiempo pascual, viene dado por la selección de las lecturas de los Hechos de los Apóstoles, del evangelio de san Juan y de otros textos que se pueden considerar bautismales, de la vida de la Iglesia naciente o de la vida escatológica (carta de s. Pedro, de s. Juan, Apocalipsis). A partir de la 2a semana, el Evangelio de s. Juan se lee a diario, sin que podamos hablar de una lectura continua, a no ser a partir del jueves de la 4a semana de pascua. Deseamos hablar en particular, del evangelio de san Juan, del porqué se proclama durante este tiempo de pascua; además, que característica tan hermosa nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, describiéndonos una Iglesia naciente que va propagando, con valentía, la Buena Nueva en todos los confines de la tierra. Para los domingos pascuales se ha seguido el criterio de la lectura progresiva y en cierto sentido concordada. Pasajes progresivos de los hechos en los tres ciclos. Catequesis apostólica (primera carta de s. Pedro, primera de s. Juan, Apocalipsis) evangelios de las Apariciones, del Buen Pastor, del discurso de la cena. Además de las lecturas propias de la Ascención y de Pentecostés Así pues, a partir de la mitad de la cuaresma, la liturgia cotidiana está animada por la lectura y meditación del evangelio joánico. Se comprenderá que nuestra exposición se desarrolla en el sentido de una meditación fundamental, donde se evocarán temas esenciales de nuestra fe: los sacramentos del bautismo y la eucaristía, la presencia-ausencia del Señor resucitado, el Espíritu y la Iglesia. Y durante la octava de Pascua, se expondrá una reflexión de base sobre la resurrección de Cristo, así, se comprendería el porqué de una catequesis mistagógica dirigida a los neófitos. I.- El Evangelio de san Juan. Es escogido éste Evangelio porque es el conocido «evangelio espiritual», pues, resalta su presencia con las lecturas sacramentales y simbólicas para las ferias y los domingos. En algunas otras liturgias orientales (etiópica), además, se lee el Cantar de los Cantares, como expresión del gozo de la Alianza, del encuentro del Cristo con la esposa que es la Iglesia. Téngase en cuenta la multiplicidad de ideas o claves de lectura en el evangelio de san Juan durante las semanas de Pascua: - la entrevista con Nicodemo (lunes [Jn 3,1-8], martes [Jn 3,7-15], miércoles de la 2a semana [Jn 3,16-21]); - el relato de la multiplicación de los panes, con el discurso sobre el pan de vida (del 2o viernes al 3ersábado, sobre todo el viernes 2o [Jn 6,1-15], el martes 3o [Jn 6,30-35], el viernes 3o [Jn 6,52-59] y el sábado 3o [Jn 6,60-69]; - el discurso pronunciado después de la Cena (a partir del 4º jueves [Jn 13,16-20]: sobre todo el viernes 4o [Jn 14,6], el sábado 4o [Jn 14,7-14], el martes 5o [Jn14, 27-31], miércoles 5a [Jn 15,1-8], el viernes 5o [Jn 15, 12-17], el miércoles 6o [Jn 16,12-15], el jueves 6o [Jn 16,16-20], el viernes 6o [Jn 16,20-23]; - la hermosa oración sacerdotal de Jesús, que viene ser proclamada del martes al jueves de la 7a semana [Jn 17,1-26]. II.- El Libro de los Hecho de los Apóstoles. La elección de los Hechos de los Apóstoles es recordada ya por s. Juan Crisóstomo (PG 51, 103) y justificada por s. Agustín con estas palabras:“este libro se comienza a leer desde el domingo de Pascua, como es costumbre en la iglesia” (Serm.315,1; PL 38,1426) Una importante clave a considerar, se encuentra en la lectura semi-continua de los Hechos de los Apóstoles. Evidentemente, es difícil hacer una selección de los «episodios» de este «relato», e incluso puede uno preguntarse si no sería más interesante: si no se celebra la eucaristía a diario, reagrupar en los días en que se celebre y leer los episodios omitidos: ¿por qué desperdiciar esta oportunidad de leer cada año el desenvolvimiento de la Iglesia apostólica completa? 2.1 – Lectura semi-continua del libro de los Hechos de los Apóstoles. La lectura de los hechos de los Apóstoles en la liturgia eucarística ferial del tiempo pascual se remonta, al menos, al siglo IV. «Los Hechos» no solo guiaron y animaron la vida de los primeros cristianos, sino que todas las épocas han alimentado el ideal de los que reconocían en la primera comunidad cristiana el modelo de la vida apostólica [que consistía en: asistir a la didascalia, a la oración, juntos a la fracción del Pan, y servir con caridad]. El libro está dividido en dos partes fácilmente reconocibles. La primera parte (caps 1 al 15,35), donde se nos presenta como un conjunto de elementos yuxtapuestos; la coloración literaria es semítica, y el pensamiento pretendidamente arcaizante. La segunda parte (caps 15,36 al 28), se encuentra mejor organizado. El libro está compilado de los recuerdos que las iglesias conservan celosamente de su fundación y de los primeros elementos de su historia, así como de recuerdos personales del autor, quien es un historiador creyente. No se contenta con informar de los hechos, sino que los relee a la luz de su fe. Para él, la historia de la humanidad es una historia de la salvación: «La historia de las diferentes etapas de la alianza establecida entre Dios y los hombres. El Antiguo Testamento es la primera etapa, la de la ‘promesa’. La encarnación de Jesús inaugura el tiempo de la realización-cumplimiento, cuyo punto culmínate es la resurrección. Finalmente, y dado que la promesa hecha a Abraham concierne a todas las naciones, sólo se realiza plenamente cuando Dios haya remitido todas las cosas a Cristo. La Iglesia abre así un espacio y un tiempo en que la historia de la salvación continúa, pero desde el primer día de su historia la Palabra es anunciada a todos los pueblos» [vgr. Hech 2,9-11]. En este contexto, no es extraño que la apertura a los gentiles [Cap 15] constituya el tema principal de la obra, ni que esta etapa concluya con la llegada de Pablo a Roma.[1] Así pues, la lectura de los hechos de los Apóstoles, particularmente en el tiempo de Pascua, nos propone una verdadera teología de la Iglesia. Se trata pues de asombrarse no tanto de los milagros realizados por los Apóstoles, o de seguir el rastro de los apóstoles; se trata más bien, de percibir por todas partes la obra del Espíritu, de la Palabra y los Apóstoles, como los tres protagonistas del nacer de la Iglesia. El Espíritu que resucitó a Jesús devolviendo vida a su cuerpo glorioso, continúa ahora «suscitando» a la Iglesia, por medio de la Palabra y los hechos de los Apóstoles, nuevos cristianos como discípulos-misioneros de Jesucristo. Y ésta es una seria lección para nosotros. No es posible leer y meditar los hechos de los Apóstoles sin sentirse incitado a trabajar fielmente por una Iglesia cada vez más vigorizante y joven. 2.2 – Los Discursos Kerigmáticos en los «Hechos de los Apóstoles» Entendemos por «kerigma» el primer mensaje de los Apóstoles acerca de Jesús muerto y resucitado, proclamado como acontecimiento escatológico central, como centro de la salvación, con la presencia perpetua del Espíritu Santo que garantiza la continuidad y eficacia de ese mensaje. Son seis discursos que se encuentran en: Hch 2,14-40; 3,12-26; 4,5-12; 5,29-33; 10,34-43; 13,16-43; [cfr. 1Cor 15,1-11]. Contienen cinco partes fundamentales: a – afirmaciones centradas en Jesús mismo, y en los hechos salvadores cumplidos en y por él; b – se recuerdan los testigos que testimonian la resurrección de Jesús con la referencia al Espíritu Santo, curaciones en su nombre, cumplimiento de las Escrituras; c – el conjunto de los acontecimientos y las pruebas que se aducen son una revelación de la identidad total de Jesús: es el Señor, el Mesías, el Príncipe de la vida, el Salvador, el Juez de vivos y muertos; d - con estos acontecimientos se ha llegado a los tiempos mesiánicos esperados por el pueblo de Israel; e - la proclamación del mensaje tiene una finalidad concreta: una invitación a que el hombre entre en comunión con Él mediante la conversión, el bautismo y el don del Espíritu Santo. Algunos piensan en la existencia de un esquema kerigmático propio para los discursos misioneros de Hechos en los capítulos del 2 al 13. En la base de los discursos misioneros hay un esquema que se repite de una manera estereotipada, y explica el hecho diciendo que a Lucas "este tipo de predicación cristiana le parece como más ordinario en su tiempo" (hacia el 90 d.C.), añadiendo: "Así se predicaba y así se debe predicar". 2.3 – ¿Cuál es el origen de este esquema kerigmático? Los apóstoles poseían su propia memoria y su propia misión. El método judío de enseñanza consistía en hacer aprender a los alumnos (talmidîm) de memoria. Parece que la predicación de Pablo en Antioquía de Pisidia (13,16-41) y algunos discursos de Pedro siguen las leyes de la predicación sinagogal. Los apóstoles y sus colaboradores inmediatos siguieron, sin duda, éste método de tal manera que, desde muy pronto, debió surgir un "modelo" de la predicación. Tal esquema-resumen sería histórico en sus rasgos esenciales, de tal manera que los apóstoles lo seguirían inevitablemente al narrar los acontecimientos salvadores de Dios realizados a través de Cristo. Hay un esquema elemental tras estos discursos y a pesar de ser compuestos tan tardíamente en su forma literaria, conservan algunos valores primitivos muy importantes para conocer la historia, la teología, la praxis misionera y cultual de la primera comunidad. Reflejan una cristología primitiva y no tan desarrollada como lo estaba ya en los tiempos en que Lucas redacta su obra. El lenguaje utilizado en los discursos, al menos de san Pedro, es claramente primitivo y enteramente consonante con lo que las probabilidades del caso podrían sugerir. III.- La «Octava de Pascua» dentro de la Cincuentena Pascual. 3.1 – La Primera Semana Pascual. Los ocho primeros días de la cincuentena forman la «‘Octava de Pascua’», que se celebra como solemnidad del Señor. Esta semana –“in albis”, como se denomina en el rito romano- surgió a mediados del siglo III y principios del siglo IV, por el deseo de asegurar a los neófitos una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado. En Roma, la semana posterior a la Vigilia Pascual, adquiere el verdadero sentido de Pascua de la Iglesia para los neófitos, los cuales frecuentan la asamblea eucarística. Los textos antiguos de los Sacramentarios romanos testimonian el uso netamente bautismal de los textos de esta semana de la Pascua. El sábado los neófitos deponen sus vestidos blancos que han recibido en la vigilia pascual en el momento de su bautismo; por esto se llamaría sábado ‘in albis’, pero se tiende a trasladar la celebración al Domingo que después tiene su estación en la Basílica romana en honor del joven mártir Pancracio en el Gianicolo. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo. En aquel día los fieles bautizados en años anteriores, renuevan las promesas del bautismo en conmemoración del propio bautismo. Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez. En Jerusalén, durante la Semana de Pascua se hacen las «catequesis mistagógicas» sobre los misterios celebrados, de las que son célebres las atribuidas a Cirilo o Juan de Jerusalén. La peregrina Egeria[2] confirma graciosamente este dato cuando escribe: “cuando llegan los días de Pascua, durante los ocho días, esto es, desde Pascua hasta la octava… el Obispo está de pie, apoyado al interior de la rejilla que existe en la gruta de la Anástasis, y explica todo lo que se hace en el bautismo. En aquella hora ningún catecúmeno tiene acceso a la Anástasis; sólo los neófitos y los fieles que quieren oír hablar de los misterios entran en la Anástasis. Se cierran las puertas para que ningún catecúmeno se acerque. Mientras el obispo comenta y habla da cada cosa, los gritos de aprobación son tales que aun afuera de la Iglesia se sienten las voces (Itinerario n. 47). Este semana, «Octava solemne de Pascua», la liturgia va a repetir un mismo anuncio con múltiples variaciones, pero siempre para decirnos que el «el mundo antiguo ha desaparecido y ha nacido ya un mundo nuevo».
TEMÁTICA TEOLÓGICO – LITÚRGICA EN EL LECCIONARIO FERIAL DEL TIEMPO PASCUAL Jesús de Nazareth ha muerto. Un hombre único e incomparable ha sido crucificado. ¿Ha fracasado su causa por ello? He aquí que el proceso de los hombres responde al contra-proceso de Dios. Dios mismo toma partido, y «afirma» el apóstol para autentificar las páginas «escritas» sobre la vida de Jesús el Señor: «A aquel a quien ustedes han crucificado, Dios lo ha resucitado de entre los muertos». La fe cristiana se presenta como un juicio solemne, el juicio de Dios. Algo ha ocurrido durante el tiempo que media entre la Pascua y el nacimiento de la Iglesia. Algo ha cambiado durante esta Cincuentena primordial. Los discípulos, enloquecidos y dispersos por el miedo, se han transformado en ardiente defensores. «¡No podemos dejar de hablar!» los apóstoles han tenido una experiencia que les va a revelar el sentido de la muerte de Jesús en la cruz: «Era necesario que el Mesías sufriera». Era necesario… No es un fracaso. En el Leccionario ferial se recogen los temas de los domingos. La primera lectura está tomada de los Hechos de los Apóstoles en forma de lectio semi-continua: se trata de la narración en clave teológica de la vida de la Iglesia, que se va implantando poco a poco. La primera y solemne revelación es que, tras la muerte y resurrección del Señor, se ofrece el Espíritu a todos (Pentecostés). El Espíritu guía a la Iglesia para que vaya rompiendo las numerosas barreras que los hombres levantan de continuo entre ellos. Se manifiestan diferentes resistencias, pero –a partir del primer concilio de Jerusalén– la Iglesia se hace autónoma del Judaísmo, aunque no sin que se produzcan continúas tensiones, para convertirse en luz de todo el mundo y en sal de la tierra.[3] Los acontecimientos que se narran a partir de odios, desencuentros y sangre, continúa. Pero aquellos que aceptan vivir a diario en la luz de la pascua pueden creer y participar ahora en esta tendencia de la historia humana, que camina contra corriente: es el Espíritu Santo quien hace germinar ya desde ahora un mundo de amor. Enseguida presentaré una propuesta de temática pascual, no siguiendo necesariamente el orden de los días de feria ni de las semanas de este tiempo. Deseo presentar, en cambio, una línea diferente de exposición donde pongo a la persona de Jesús, el «Cristo Resucitado», al centro de todos los días de feria dentro de este tiempo Pascual. 4.1 - «Cristo Resucitado» se manifiesta a la Asamblea de creyentes. Se manifiesta como Aquel que da la paz, es el que funda una esperanza viva y llena de gozo. Es la fe en el resucitado que obra en el perdón y la paz, creando la comunión y haciendo crecer la Iglesia. El testimonio que surge consiste en el adherirse a él, incluso sin haberlo visto, con espíritu de obediencia y amor, y reconocerlo en los hermanos. Sin lugar a duda, fue el acontecimiento de la Pascua y el reencuentro con Cristo Resucitado lo que suscitó, que se volviera a reunir la primera comunidad eclesial -el Colegio Apostólico- rehaciendo sus vidas del escándalo de la Cruz. De la resurrección de Cristo nació la Iglesia. 4.1.1 - Él funda una esperanza viva y llena de gozo. Podemos percibir a dos grupos de personas que han visto el sepulcro vacío y corren a anunciarlo, aunque de forma muy distinta: las mujeres y los guardias. [vgr. Mt 28,8-15]. No es pequeño el mérito de aquellas mujeres seguidoras de Jesús. Le habían acompañado y ayudado durante su ministerio. Estuvieron presentes al pie de la cruz, con una valentía que dejaba en evidencia la cobardía de la mayoría de los apóstoles. Son también las que acuden antes al sepulcro, y ahora merecen la primera aparición del Resucitado. Al ver el sepulcro vacío y oír las palabras del ángel que les asegura que «no está aquí, ha resucitado», se marchan presurosas, llenas a la vez de miedo y de alegría. Y en seguida se les aparece el mismo Jesús. Ellas venían en busca de un muerto y ahora le encuentran vivo. La primera palabra que les dirige es: «alegraos... no tengáis miedo», y les da un encargo: «id a comunicar a mis hermanos...». Estas mujeres creyentes son las que primero pueden dar testimonio de la resurrección de Jesús y se convierten en mensajeras de la gran noticia para con los mismos apóstoles: «apóstoles de los apóstoles». Aunque no les van a hacer mucho caso. Pero, un poco antes, aquella mujer ¡Corría hacia el sepulcro! Sin duda, tenía que terminar los ritos de la sepultura… Pero quería, sobre todo, reencontrar lo que estaba perdido irremediablemente. Quería resucitar artificialmente la presencia de aquel a quien había amado, «estar allí» para tener la impresión de que también él seguía estando allí. Tenía necesidad de sentir su dulce presencia, y su corazón quería reavivar el aliento de sus palabras, que jamás se había apagado. Iba al sepulcro… La piedra sellada era la última Palabra, pero ella quería retener el pasado un momento más. Los guardias, como segundo grupo, también han visto el sepulcro vacío. Su primer sentimiento es el miedo, porque han descuidado la misión que les habían encomendado. Pero aceptan el soborno que les proponen: la corrupción es un mal muy antiguo. Y hacen correr la voz de que han robado el cadáver del crucificado. 4.1.2 - Adherirse a él, incluso sin haberlo visto. “No tengáis miedo. Id a decir...” [vrg. Mt 28,10; Jn 20,17]. Se ve claramente que tanto las mujeres como los demás discípulos no estaban demasiado predispuestos a tomar en serio la promesa de la resurrección. La única interpretación que se le ocurre a la Magdalena, ante la vista de la tumba vacía, es que han robado el cuerpo de su Señor, y está dispuesta a hacerse cargo de él, si le encuentra: «yo lo recogeré». El Resucitado no es «experimentable» como antes: está en una existencia nueva, y él se manifiesta a quien quiere y cuando quiere. Eso sí, los que se encuentran con él quedan llenos de alegría y su vida cambia por completo. También nosotros nos sentimos animados por esta palabra, que nos invita ante todo a no perder nunca la esperanza. Y además, a seguir dando testimonio del Resucitado en nuestro mundo. Primero fueron aquellas mujeres. Y como ellas, cuántas otras, a lo largo de la historia de la Iglesia, han dado parecido y preciado testimonio de Cristo Jesús en la comunidad cristiana, en la familia, en la escuela, en los hospitales, en las misiones, en tantos campos de la vida social. Después de las mujeres vinieron Pedro, Juan y los demás apóstoles, y generaciones y generaciones de cristianos a lo largo de dos mil años. Y ahora, nosotros. En medio de un mundo que sigue prefiriendo la versión del ‘robo del cuerpo’, u otras igualmente pintorescas. Los cristianos recibimos el encargo de anunciar a Cristo Resucitado, único salvador de la humanidad. Ante tantos que sufren desorientación y desencanto, nosotros nos convertimos en testigos de la vida y de la esperanza. Probablemente, ante las dificultades y la apatía de muchos, también nosotros necesitemos oír la palabra alentadora: «alegraos... no tengáis miedo... seguid anunciando...». Nuestro testimonio será creíble si está convertido en vida, si se nos nota en la cara antes que en las palabras. La Resurrección de Jesús no es sólo una noticia, una verdad a creer o un acontecimiento a recordar: es una fuerza de vida que el «Resucitado» nos quiere comunicar a cada uno de nosotros. 4.1.3 - Aquel que da la paz, funda la comunión y hace crecer la Iglesia. Qué valentía la de Pedro cuando el día de Pentecostés, ante todo el pueblo, proclama la resurrección de Jesús. Entre sus negaciones y su testimonio ha habido un acontecimiento decisivo: la resurrección de Jesús y el envío de su Espíritu en Pentecostés. Pedro y los suyos han madurado mucho en la fe. Esta primera predicación de Pedro es una catequesis clara y contundente sobre la persona de Jesús, dirigida precisamente a los habitantes de Jerusalén, los que habían estado más directamente implicados en su muerte: «vosotros lo matasteis en una cruz, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos». [vgr. Hech 2,23] Y mientras hablaban de esas cosas (sobre la experiencia del resucitado), se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:«¡La Paz sea con ustedes!» [vgr. Hech 24,36]. Paz a los discípulos aun incrédulos. La paz: un sueño tenaz en el corazón del hombre. Los enemigos se dan la mano, las armas se callan. Los profetas habían prometido tan a menudo esta paz para «el tiempo del descanso»... Ahora está ahí, en medio de los apóstoles estupefactos. Jesús en medio de los suyos… Él no es un fantasma; no se aparece un muerto, sino un vivo. Jesús muestra el lugar de los clavos y come un trozo de pan. Instruye a sus apóstoles y les explica cómo su muerte y su resurrección dan cumplimiento a las Escrituras. 4.2 - «Cristo Resucitado» se manifiesta en la Eucaristía. Su sangre es fuente de liberación y de salvación para aquellos que observan los mandamientos. Al Cordero inmolado e continuamente presente en la Iglesia, sea dado todo honor y gloria. El testimonio que surge consiste en el reconocer a Cristo crucificado y resucitado; es decir, implica abrir el corazón a la verdadera conversión, y dar testimonio en las diversas situaciones de la vida. Pan… la cosa más común, nuestro alimento diario. Pan… por lo que los hombres trabajan… El pan es toda la vida de los hombres. Para encontrarse con el hombre en el corazón de su vida, Jesús eligió el pan. Se hizo pan. Sí, una misteriosa complicidad se ha establecido entre Dios y el pan. Dios entra en la vida de los hombres bajo el signo del pan; Dios permanece para siempre en la vida de los hombres desde que, en el atardecer de su vida, Jesús toma el pan al abandonar este mundo. «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre…. [vgr. Jn 6,35ss] …Quien coma mi carne y bebe mi sangre…». El discurso de Jesús que sigue al relato de la multiplicación de los panes, en el evangelio de san Juan, remite inevitablemente a la última cena y a la eucaristía, aun cuando la exégesis señale diferentes momentos más o menos marcados por esta referencia. Jesús se convierte en una pregunta. ¿De dónde le viene su autoridad? Jesús declara: «Yo soy el Pan que baja del cielo» Habla de sí mismo, de su persona. Invita a seguirle por un camino que pasa siempre por el desierto de la muerte. Pero este desierto es también el lugar donde el maná es repartido y la vida acogida. El maná se llama amor, amistad, justicia, fraternidad, reconciliación. Pero el pan que nos sacia no es el de todos los días, sino aquel que baja del cielo. La presencia de Jesús entre nosotros nutre, a la vez que aumenta el apetito, hasta la plenitud de los tiempos[4]. Como un eco de la súplica de la samaritana: «Señor, danos de ese pan», invocamos a Dios sin conocer muy bien nuestro deseo. Es en las profundidades de su interrogante donde el creyente deposita su esperanza y arriesga su respuesta. 4.2.1 - ¿Un Discurso sobre el Pan de Vida?«Yo soy el pan vivo», dice Jesús, esto nos recuerda insistentemente la voluntad salvífica del Padre, al mismo tiempo que presenta a Jesús como la auténtica Sabiduría. Todos cuantos se alimentan de su enseñanza no serán arrojados fuera, sino que, en lo sucesivo, recibirán del propio Jesús el conocimiento del bien y del mal. «Yo soy el pan vivo…el que como de este pan vivirá». Vivir… La vida lo es todo. ¡Vivir es lo esencial para todos los hombres! Sólo Dios conoce verdaderamente la vida: su Hijo amado, salido de sus manos en la primera mañana del universo. A Dios, nadie lo ha visto jamás; sólo el que procede de él lo conoce. Al ver cómo Jesús ama la vida apasionadamente, deliberadamente, podemos presuponer de algún modo la pasión que Dios siente por la vida ¡Pero hemos momificado a Dios, ídolo adorable y venerable! ¡Qué sorpresa, cuando nos sumerjamos en la vitalidad desbordante e inesperada de nuestro Dios![5] Pero, recordemos que Jesús ha multiplicado el pan para la muchedumbre, y algunos se equivocan en torno al sentido de este signo; hay que elevar el tono del debate. Jesús no es un hacedor de milagros; no da el pan a los hombres sin que éstos tengan que “colaborar en las obras de Dios”. La fe es el lugar del encuentro. Pero es preciso superar laboriosamente las etapas de la fe. ¿Cómo vamos a tener siempre al alcance de la mano a un hombre que nos dé el alimento de la inmortalidad? El encuentro con él supone la fe y el sacramento. Pero la fe transfigura las apariencias. Jesús reivindica su condición de Hijo del Padre, mayor que el propio Moisés. No solo da un pan mejor que el maná, sino que él es ese Pan de vida venido del cielo, el don del Padre. ¿Y cómo comprobar esta verdad? Ahí reside la tragedia del cuarto evangelio… ¡No hay más prueba que: «nadie viene al Hijo si el Padre no le atrae!». La fe es remitida a su verdadero lugar: el corazón. Permanecer es acceder a un tipo de vida distinto que permite descubrir lo que estaba oculto, el misterio. El discurso sobre el Pan de vida es, ante todo, una exposición casi asombrosa de la originalidad de la fe. El alimento de vida eterna supone, pues, la fe. Pero la fe se expresa en el sacramento. ¡Hay que «comer» –en el sentido más radical– «la carne del Hijo del hombre» y beber su sangre»! «El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo». Jesús ha entregado su carne y su sangre, se ha entregado todo él… Comerlo, como lo hace la fe, es seguirle hasta ahí: hacerse uno con su carne entregada y su sangre derramada. Acceder a la resurrección es aceptar el mismo camino que es la Pascua Cristo Jesús sigue también presente a las generaciones siguientes, los que no hemos tenido la suerte de verle en su vida terrena. Y está presente en los tres grandes momentos en que los discípulos de Emaús le encontraron: en la fracción del pan, en la proclamación de su Palabra y en la Comunidad. Que son precisamente los tres momentos primordiales de nuestra celebración: la Comunidad reunida, la Palabra escuchada y la Eucaristía recibida como alimento: los tres «sacramentos» del Señor Resucitado. 4.2.2 - Reconocer siempre a Jesucristo crucificado y resucitado; es decir, implica abrir el corazón a la verdadera conversión. Uno de los momentos privilegiados de nuestro encuentro con él es la Eucaristía. Cada vez que la celebramos deberíamos salir, como las mujeres del evangelio, llenos de la buena noticia y de la experiencia de comunión con el Señor, dispuestos a comunicar con verdadero aire de alegría a nuestra sociedad, a nuestra familia, a nuestra comunidad religiosa, el mensaje de vida que nos ha encargado el Señor resucitado. En la Eucaristía, tenemos cada día un encuentro pascual con el Resucitado, que no sólo nos saluda, sino que se nos da como alimento y nos transmite su propia vida. Es la mejor «aparición», que no nos permite envidiar demasiado ni a los apóstoles, ni a los discípulos de Emaús, ni a la Magdalena. Por otra parte, Pascua no es un recuerdo. Es curación, salvación y vida hoy y aquí para nosotros. El Señor Resucitado nos las comunica a través de su Iglesia, cuando proclama la Palabra salvadora y celebra sus sacramentos, en especial la Eucaristía. El Pan partido para un mundo nuevo supera absolutamente todos los esfuerzos humanos por compartir mejor el pan: es el sacramento de la muerte necesaria para que florezca la vida. Jesús será siempre Pan de vida para quienes le siguen hasta el final. 4.3 - «Cristo Resucitado» se manifiesta como ‘Pastor’. Es él el Señor que da la vida, el Salvador que se preocupa por todo, es el Cordero-Pastor que guía a los redimidos a renacer del agua de la vida. El testimonio que implica es reconocer con diligencia la voz del Pastor, jamás separarse de él, y colaborar en la edificación de la comunidad. 4.3.1 – Jesús se revela como el ‘Pastor’. Jesús se manifestó en medio de su pueblo como el “buen Pastor” (Jn 10,11.14) y lo era de un modo único [Jn 10,6.12], aún más que David. El testimonio más fuerte de esta afirmación se encuentra en el Evangelio de san Juan cap. 10. Jesús al declarar «Yo Soy» no se refiere absolutamente a que él sea comparable a un simple pastor y sus discípulos un rebaño: él es el Pastor en el sentido absoluto del término, pues está totalmente al servicio de su rebaño, lo dice: «El buen pastor da su vida por su rebaño» [Jn 10,11]; «Yo doy mi vida por mis ovejas» (Jn 10,15.17-18). Él es el pastor al servicio de su rebaño, lo reafirma con el hecho de dar la vida por su rebaño. Es la entrega de su vida en el misterio de su Pascua, no se trata de un suceso personal ‘accidental’, sino la manifestación definitiva de la identidad de Jesús como pastor. Así, se establece un vínculo entre el título de ser de pastor y el acto de dar su vida por sus ovejas. Este acto conduce a un fin, así como un pastor conduce el rebaño hacia buenos pastos [Cfr. Sal 23; Ez 34,13-14]. En el caso de Cristo Pastor, el fin último del servicio pastoral a su pueblo es conducir a la humanidad junto a su Padre; «cuando ha sacado todas las suyas, el pastor va delante de ellas, y las ovejas le siguen» [Jn 10,4], el mismo verbo que se emplea cuando Jesús explica a sus discípulos que se va al Padre [Jn 14,2.3.12.28; 16,7.28]. El mismo tema del pastor que reintegra a la oveja perdida a la comunión eclesial se encuentra también en san Lucas «y de vuelta a casa» [Lc 15,6], y «habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta…» [Lc 15,7]. Este afán de conducir el rebaño al Padre, incluso al precio de su vida, Jesús declara: «por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo» [Jn 10,17]. Es siguiendo la voluntad del Padre como Jesús da libremente su vida para conducir sus ovejas al Padre.[6] Querer reintegrar a todo pecador a la comunión con el padre celestial, es uno de los componentes capitales de la actitud pastoral y de la predicación de Jesús: están presentes las parábolas: invitación que se excusan, conversión de Zaqueo, parábola de los obreros enviados a la viña, la comida con los pecadores. Cumplir la voluntad del Padre es manifestación de la pertenencia a la familia de Jesús. No olvidar que se encuentran los temas joánicos sobre la unidad de todos los discípulos en el amor mutuo del Padre y del Hijo. En sentido absoluto, sólo Cristo es ‘pastor’, sólo él es capaz, por la entrega libre de su vida, de «reunir en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos» [Jn 11,52]. Y esa es la razón a toda posibilidad de apacentar al rebaño de Cristo, todo servicio pastoral, puede venir únicamente de Cristo. Ya que la misión recibida no equivale a una pretensión de llegar a ser propietario del rebaño o de constituirlo como rebaño con medios puramente humanos. 4.3.2 - El Salvador–Pastor que se preocupa por todos. Aquella mañana de la resurrección, Magdalena le reconoce cuando Jesús pronuncia su nombre: «María» [vgr. Jn 20,16]. Es la experiencia personal de la fe. Jesús había dicho que el Buen Pastor conoce a sus ovejas una a una. La fe y la salvación siempre son nominales, personalizadas, tanto en la llamada como en la respuesta. Al término del evangelio de san Juan, dice Jesús «apacienta a mis corderos, apacienta a mis ovejas» la misión confiada a Pedro no le constituye en pastor del rebaño como puede serlo únicamente Jesús: Pedro recibe el encargo de apacentar un rebaño que está constituido como rebaño y como único pastor que es Cristo. Este encargo pastoral del rebaño, que Jesús confía a los doce, con Pedro a su cabeza, es la manifestación y la puesta en práctica sacramental de la única tarea pastoral de Cristo y ahora de la Iglesia hasta el final de los tiempos. 4.4 - «Cristo Resucitado» se manifiesta como ‘Camino’, ‘Verdad’ y ‘Vida’. Él es el fundamento de cada edificio espiritual, el fundamento de la unidad de la Iglesia y la garantía de su definitiva glorificación. Brota el testimonio de adherirse a Cristo piedra viva, como sarmiento unido a la vid para así poder realizar el mandamiento del amor. 4.4.1 – La Vid y los Sarmientos. [Juan 15,1-8] Que hermosa la comparación con la que describe Jesús la unión de los discípulos con él. Él es la vid, la cepa. Los fieles son los sarmientos. De la vid pasa la savia, es decir, pasa la vida a los sarmientos, si «permanecen» unidos a la vid. Si no, quedan secos, no dan fruto y se mueren. El verbo «permanecer», en griego «menein», aparece 68 veces en los escritos de Juan: once de ellas en este capítulo 15. Dios Padre es el viñador, el que quiere que los sarmientos no pierdan esta unión con Cristo. Ésa es la mayor alegría del Padre: «que deis fruto abundante». Incluso, para conseguirlo, a veces recurrirá a la «poda», «para que dé más fruto». La metáfora de la vid y los sarmientos nos recuerda, por una parte, una gozosa realidad: la unión íntima y vital que Cristo ha querido que exista entre nosotros y él. Una unión más profunda que la que se expresaba en otras comparaciones: entre el pastor y las ovejas, o entre el maestro y los discípulos. La «verdadera» vid es Jesús. De la misma manera que él es el Pan de vida, es también el vino del reino, el «producto de la vid» los discípulos son los sarmientos y participan de la vida de Cristo. Hay que permanecer en él como la raíz se une a la tierra. En efecto, hijo eterno del Padre, sólo Jesucristo, pues él puede conferir un valor de eternidad a toda empresa humana. Este es el programa de la Iglesia a lo largo de los siglos: «Seréis mis discípulos». La vid seguirá creciendo y extenderá su sombra, a través de todos los tiempos, para cobijar a todos los hombres. Los discípulos no serán embajadores, sino que ellos serán la vid, sacramento de la presencia de Cristo. 4.4.2 – «Cristo resucitado» es el fundamento de la unidad de la Iglesia. La misma tónica de la unión a Cristo, viene expresado en el anuncio del ‘kerigma’ realizado por Pedro, quien termina su discurso de Pentecostés ante el pueblo reunido, con claridad y valentía. El que antes de la Pascua aparecía con frecuencia lento en entender los planes de Jesús, ahora está lúcido y ha madurado en la fe, y conducido por el Espíritu promueve la unidad de la Iglesia. Dentro de este discurso ‘kerigmático’, san Lucas nos describe el camino de la iniciación cristiana, con sus diversas etapas: A - muchos oyentes se dejan convencer por el testimonio de Pedro y preguntan: ¿qué hemos de hacer? [vgr. Hech 2,36] B - Pedro les dice que se conviertan, que abandonen su camino anterior, equivocado, propio de una «generación perversa», C - o sea, que crean en Cristo Jesús, D - y los que crean, que reciban el bautismo de agua en nombre de Jesús, bautismo que les dará el perdón de sus pecados y el don del Espíritu, E - bautismo que es universal, para todos los que se sientan llamados por Dios, F - y así se incorporen a la comunidad eclesial, a la comunidad del Resucitado, que empieza a crecer nada menos que con tres mil nuevos miembros. Este programa, que va desde la evangelización hasta el bautismo y la vida eclesial, se irá repitiendo generación tras generación, con más o menos énfasis en cada una de sus etapas. Ser discípulos no es decir o hacer tal cosa, sino entrar en una intimidad entre Jesús y su Iglesia. Nuestra vida espiritual no se presenta entonces, de ninguna manera, como una evasión ni como una cosa «más» sino como el corazón de nuestro ser. «Quien permanece en mi, permanece en Dios». Se trata de permanecer en él, no de frecuentarlo cuando la necesidad se hace sentir. Permanecer como los primeros discípulos, es decir, creer en él y seguir sus pasos. La vida está en movimiento, en éxodo, en camino: siempre hay que ir más lejos, y hay que atravesar la muerte para alcanzar las orillas de la vida. 4.4.3 – Cristo Resucitado se manifiesta como ‘Camino’. Recordemos otro magnifico relato de Lucas, ahora en su evangelio, con la descripción psicológicamente magistral del «viaje de ida y vuelta» de los dos discípulos desde la comunidad a su casita propia y desde la casita propia de nuevo a la comunidad, desde Jerusalén a Emaús y desde Emaús a Jerusalén, que es donde tenían que haberse quedado, porque no hay que abandonar a la comunidad sobre todo en momentos difíciles. El «viaje de ida es triste», en silencio, con sentimientos de derrota y desilusión: «nosotros esperábamos...». No reconocen al caminante que se les une a ellos [vgr. Lc 24,16]. Siempre es difícil reconocer al Resucitado, como en el caso de la Magdalena, sobre todo cuando los ojos están tristes y cerrados. Se ha desmoronado su fe, que estaba mal fundamentada. No creen en la resurrección, a pesar de que algunas mujeres van diciendo que han visto el sepulcro vacío. El «viaje de vuelta es exactamente lo contrario»: corren presurosos, llenos de alegría, los ojos abiertos ahora a la inteligencia de las Escrituras, comentando entre ellos la experiencia tenida, impacientes por anunciarla a la comunidad. En medio ha sucedido algo decisivo: el Señor Jesús les ha salido al encuentro –el Buen Pastor que quiere recuperar a sus ovejas perdidas-, dialoga con ellos, les deja hablar exponiendo sus dudas, les explica las Escrituras sobre cómo el Mesías había de pasar por la muerte para cumplir su misión, y finalmente le reconocen en la fracción del pan, aunque luego recuerdan que ya ardía su corazón cuando les explicaba las Escrituras. En el momento en que, como la Magdalena con el hortelano, le quieren retener -«quédate con nosotros»- pero Jesús desaparece. Muchos cristianos, jóvenes y mayores, experimentamos en el caminar de la vida, como los dos de Emaús, momentos de desencanto y depresión. A veces por circunstancias personales. Otras, por la visión deficiente que la misma comunidad puede ofrecer. El camino de Emaús puede ser muchas veces nuestro camino. Viaje de ida desde la fe hasta la oscuridad, y ojalá de vuelta desde la oscuridad hacia la fe. Cuántas veces nuestra oración podría ser: «quédate con nosotros, que se está haciendo de noche y se oscurece nuestra vida». Por tanto, la Pascua no es para los perfectos: fue Pascua también para el paralítico del templo y para los discípulos desanimados de Emaús. Pero, recordemos cómo, al igual que los de Emaús, los discípulos de Jesús en ocasiones entran en la incredulidad, pues, se encuentran desconcertados [Cfr. Jn 6,16-21], Jesús se ha alejado de la multitud, de sus discípulos, reina la oscuridad; el mar se iba encrespando; ese mar siempre tan temible para aquellas gentes del llano y de las montañas que eran los judíos. Pensaban ellos que en el mar se ocultaban las fuerzas del mal. Pero he aquí que Jesús camina sobre las aguas y se acerca a los pescadores asustados. Es él quien aquieta a las olas. Los discípulos permanecen pasmados. De forma radical se podría decir que ésta será la tentación de la Iglesia de todos los tiempos: aferrarse a las tradiciones, olvidando abrirse a lo inesperado del Espíritu. Abandonar la Palabra de Dios para permanecer fiel al servicio de las masas. Para mantener las tradiciones y las costumbres, se llegará a olvidar que la primera obligación de la Iglesia, su razón de ser, es la proclamación del Evangelio. La tentación de la Iglesia a lo largo de los siglos será preferir a aquellos en los que siempre se ha pensado y olvidar a los desconocidos, a los extraños, a los hijos menores. 4.5 - «Cristo Resucitado» nos da su Espíritu sin alguna preferencia de personas. La verdadera comunidad se funda sobre el amor de Dios y bajo el don de su Espíritu; es el Espíritu quien guía a la Iglesia revelándole todos los secretos en los senderos del tiempo. El testimonio que se desprende, es el saber dar razón de la esperanza que existe en nosotros dando la vida por los hermanos, y además, testimoniar a Cristo con nuestras palabras y obras. 4.5.1 – Cristo resucitado es la razón de nuestra esperanza. Magdalena recibe una misión: no puede quedarse ahí, no puede «retener» para sí al que acaba de encontrar resucitado, sino que tiene que ir a anunciar la buena noticia a todos. Se convierte así, como con las demás mujeres, en «apóstol de los apóstoles» [cfr. Hech 20,17]. Al igual que Magdalena, como testigos de la resurrección, los cristianos proclaman que el amor es más fuerte que la muerte. De hecho, para revelar a Dios al mundo, la Iglesia no escoge un camino distinto del de Jesús. En efecto, durante toda su vida, él ha hablado del amor de Dios a los hombres. Y lo ha hecho invitando al pecador a su mesa y lavando los pies a sus discípulos; lo ha hecho, sobre todo, con su obediencia [vgr. Juan 14,21-26]. Los cristianos, a su vez, deben ser testimonio de este amor, «En esto conocerán que son mis discípulos: en que se amen los unos a los otros» [Jn 13,35]. 4.5.2 - Es el Espíritu quien guía a la Iglesia. Esta vida renovada es obra del Espíritu. Para los apóstoles, la experiencia de Jesús resucitado en medio de ellos es la experiencia de recibir un Espíritu nuevo, un Espíritu que los transforma y los hace vivir lo mismo que Jesús vivía: los hace sentirse continuadores de la obra de Jesús. El mismo día de Pascua, explica el evangelio de Juan [20, 19-23], Jesús se hace presente en medio de los discípulos y les da el Espíritu, y ellos desde aquel momento se sienten enviados a continuar lo que Jesús ha hecho. Es la misma ‘presencia’ que el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11) narra como un acontecimiento radicalmente transformador que tiene lugar cincuenta días después: el día de Pentecostés. 4.5.3 – Una liturgia en comunidad por el «Pneuma». Todo esto lo vivimos en la comunidad de los creyentes. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos mueve, donde lo vivimos y lo celebramos a través de sus sacramentos (el Bautismo y la Eucaristía sobre todo), donde sentimos la llamada a ser testimonios y testigos de esta Buena Noticia a través de nuestra manera de vivir y también a través de nuestra palabra. Sin embargo, esto no significa que la acción de Jesús resucitado, la fuerza de su Espíritu, quede encerrada en los límites de la Iglesia: más allá de todo límite, más allá de toda frontera, el Espíritu de Jesús está presente en el corazón del mundo y suscita en todas partes semillas de su Reino, tanto entre los creyentes como entre los no creyentes. El domingo de Pentecostés, en el salmo responsorial, proclamamos una frase que puede expresar muy bien el mejor sentimiento que podemos tener en nuestro interior durante estos días: «Goce el Señor con sus obras». Realmente el Señor puede estar contento de su obra. El Dios que después de la creación podía decir que todo lo que había hecho era muy bueno, ahora puede volver a decirlo, y con más razón. Celebrar la Pascua es compartir esta alegría de Dios; a la Iglesia le gustará repetir los pasajes proféticos y los salmos que iluminan con una luz nueva la vida de su Señor. Pero pronto será el Espíritu quien lo renovará todo. 4.5.4 – ¿Dónde nos toca evangelizar a nosotros? Pablo se adaptaba a las circunstancias que iba encontrando. A veces predicaba en la sinagoga, otras en una cárcel, o junto al río, o en la plaza de Atenas. Si le echaban de un sitio, iba a otro. Si le aceptaban, se quedaba hasta consolidar la comunidad. Pero siempre anunciaba a Cristo con coraje, con valentía. Así la comunidad cristiana –en su nivel universal y en el local– debería tener tal convicción de la Buena Noticia que, conducida por el Espíritu de Jesús, no debería conocer barreras, y anunciar la fe en Asia y en Europa, en África y en América. En grandes poblaciones y en el campo. En ambientes favorables y en climas hostiles. En la escuela y en los medios de comunicación. Al igual, cuando nos ofrecen hospedaje amable y cuando nos detienen o persiguen. Y cada uno de nosotros, si en verdad estamos llenos de la Buena Noticia de la Pascua del Señor y nos dejamos comunicar su vida por el Espíritu Santo, deberíamos dar testimonio de nuestra fe en cualquier ambiente en que nos toque vivir, desde nuestra familia hasta el trabajo y en toda actividad social. 4.6 - Cristo resucitado, es glorificado por el Padre y da la vida a los creyentes. Él es la fuente de la unidad de la Iglesia: unidad en el amor, la misma Iglesia llega a convertirse en testimonio de la resurrección, hasta la consumación de los siglos. El testimonio que se desprende: saber pregustar la beatitud que surge de la participación de los sufrimientos de Cristo, y ser testigo firme de su resurrección; el amor entre los fieles será el signo por el cual el mundo crea. 4.6.1 – Saber pregustar la beatitud, fruto de la participación de los sufrimientos de Cristo. [Hechos 8,1b-8] Después del martirio de Esteban, es la Iglesia de Jerusalén la que es objeto de persecución, participando así en el misterio de la muerte y resurrección de su Señor. Pero el grano de trigo sembrado da su fruto. Ésta, Obligada a abandonar la capital judía, así, la Palabra de Dios resuena bajo otros cielos. Tengamos presente que a lo largo de los dos mil años, ha seguido la misma tónica. Como al Señor le crucificaron, a sus fieles los han crucificado de mil maneras. Si la comunidad de Jesús, fiel al Evangelio de su Maestro, da testimonio de justicia o de amor, o defiende valores que no son los que la sociedad defiende, o denuncia situaciones que se dan contra la dignidad humana o contra la voluntad de Dios, es lógico que sea odiada, porque resulta incómoda. A veces será perseguida hasta la muerte, y otras, desprestigiada, ignorada, impedida en su misión. La palabra griega para decir «testigo, testimonio» es la de «mártir, martiría». Dar testimonio del Evangelio de Jesús comporta muchas veces sufrimiento y martirio. Pero también ahora tenemos la ayuda del Espíritu, el abogado, el defensor. Con su fuerza podemos librar la batalla entre el bien y el mal, y permanecer fieles a Cristo en medio de un mundo que a veces se muestra claramente contrario a su Evangelio, y dar testimonio de Cristo en nuestro ambiente, siendo de palabra y de obra fieles a su estilo de vida y a sus convicciones. Tengamos presente que es Cristo, por su resurrección, la causa de la unidad en el amor. Por tanto, para que los hombres entren en comunión con Dios, él quiere darse a conocer primero, según la palabra bíblica ‘revelarse’. Y para lograrlo, siguiendo el instinto de todo amor, Dios busca los medios de vivir con el ser amado. Se hace hombre: sale de sí mismo y se despoja, de alguna manera, de su trascendencia. Ese es el misterio. Y por ese ‘mostrarse’ es lo que provoca precisamente en nosotros la fe. La fe no es el consentimiento teórico a una verdad abstracta, sino la participación del ser de Dios, dado en comunión. Sobre este trasfondo hay que comprender el misterio de la Iglesia. A través de los tiempos, la Iglesia es la historia de la Palabra única entregada por Dios en Jesucristo. La Palabra de Dios no tiene más palabra para hacerse oír que palabras de hombres que balbucean el misterio revelado; pero en estas palabras que dudan, se puede ya oír la Voz eterna. El tiempo de la Iglesia se confunde con el de la espera y la esperanza. La referencia de la Iglesia a lo por-venir, al Reino. Sin duda la Iglesia recuerda, y su fe es memoria, herencia; pero, al mismo tiempo, está orientada a la futura consumación. Y aunque ya viva la totalidad del misterio de Cristo, no lo vivirá en plenitud mientras no alcance la visión cara a cara. El tiempo de la Iglesia es el que le da Cristo, ella ofrece ya al Reino la posibilidad de llegar a los hombres, pero sin jamás agotarlo. La Iglesia debe respetar, a tiempo y a destiempo, una sola tradición: anunciar el evangelio. Esa es la Tradición, la transmisión de la Palabra. ¿Cómo se ha podido pervertir la palabra «tradición» hasta el punto de darle la vuelta y darle un sentido contrario a lo que significa: guardar, en lugar de transmitir; conservar en lugar de entregar para compartir; mantener, en lugar de traducir? Nos viene a la memoria aquellos discípulos temerosos sobre la barca; al igual, la Iglesia estará siempre tentada de aferrarse al timón para volver a su pasado, tierra firme sin duda, pero estéril. La Iglesia no debe estar en tierra firme: su Señor ha unido su suerte a la de las fuerzas tenebrosas de la historia de los hombres. La Iglesia sólo existe en los combates encrespados de la vida, maltratada por todas las tempestades y por todas las fuerzas oscuras. Solo después de haber luchado a fondo, temiendo constantemente volcar, los hombres y las mujeres descubrirán que su búsqueda laboriosa estaba ya dirigida por el Espíritu Santo. 4.6.2 – La misma Iglesia llega a convertirse en «testimonio» de la resurrección. En el clima de despedida de Jesús, hay una preocupación lógica por el futuro. Y Jesús les tranquiliza: «la paz os dejo, mi paz os doy». Eso sí, no es una paz barata, sino una paz que viene de lo alto: «no os la doy yo como la da el mundo». Además, la consigna de Jesús es clara: «no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». Es verdad que «me voy», pero «vuelvo a vuestro lado: si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre». La paz y la seguridad que Jesús promete a los suyos deriva de la unión íntima que él tiene con el Padre: él ama al Padre, cumple lo que le ha encargado el Padre y ahora vuelve al Padre. Desde esa existencia post-pascual es como «volverá» a los suyos, les apoyará y les dará su paz. 4.7 – «Cristo resucitado» es la vida de la Iglesia, la gran «familia de Dios». El autor comprende a la Iglesia como la familia de Dios [Jn 3,1-3] y es una comunidad compuesta de miembros a los que se les invita a una personal responsabilidad. Juan entiende que la Palabra crea y mantiene fuerte a la Iglesia [Jn 15] y es urgida a mantener y vivir en la unidad [Jn 17]. En este clima vital hay que entender el sentido profundo de la primera carta de san Juan. Esto justifica el empeño en la recuperación urgente de la integridad de la fe cristológica para que la comunidad se mantenga fuerte, madura y unida. La lealtad al Evangelio exige necesariamente una respuesta en la conducta recta y conforme al mismo; y esto será el signo de que realmente hemos nacido de Dios. Se insiste en que Dios es nuestro Padre fundando la promesa de que después le veremos y gozaremos de su presencia. Recuerda el mandamiento propio de Jesús: «el amor mutuo». Nosotros vivimos en un nuevo orden que es el reino de la vida; y el signo inconfundible es que nos amamos unos a otros. Y el amor se ha manifestado en Jesús y es la raíz que posibilita el amor activo y dinámico que debemos tenernos unos a otros (3,11-18; 4,7-21). La fe en Cristo es la causa de llegar a ser hijos de Dios; y ésta es la raíz y la causa de que nos podamos amar unos a otros. Por lo tanto, el acto de fe en el amor de Dios que se ha manifestado en Jesús de Nazaret es el que posibilita el amor entre los hombres (1Jn 4,7-21). Amar a Dios es obedecer sus mandamientos y hacer este acto de obediencia no es imposible, porque somos hijos de Dios, llevamos el germen de vida eterna que es la victoria sobre el mundo. La fe nos capacita para vencer. El contenido de esta fe es el misterio total de Jesús hecho hombre, entregado a la muerte como auto-donación, resucitado y glorioso, como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Pero, creer en la resurrección es aún más. Es experimentar ya en lo secreto de nuestro corazón que, en Cristo hemos vencido a las fuerzas de la muerte, aun cuando sigan aprisionados. Victoria para nosotros; sin duda; pero victoria también para el mundo, pues nuestra esperanza no es para uso privado, sino que es para el mundo. Cuando descubrimos con asombro que hemos sido despertados a la vida sin término, ese nuestro asombro es buena noticia para la tierra entera: nos convertimos en la conciencia viva de lo que ya le ha sido dado sin que la propia tierra se diese cuenta. Así comprendemos del porqué somos enviados a anunciar la buena noticia. Pero sólo será convincente nuestro anuncio si brota de la experiencia de nuestro encuentro con el Señor. - Sugerencias Pastorales En la lógica del esfuerzo de la Iglesia para la restauración del tiempo pascual es necesario colocar también una pastoral comprometida de este tiempo fortísimo de la experiencia eclesial. Algunas sugerencias al respecto: 1 - mantener el carácter gozoso de las celebraciones eucarísticas, dominicales y feriales, 2 - siendo el tiempo de la mistagogía, es éste el tiempo más apto para la celebración de los sacramentos pascuales como bautismo, confirmación (¡por Pentecostés!), primeras comuniones y también de alguna celebración comunitaria de la Unción de los enfermos en perspectiva pascual, 3 - Aun siendo todo este tiempo propio del Espíritu, subrayar la preparación a Pentecostés, bajo el signo del paráclito; celebrar la espera con una vigilia de oración como hacen las comunidades carismáticas y neo-catecumenales para Pentecostés, 4 - una sugerencia: se podría ritualizar Pentecostés, ó con la bendición del agua lustral al comienzo de la celebración eucarística (¡el agua viva del Espíritu!), ó encendiendo las velas de los fieles por última vez del Cirio pascual después del Evangelio (para significar la llama que se posó sobre cada uno de los apóstoles), para cumplir la renovación de la fe y la oración universal, como Iglesia iluminada por el Espíritu de Pentecostés, en la cual cada uno conserva su propia personalidad en la luz del Espíritu. - CONCLUSIÓN Jesús resucitado es el objetivo de nuestras miradas en cada uno de los días del tiempo de Pascua. Es menester hacer nuestro siempre el mensaje del Señor que descubrimos en la Liturgia de la Palabra, pues «La Palabra del Señor permanece para siempre. Y esa palabra es el Evangelio que les anunciamos» [I Pe 1,25; cfr. Is 40,8]. Esta hermosa experiencia “nos pone frente al misterio de Dios que se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra”[7]. Es por eso que renovamos la adhesión de la fe y el convencimiento de que en Él tenemos la vida, y entendemos mejor el sentido de su camino de amor fiel hasta la muerte, y nos sentimos llamados a vivir como Él. Como Pedro y la Magdalena y las demás mujeres han quedado transformados por la Pascua, nosotros, si la celebramos bien, seremos testigos que la contagiamos a nuestro alrededor, pues “revalorar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, es fuente de constante renovación, y deseamos que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial”[8] Y los demás nos verán en nuestra cara y en nuestra manera de vida esa «libertad verdadera» y esa «alegría del cielo que ya hemos empezado a gustar en la tierra». “Y ésta es una consideración que todo cristiano debe hacerse y aplicarse a sí mismo: sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo”[9]. Así pues, cree en la resurrección es descubrir el poder de la vida que Dios nos hace experimentar “estar vivos, auténticamente vivos”. Se creemos en la vida es porque hemos descubierto en la resurrección de Jesús que el secreto tenebroso del mundo es la palpitación de un corazón que ama: «tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único» [Jn 3,16].
- Mil Gracias - - Apéndice - «Aleluya, Aleluya……..es la Pascua del Señor» La característica más destacada de este tiempo litúrgico es la alegría. La música, el canto, las vestiduras, las lecturas y otros textos, todo en él está orientado a expresar los sentimientos de júbilo. Tal exuberancia encuentra su punto culminante en la aclamación "Aleluya", que se oye repetir constantemente. En la noche de pascua, el sacerdote o el diácono la entona tres veces, y el pueblo la repite. Es el heraldo de la buena nueva de la resurrección. "Aleluya" es una palabra de origen hebreo, que significa sencillamente "alabanza a Dios". Es una aclamación que la Iglesia ha heredado del Antiguo Testamento y, por tanta constituye un nexo de unión con la liturgia del templo y la sinagoga. Es difícil captar con precisión su significado en una traducción, puesto que, más que un pensamiento, expresa un sentimiento religioso, evoca una atmósfera particular de alabanza y gozo. Lo ideal sería que el Aleluya se cantara. En la tradición occidental se ha perdido bastante la emoción del Aleluya pascual. En las celebraciones de las iglesias ortodoxas, tanto la griega como la rusa, se vive mucho más el gozo espontáneo. Algo parecido se encuentra, sin embargo, en las vibrantes congregaciones de Taizé con motivo de la pascua, de pentecostés o de un "fin de semana pascual". Nuestro pueblo ha de ser conducido a un mayor aprecio de aclamaciones como el aleluya; ésta debe llegar a ser una expresión genuina de gozo en la asamblea litúrgica. Lo cierto es que el aleluya es la palabra clave en la liturgia pascual y expresa perfectamente la profunda alegría de este tiempo. Por eso no sorprende que los padres de la Iglesia no sólo se refiriesen al aleluya en su predicación, sino que, además, gustaran de exponerlo en sus homilías de pascua. Es característico especialmente en san Agustín, que solía repetirlo una y otra vez en sus sermones. He aquí un ejemplo: “El aleluya se dice durante estos cincuenta días. Porque aleluya significa alabanza de Dios; por tanto, para nosotros, que estamos trabajando, significa llegar a nuestro descanso. Porque cuando alcancemos nuestro descanso después de este período de trabajo, nuestra única ocupación será alabar a Dios, nuestras acciones serán un aleluya. Aleluya será nuestro alimento, aleluya será nuestra bebida, aleluya será nuestra apacible actividad, aleluya será nuestro gozo completo”.[10]
- BIBLIOGRAFÍA:
- Agustín Arce, Itinerario de la virgen Egeria, BAC 416. 2ª. Edición, Madrid 1996 - Antonio G. Lozano, o.p. Liturgia y Espiritualidad pascual./cortesía de http://www.dominicos.org |para la biblioteca católica digital - Daniel Bourgeois, La Pastoral de la Iglesia, Sección V, La Iglesia, Vol. XI, Ed. Edicep. 1ª. Edición 2000, Valencia (España) - José Aldazabal, Pascua/Pentecostés, Ferias de Pascua, Dossier CPL 52. Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1195 - M. Pinckers Bastin-Ghislain Pinckers, Dios cada Día, siguiendo el leccionario ferial, Cuaresma y Pascua 1. Ed. Sal Terre 1982 - Vincent Ryan, El significado del tiempo pascual, Pascua. Fiestas del Señor, Ed. Paulinas. Madrid 1987. - Leccionario I, Adviento-Pentecostés, VIIIa. Edición. Ed. Buena Prensa, A.C. 2006, México, D.F. - Comentario Bíblico International, Ed. Verbo Divino, Navarra 1991 - The Fathers of the Church, del sermón 252, en, vol. 38 (New York 1959) pag.332. - Verbum Domini, Exhortación Apostólica Postsinodal, del Santo Padre Benedicto XVI, Ediciones CEM, A.R. Nov 2010. México, D.F.
[1] M. Pinckers Bastin, Dios cada día, siguiendo el leccionario ferial, Cuaresma y Pascua 1. Ed Sal Terre 1982. Pag. 116 [2] Agustín Arce, Itinerario de la virgen Egeria, BAC 416 [3] Boletín de Pastoral, Revista Diocesana Mensual n. 296, Marzo de 2007, San Juan de los Lagos, Méx. [4] M. Pinckers Bastin, Dios cada día, siguiendo el leccionario ferial, p. 158 [5] M. Pinckers Bastin, Dios cada día, siguiendo el leccionario ferial, p. 162 [6] Daniel Bourgeois, La Pastoral de la Iglesia, Sección V, La Iglesia, Vol. XI, Ed. Edicep. Pag. 110 [7] Verbum Domini, Exhortación Apostólica Postsinodal, del Santo Padre Benedicto XVI, pag 3. [8] Verbum Domini, Exhortación Apostólica Postsinodal, pag. 4 [9] Verbum Domini, Exhortación Apostólica Postsinodal, pag. 93 [10] Del sermón 252, en The Fathers of the Church, vol. 38 (New York 1959) pag.332. |




LA CELEBRACIÓN DE LA PASCUA 




