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Home Semana XXXI Las solemnidades de la Ascensión del Señor
Las solemnidades de la Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez   
Miércoles, 19 de Enero de 2011 12:56

 

 

-Pascua del Resucitado y del Paráclito-

 

 

Pbro. Guillermo Cabrera Bautista

Diócesis de Zacatecas

 

 

 XXXI Semana de oración y estudio SOMELIT

Del 10 al 13 de enero del 2011

Casa Juan Pablo II, San Juan de los Lagos



Introducción general

Reflexionar, como comunidad eclesial, entorno al tiempo en el que celebramos los misterios del Señor es una tarea que nos ha de encaminar al fortalecimiento de la fe y la esperanza, y a una vivencia más profunda de la caridad en nuestra vocación cristiana. Ya que el asomarnos, desde algunos esbozos históricos y los temas que se despuntan desde los textos litúrgicos recientes en su traducción para México, a la liturgia de dos celebraciones, una cristológica y la otra pneumatológica que van siempre relacionadas entre sí, arroja todo un elenco de tareas a realizar mientras caminamos como peregrinos a la Casa del Padre, hasta que el Señor vuelva.

 

El camino a recorrer será de la siguiente manera: presentaremos, en primer lugar, una serie de presupuestos que nos ayudarán a poder partir de principios comunes. En un segundo momento, realizaremos un acercamiento a la historia y los textos litúrgicos de las celebraciones de la Solemnidad de la Ascensión del Señor y Pentecostés. Finalmente, presentaremos una serie de conclusiones con el fin de sugerir algunos elementos que favorezcan a la celebración digna de los misterios del Señor.

 

      I.    Presupuestos

Antes de entrar en materia, es importante el considerar los siguientes aspectos:

  1. La celebración del Triduo pascual, que culmina con el solemnísimo domingo de resurrección, es un tiempo que abre un período de cincuenta días que originariamente fue llamado Pentecostés y que con el paso del tiempo llegó a denominarse tiempo pascual.
  2. Este mismo período, en diversos momentos, no sólo adquirió otras denominaciones, sino que además, éstas fueron contribuyendo a que dicho tiempo se dejará de ver como una unidad[1] que dentro de sí porta un dinamismo que encamina a la Iglesia tanto a la vivencia litúrgica del Misterio pascual del Señor, como a lograr cultivar dentro de ella aquellas actitudes que la han de disponer a recibir el don que viene de lo Alto.
  3. Las solemnidades y los días que son objeto de esta reflexión, han de insertarse en su contexto celebrativo no sólo inmediato si no además en aquel que es más global, es decir, no sólo dentro del tiempo pascual o cincuentena pascual si no, sobre todo, en su relación a todo el ciclo pascual: Cuaresma, Triduo Pascual y Cincuentena Pascual para así, poder advertir la dinámica de estos días como parte de un periodo de tiempo que invita a la Iglesia y a cada bautizado a vivir una renovación en el Espíritu, el cual inicia con la purificación de la Cuaresma, la adhesión y celebración solemne del Misterio Pascual del Señor durante el Triduo y, finalmente, su expresión culmen con la celebración de Pentecostés sea como cincuentena o bien, como día culmen que invita al discípulo a ser testigo en medio del mundo del Señor de la Gloria que está sentado a la derecha del Padre.

 

 

    II.    El cuarentésimo día: La ascensión del Señor

 

  1. A.   Notas históricas

Los eventos que comprenden la Pascua del Señor han sido celebrados por la Iglesia, no como una iniciativa de la misma sino como una respuesta al mandato del Señor, el cual, la noche antes de padecer ritualizó, en el contexto de la celebración de una cena, aquello que estaba por vivir en los días siguientes: su misterio pascual. Ahora bien, la comunidad apostólica rápido entendió que con la Fracción del Pan celebraba, hacía memoria de los acontecimientos de la Pascua del Señor: su pasión, muerte, resurrección y ascensión.[2] Cierto es, como lo testifican la fuentes patrísticas y litúrgicas, que fue hasta el siglo II que comienza a darse un proceso de historización progresiva de los acontecimientos pascuales, es decir, la comunidad ya no sólo celebra la Pascua de manera semanal en el Domingo, día del Señor, sino que ahora solemniza anualmente uno de estos domingos, el más cercano al plenilunio posterior equinoccio de primavera, ubicando en dicho día el acontecimiento de la Resurrección y a partir de él, se irradian aquellos acontecimientos previos al mismo o aquellos que le sucedieron conforme a los crónica extraída de los testimonios trasmitidos por el Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, conforme al testimonio de la tradición sinóptica, se ubicará la pasión del Señor en el viernes previo a dicho domingo, lo mismo sucederá con el domingo de ramos o de pasión, ubicado el domingo anterior al domingo de Resurrección. Este movimiento retrospectivo encontrará su expresión prospectiva al conmemorarse los acontecimientos que siguieron a la resurrección del Señor como lo fueron la Ascensión del Señor y el Don del Espíritu Santo, que conforme a los datos proporcionados por la tradición lucana estos acaecieron a los cuarenta y cincuenta[3] días respectivamente. No obstante, conforme a la opinión de algunos liturgistas, como Adrien Nocent[4] y Jesús Castellano[5] basados en la tradición, en los primeros siglos, mas no después del siglo IV, la celebración de la Ascensión del Señor estuvo unidad a la de Pentecostés en el mismo día ya fuera en el cuarentésimo día, pues para algunas iglesias el tiempo pascual concluía en ese momento con dichas festividades, o bien, en el cincuentésimo día como nos lo refiere A. G. Martimort.[6] Esto lo explica Adrien Nocent a partir del dato referido por san Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, donde el mismo Jesús es interrogado por sus discípulos sobre cuándo iba a restablecer el Reino, a lo que Jesús responde que sobre ellos descenderá el Espíritu Santo (Hch 1,6-8). “Por esto la Ascensión de Jesús fue ligada al descendimiento del Espíritu Santo, y por ello, en el último día de la cincuentena pascual fueron celebradas juntas la Ascensión y Pentecostés”.[7]

 

Con el movimiento progresivo de historización de las celebraciones en torno al misterio pascual del Señor, será hacia finales del siglo IV que la Ascensión del Señor se difundirá como una celebración en sí misma, separada de Pentecostés. El primer testimonio que nos da referencia de dicha celebración litúrgica, en Roma, lo refiere el papa san León Magno, hacia finales de la primera mitad del siglo V, en sus dos bellas homilías sobre la Ascensión del Señor[8] -Christi ascensio nostra provectio est-. San Agustín, por su parte en el norte de África, la considera como una festividad no sólo universal sino de origen apostólico, como la Pascua y Pentecostés.[9] Lo mismo san Juan Crisóstomo la tiene por fiesta universal y antigua.[10] Su rápida difusión se debió, según la opinión de A. G. Martimort, a la influencia de san Gregorio de Nisa.[11] Hacia finales del siglo IV y principios del siglo V la encontramos ya implantada en Jerusalén conforme al testimonio de la peregrina Egeria y el Leccionario Armeno[12]; que bien pudiéramos afirmar sería su lugar de origen. Se puede pensar que llegó a ser tal el entusiasmo y la solemnidad con que se celebraba está fiesta que hubo que intervenir para que no se convirtiera en el término de la alegría pascual, conforme nos lo refiere Juan Casiano[13], pues en algunas iglesias este día era propuesto como el fin del tiempo pascual, según lo testimonia el canon 43 del Concilio de Elvira.[14]

 

El así llamado Sacramentario de Verona nos reporta seis formularios de misa In Ascensa Domini.[15] El Sacramentario Gelasiano nos da una única misa, Orationes et praeces in Ascensa Domini.[16] En el Sacramentario Gregoriano figura solamente un formulario In Ascensa Domini.[17] Los formularios de misa del Sacramentario Veronense son particularmente ricos. El primer formulario en su prefacio insiste en la temática de la gloria del Señor resucitado, manifestado a todos los discípulos de manera palpable el cuarentésimo día después de la resurrección; visión gloriosa que ha confirmado a los discípulos en la fe y les ha conferido una mayor fuerza. El segundo formulario que solamente contiene un prefacio, subraya que la ascensión del Señor testifica que la encarnación del Verbo no ha interrumpido la gloria que de siempre el Verbo ha tenido en el seno del Padre, prueba de ello es que Jesús ha subido al cielo con la naturaleza humana y que de este modo el hombre es participe de su humanidad. El tercer formulario, que sólo contiene un prefacio y un communicantes, destaca el tema del rey de la gloria que toma posesión de su trono de gloria. El cuarto formulario, que contiene un prefacio y una oración postcomunión, insiste en el hecho de que la Ascensión del Señor constituye para nosotros una promesa. El quinto nos reporta una colecta y un prefacio; este último destaca el cómo nuestros ojos, cuando se dirigen al cielo, se separan de los placeres de la tierra. El sexto que presenta una oración antes del prefacio, una postcomunión y un communicantes, insiste en el hecho de que Cristo llevando a pleno cumplimiento su misterio, permite al hombre vencer al demonio y lo eleva al don celestial de su divina sustancia. Algunos, como B. Capelle, consideran que estos textos dejan entrever la mano de san León Magno.[18]

 

El Sacramentario Gelasiano, en el único formulario de misa que nos reporta, muestra dos oraciones antes del prefacio. La primera, basándose en la narración de la Ascensión, insiste en la promesa que con dicho acontecimiento es anunciada, de vivir junto al Señor en la patria celeste. El prefacio recorre las distintas etapa de la historia de la salvación: la Natividad del Señor, la cual nos ha dado acceso a la gloria; su Pasión, con la que ha vencido al demonio; y su Resurrección, gracias a la cual hemos sido encaminados a la vida eterna; proclama que con la ascensión Jesús nos ha abierto las puertas del cielo, hacia el Padre.

 

El Sacramentario Gregoriano desarrolla el tema, en la ascensión del Señor al cielo, la realización de nuestra participación en su divinidad. El sacramentario comprende un communicantes tomado del Gelasiano.

 

Finalmente, llama nuestra atención, que después de la proclamación del Evangelio de la misa de la festividad se usaba apagar el cirio pascual. Este gesto será oficializado por el Misal de Pío V y posteriormente suprimido por la reforma del Concilio Vaticano II, ya que dicha acción podía tergiversar el sentido del día de Pentecostés. Otras acciones que ritualizaron la ascensión del Señor fue que en algunas iglesias se instituyó una procesión que imitaba la salida de Jesús hacia el monte de los olivos y su ingreso a la gloria. En otras iglesias se elevaba el cirio pascual o el crucifijo, imitando la Ascensión del Señor.[19]

 

 

  1. B.   La celebración de la Ascensión del Señor en nuestros días

La eucología mayor y menor dentro de los textos litúrgicos actuales para la Iglesia de Cristo que peregrina en México destinados a la celebración eucarística de esta solemnidad, nos presenta los siguientes contenidos:

 

1. La Ascensión del Señor en el Misal de Pablo VI

Eucología menor[20] 

La liturgia de la celebración de la solemnidad de la Ascensión del Señor está provista de un formulario propio de misa. Por medio del cual, la comunidad eclesial es invitada a dejar despertar en ella los sentimientos y actitudes de gratitud, alegría y esperanza como nos lo deja ver la oración colecta. Dichas actitudes brotan del reconocimiento del triunfo del Señor que ha sido glorificado mediante su triunfante ascensión, por medio de la cual ha sido colocado a la derecha del Padre.

 

La gratitud brota del reconocimiento del triunfo y victoria del Señor, que no sólo permanecen en Él sino que los comparte con aquellos que viven conforme al Espíritu recibido. Dicha acción de gracias ha de llevar a elevar el espíritu, como lo subrayará la misma oración sobre las ofrendas, en la alegría pascual pues la comunidad al contemplar el triunfo de su Señor que ahora vive en la gloria del Padre, se sabe heredera de esa misma gloria, pues ha recibido la prenda del Espíritu al haber sido crismada con los dones del mismo Espíritu. Así, ella vive en la esperanza de llegar a estar en aquel lugar de gloria donde mora el Señor, pues donde está la Cabeza que es Cristo, llegará a estar también la Iglesia, que es el cuerpo crismado del Señor.

 

Por su parte la oración postcomunión del día ratifica la afirmación del segundo prefacio: la participación en la vida divina del Señor, que Dios Padre nos comunica por medio de su Hijo. Añadiendo que dicha participación no será un don que llegará en un futuro lejano, sino que ya desde ahora el cristiano comienza a vivir tal participación, la cual se alcanza cuando se recibe el Pan de Vida, ya que generalmente el sentido de la oración postcomunión es la acción de gracias por la comunión recibida. Además de la acción de gracias, se pide que en la comunidad se avive el deseo de la patria eterna, donde nos aguarda Cristo el Señor, Unigénito del Padre y hermano nuestro.

 

Como toda solemnidad cristológica, esta celebración viene provista de una bendición solemne[21], en la cual se pide a Dios Padre colme de bendiciones a su pueblo, permitiéndole no sólo la visión beatífica de su Hijo al final de los tiempos, sino además el ser tratado con la misma benignidad con la que Él, su Hijo, trató a sus discípulos. Bendición que derramará en aquellos que confiesen que Cristo, el Señor, está sentado a su diestra, además de hacerles experimentar o sentir la presencia del Señor que conforme a su promesa, permanece en medio de su pueblo hasta el final de los tiempos. Presencia que ha de llevar al bautizado y a toda la Iglesia, en general, a vivir en el júbilo que provoca el estar “ya” ante su Señor.

 

Eucología mayor[22] 

La celebración de este día está provista de dos prefacios los cuales, según la rúbrica, pueden ser utilizados indistintamente, sea el día de la celebración o bien, durante los días siguientes en las misas que no tengan prefacio propio hasta el sábado anterior a la solemnidad de Pentecostés. Esta rúbrica deja ver ciertos resabios de los así llamados días de la ascensión.

 

El primer prefacio nos presenta, en su primera parte, al Señor que es entronizado como el rey de la gloria, pues con su triunfo ante el pecado y la muerte, ha sido constituido mediador, juez y Señor. Cabe destacar la serie de títulos cristológicos con los que es presentado el Señor, pues en ellos se nos presenta no sólo el oficio sacerdotal del Señor como mediador, sino que a la vez, se nos pone ya dentro de una perspectiva escatológica al enunciar su oficio de Juez que ejerce y ejercerá en plenitud al llegar el final de los tiempos, pues a ese mismo Jesús que la comunidad apostólica contempló ascender entre nubes de la misma manera volverá. Ello, invita a la comunidad a mantener viva la esperanza y a experimentar el gozo pascual en el Señor en una mayor medida, de modo que llegue a ser toda una efusión. En su segunda parte, el texto del prefacio nos recuerda que el Señor no se ha ido para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que nosotros sepamos poner nuestra esperanza y aspiraciones en poder llegar a aquel mismo lugar de gloria donde Él habita eternamente. Nosotros los bautizados, al ser miembros de su mismo cuerpo, somos invitados a ser participes de su misma gloria y poder habitar junto con Él en el lugar de gloria donde Él nuestra Cabeza nos ha precedido. Cabe señalar que al inicio del prefacio se proclama la ascensión del Señor como un acontecimiento actual o contemporáneo a la comunidad celebrante, pues es “hoy” que asciende a lo más alto de los cielos, hecho que es actualizado sacramentalmente al celebrar el memorial de la Pascua del Señor.

 

El segundo prefacio, después de realizar un recuerdo breve de los acontecimientos previos a la ascensión como fueron las apariciones a los discípulos, nos manifiesta la finalidad de la ascensión del Señor: el hacer participe a la Iglesia de su misma divinidad. El Señor quiere que seamos como Él. Por ello, la comunidad no sólo ha de alegrarse sino llenarse de gozo en tal modo que éste llegue a desbordarse e impregne la vida toda de cada bautizado. Así pues, el talante distintivo de la vida cristiana ha de ser la alegría en el Señor.

 

El prefacio para después de la ascensión viene a ser como una especie de bisagra que une la solemnidad de la ascensión con la de Pentecostés, animando a la comunidad a disponer el corazón para recibir el don de lo alto.

 

Otro texto que está en conexión con esta solemnidad es la intercesión o el mementum propio en algunas solemnidades dentro de las plegarias eucarísticas[23] I, II y III correspondiente al día de la ascensión del Señor que nos presentan este día como un día glorioso y santísimo. Esto dentro del nuestro nuevo ordinario de la misa, ya que el Misal Romano actual, al menos dentro del canon romano simplemente se limitaba a decir día “santo”. Tal vez, el sentido de usar el superlativo “santísimo” sea con la intención no sólo de expresar y mantener el gozo pascual, sino además de ser una continuidad de la efusión de gozo y júbilo descritos previamente en los prefacios propios de la ascensión. Estas intercesiones proclaman este día como aquel en que el Resucitado fue constituido Señor del cielo y de la tierra, es decir, de todo cuanto existe, por ello es colocado a la derecha de Dios Padre ante quien el Hijo, Verbo hecho hombre, exalta nuestra débil condición humana.

 

2. La ascensión del Señor en la Liturgia de las Horas[24]

Otra serie de textos eucológicos que iluminan la identidad de esta solemnidad son aquellos destinados para la celebración de la Liturgia de las Horas. Estos invitan a la Iglesia a entrar en comunión, animada por el Espíritu Santo, en el diálogo orante que se da entre Dios Hijo y Dios Padre, con una actitud de disponibilidad para aclamar en medio de la alegría pascual, a nuestro Señor Jesucristo, porque en este día “Hoy” se ha sentado a la derecha del Padre, como lo expresa en monición introductoria de las preces de la primeras vísperas. Esta misma alegría se transformará en un gozo mayor, pues no solamente se proclama la entronización del Hijo, sino que además Dios que es rico en misericordia y por el gran amor con nos amó (Ef 2,4), como lo menciona la lectura breve de las primeras vísperas, nos hará sentar en los cielos con Cristo Jesús, así la comunidad es heredera de la misma gloria del Hijo. Es por ello, como lo expresa la oración conclusiva de esta misma hora, que la comunidad pide a Dios la gracia de sentirse siempre atraída por una irresistible esperanza hacia donde el Hijo nos ha precedido. Por lo tanto, bien podemos afirmar que el día de la ascensión, es el día de reavivar la esperanza.

 

Por su parte la celebración de laudes invita, dada la naturaleza de la misma celebración, a la adoración del Señor que ha ascendido al cielo y que está sentado para siempre a la derecha de Dios (Hbr 10,12), como lo expresan el invitatorio y la lectura breve. En las preces, el Señor nos es presentado bajo los títulos de Rey de la gloria, sacerdote eterno y ministro de la nueva alianza. Títulos que expresan su misión mediadora en favor de la humanidad y de la Iglesia. Es dentro de estas preces, en particular la cuarta, donde se comienza a introducir la fiesta de Pentecostés, al hacer memoria de la promesa de dar el Espíritu Santo a los apóstoles y solicitar la fuerza de este mismo Espíritu para poder dar testimonio ante el mundo. Esta misma promesa será mencionada en la celebración de las Vísperas, dentro de la antífona del cántico evangélico, al pedir se nos envíe la promesa del Padre, el Espíritu de Verdad. De esta manera se inicia un dinamismo que irá disponiendo durante los días siguientes a la comunidad a la celebración de la Solemnidad de Pentecostés, sobre todo, mediante las celebraciones eucarísticas de esos días, en las que se nos presentarán una serie de resonancias surgidas ya desde las celebraciones pascuales de los primeros días que invitan a la alegría, al avivamiento de la esperanza, a la gratitud, al seguimiento del Señor.

 

 

   III.    La fiesta conclusiva de la cincuentena pascual “Pentecostés”

 

  1. Notas históricas

En los primeros años de la Iglesia Pentecostés era considerada dentro de una prospectiva unitaria de la Pascua, de la cual el cincuentésimo día constituía su clausura o culmen. Cuando Melitón de Sardes[25] y Tertuliano[26] se refieren a Pentecostés, entienden siempre la cincuentena pascual celebrada como un único día de fiesta.

 

Para el pueblo hebreo, la así llamada “fiesta de las semanas”,[27] celebrada siete semanas después de la pascua, era una fiesta en el curso de la cual se daban gracias al Señor por las cosechas, y en un periodo posterior, por la proclamación de la ley sobre el monte Sinaí, cincuenta días después de la liberación de Egipto. Como se ha constatado en los escritos antiguos, esta fiesta judía parese no tuvo un influjo importante sobre las celebraciones cristianas. Sin embargo, los acontecimientos de la Ascensión del Señor así como el envío del Espíritu Santo no pudieron pasar desapercibidos. Al inicio, la Ascensión y Pentecostés de ordinario fueron celebradas contemporáneamente, en base a las palabras mismas del Señor que invitaban a unir de manera conjunta dichos eventos.[28] Jesús anuncia su partida y, a la vez, unido a esta despedida el envío del Espíritu Santo. Tal vez por ello, y en razón de la psicología humana, comenzó a celebrarse con gran solemnidad el último día de la cincuentena. Es bueno subrayar que con la solemnidad de Pentecostés no se cierra definitivamente el tiempo pascual en el sentido que el misterio pascual del Señor le sigue inmediatamente durante el tiempo de la iglesia.[29]

 

El cincuentésimo día comienza a asumir una autonomía litúrgica propia hacia el siglo IV, cuando durante la celebración de la Vigilia de Pentecostés, celebrada con la misma solemnidad de la Vigilia Pascual, en Roma, son conferidos los sacramentos de la Iniciación cristiana. La Vigilia es organizada en base al modelo propuesto por la celebración de la vigilia pascual, con varias lecturas y con la celebración de los sacramentos de Iniciación cristiana que encuentran su culmen con la celebración con la Eucaristía.

 

Aún cuando la Vigilia de Pentecostés buscó imitar la de Pascua, no asimiló las celebraciones de la bendición del fuego y del cirio. Ciertamente en algunas iglesias de la región de las Galias si conservaron estos ritos. Hacia los siglos VIII y IX la celebración nocturna fue anticipada el mediodía del sábado e inclusiva a la mañana.

 

El oficio de las Vísperas comprendía, como el de Pascua, tres salmos y se cantaba el himno Veni Creator Spiritus, obra de un autor desconocido del siglo IX. La costumbre de cantar este himno a la hora Tertia se le atribuye a Hugo de Cluny, al inicio del siglo XII.

 

La Eucología de la misa de la vigilia como la de la misa del día de Pentecostés son tomadas del Sacramentario Veronense[30] y del Gelasiano[31]. La del Veronense corresponde al periodo en el que la vigilia se celebraba de noche. En cambio, en el Gelasiano como en el Gregoriano corresponden a una época en que la vigilia era ya anticipada al día del sábado.

 

En los formularios de misa, el Veronense nos presenta, para el día de Pentecostés, dos secciones distintas. La primera contiene los formularios de dos misas. Para la segunda misa, se tiene un prefacio propio en el cual no se hace ninguna alusión al Espíritu Santo, pero se insiste en al ayuno y sus beneficios espirituales ya que era para celebrarse durante la mañana del sábado. En este misma sección (X. Orationes pridie Pentecosten) tenemos dos formularios de misa para la Vigilia propiamente. La primera[32] compuesta de una colecta, una oración sobre las ofrendas, un prefacio, un hanc igitur y un communicantes pasará al Gregoriano y posteriormente al Misal.

 

La segunda sección, titulada XI. In Dominicum Pentecosten, presenta tres formularios de misa. El primer formulario fue compuesto contra algunas tendencias heréticas, tal vez contra los montanistas, que afirmaban que el Espíritu Santo había descendido solamente sobre Montano.

 

En la primera oración del primer formulario, se pide que la adopción a la cual hemos sido llamados por el Espíritu Santo no se deje guiar por lo terreno y no se deje llevar por la división. También el prefacio muestra algunos signos de preocupación por la división. Luego de haber recordado el castigo provocado por el orgullo de los constructores de la torre de babel. La segunda misa denuncia en el contenido de sus oraciones algunas pretensiones que hieren la unidad. La tercera misa revela, al igual que las primeras dos, una evidente preocupación por la unidad, sobre todo, en la oración después de la comunión.

 

Por su parte, el Sacramentario Gelasiano nos reporta la oraciones que siguen a la lecturas de la Vigilia. Las lecturas eran tomadas del libro del Génesis, del Éxodo, del Deuteronomio y de Isaías. Existe una quinta oración de la cual no se reporta el texto bíblico. En otras dos secciones el Gelasiano presenta algunos formularios para la vigilia.[33] El primero contiene el prefacio que también presenta el Gregoriano y que luego pasará al Misal. En el segundo, el prefacio recuerda el significado de la celebración de Pentecostés: la consumación de la Pascua. Lo cual, evoca los efectos del sacramento pascual: da la adopción a los hijos, el Espíritu Santo distribuye los dones de la gracia y a los coherederos de la redención les confiere la prende de su herencia.

 

En una nueva sección bajo del título de Orationes et praeces Dominica Pentecosten[34] encontramos un formulario para la misa del día. Este formulario une en uno solo dos formularios precedentes distintos, como sucede para la misa de Pascua. La primera oración[35] subraya de nuevo que la cincuentena pascual resume en sí todo el misterio y que la dispersión de las lenguas se transforma en una confluencia de pueblos reunidos en la confesión de una misma fe. La segunda pone de manifiesto el carácter específico del día: el don del Espíritu al mundo entero y a todas las naciones. [36] El prefacio precisa que este festividad celebra la venida del Espíritu de unidad en el momento de la formación de la Iglesia.[37]

 

El Gelasiano contiene también una sección titulada: Item orationes ad vesperos infra octavas Pentecosten[38]. Lo cual, aparece por primera vez en las fuentes litúrgicas significando así, que fue hacia esta época que es la celebrada la Octava de Pentecostés.

 

De poca originalidad es la celebración de Pentecostés presentada en el Sacramentario Gregoriano. Para la Vigilia elenca una serie de lecturas y oraciones.[39] Se leen Gn 22, Dt 31, Is 4, Bar 3 con las correspondientes. El Misal de Pío V, en 1570, retomó esta disposición. La vigilia, así como la de Pascua, fueron recorriendo su horario, de modo que llegó a celebrarse durante la mañana del sábado.

 

La ritualización de esta solemnidad llevó a algunas comunidad a expresar de distintas maneras la verdad celebrada: el don del Espíritu, mediante la introducción de ingeniosas expresiones rituales como la que se tenía durante el canto del Gloria o/y en la lectura de la Secuencia se hiciera a la manera de una lluvia de pétalos de rosas rojas sobre la asamblea, el lanzamiento de pabilos encendidos con pequeñas llamas o la liberación de palomas o algún otro tipo de aves.[40]

 

 

  1. La celebración de Pentecostés en nuestros días

1. La solemnidad de Pentecostés en el Misal de Pablo VI

Eucología menor[41]

Los textos de la eucología menor para la celebración eucarística de la solemnidad de Pentecostés están integrados por dos formularios de misa, el de la misa vespertina de la vigilia y el de la misa del día.

 

El primer formulario, el de la misa vespertina de la vigilia, nos muestra y recuerda a la Iglesia que es con la venida del Espíritu Santo que llega a su consumación el misterio pascual del Resucitado, como lo expresa la primera oración colecta mediante la cual, se pide a Dios Padre que renueve el prodigio de Pentecostés. Ahora bien, si la celebración de la Eucaristía es la actualización del misterio pascual del Señor y éste alcanza su consumación con la venida el Espíritu Santo, bien podemos afirmar que la celebración de cada eucaristía es una manifestación tanto del Hijo como del Espíritu Santo, prueba de ello es la eficacia con que actúa el Espíritu, mediante la oración epiclética, convirtiendo dinámicamente, para todos nosotros, los dones del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor que a la vez es sacramento comunicador del fuego del Espíritu Santo, como lo expresa la misma oración postcomunión. Por tanto, la participación plena en la Eucaristía, es decir, recibida es otro de los medios sacramentales a través del cual el Señor nos comunica los dones de su Espíritu. Así pues, el actuar del Espíritu Santo y el prodigio realizado por Él en Pentecostés es invocado para que todos los pueblos de la tierra, dispuestos a sus dones, logren superar mediante el amor sus diferencias. Vemos como nuevamente, un tema tan antiguo, se subraya: la unidad. La segunda oración colecta, que nos presenta este primer formulario, destaca mediante la invocación a Dios Padre la función mediadora del Hijo, a quien se pide que encienda los corazones de quienes hemos renacido a una vida nueva con el fuego del Espíritu Santo. Llama la atención que para enfatizar la función mediadora sacerdotal de Cristo, la petición de la oración colecta está redactada en primera persona de plural de modo que el sacerdote se incluye, para expresar que el presidente de la asamblea también es destinatario de los dones del Espíritu y, sobre todo, que es sólo mediante la acción del Hijo que se nos puede conceder el Espíritu, de modo que inunde a su misma Iglesia y ésta, una vez renovada en el amor y confirmada en la unidad, pueda resplandecer como signo e instrumento de salvación, conforme lo expresa la oración sobre las ofrendas.

 

Por su parte en el segundo formulario, el de la misa del día, se nos muestra en la oración colecta que es por medio del misterio de Pentecostés que Dios Padre no sólo santifica a la Iglesia presente en todas las naciones, sino que además concede al mundo entero los dones del Espíritu Santo, expresándose así que es el mismo Espíritu quien guía tanto a sus hijos sacramentales como aquellos que esperan la gracia de la salvación. Es verdaderamente un don para todos, es un don universal. Es este mismo don del Espíritu quien capacita a los fieles en Cristo para construir la unidad cimentada en el caridad a ejemplo de la Iglesia apostólica, como lo afirma la oración colecta; a comprender mejor el misterio de la Eucaristía, a vivir de una manera más profunda del Evangelio, según lo expresa y profesa la oración sobre las ofrendas. Finalmente, en la oración después de la comunión la Iglesia pide a Dios Padre le conceda conservar el don de su amor y la presencia viva del Espíritu Santo, a fin de que pueda obtener la salvación. Ahora bien, dado que la comunidad agradece el haber recibido el Pan de Vida, podemos afirmar que en la Eucaristía tanto se confiere como se robustece esta presencia viva del Espíritu Santo; o bien, podría también referirse a la gracia recibida en el sacramento de la Confirmación que precede a la misma Eucaristía conforme al orden de la Iniciación Cristiana, la cual puede ser conferida dentro de esta misma solemnidad conforme a las necesidades pastorales.[42] Por último, en los textos de la bendición solemne propia de este día se invoca a Dios como Padre de las luces, que ilumina la mente de los discípulos con la luz del Espíritu, para que colme siempre a sus hijos con los dones del Espíritu Santo, el cual, habrá de purificar los corazones de todo pecado y hacerlos perseverar en la fe.

 

 

Eucología mayor[43]

Por su parte, el Prefacio para la Solemnidad es una oración de alabanza que, como todo prefacio, busca suscitar el asombro y el reconocimiento de la comunidad hacia las maravillas que el Señor sigue actuando en favor de su pueblo. En esta oración, dirigida a Dios Padre, se enuncia que justamente en este día, “hoy”, el Señor renueva el prodigio de Pentecostés con el cual llevó a su plenitud el misterio Pascual de su Hijo, enviando al Espíritu Santo. Y este don lo confiere sobre aquellos a quienes adoptó como hijos. Ya en el colofón del prefacio se enuncian los efectos de la presencia vivificadora del Espíritu, es decir, revelar a los pueblos el misterio de Dios y a la vez, ser fuente y origen de la unidad de todos aquellos que profesan una misma fe. Así pues, es el Espíritu Santo quien dispone el corazón del hombre y del cristiano al conocimiento del misterio de Dios por medio de la contemplación del rostro de su Hijo, en quien el Invisible se ha hecho visible; y a la vez, es en y desde el mismo Espíritu que el cristiano y la misma Iglesia es capacitada para ser instrumento de unidad.

 

De los textos de las intercesiones o mementum de las plegarias eucarísticas[44] I, II y III propios de esta celebración, destacamos que el marco celebrativo particular de esta solemnidad lo presenta como un día santísimo -término añadido en las plegaras II y III dentro del nuevo ordinario-. Día en el que la Iglesia ha sido constituida sacramento de unidad para todos los pueblos. Es decir, se nos recuerda la misión que tenemos como Iglesia ante todos los pueblos: El ser signo y presencia de unidad para que así el mundo crea. Por último, cabe mencionar que dentro de la parte anamnética introductoria de la plegaria eucarística IV se habla del envío del Espíritu Santo como primicia para los creyentes a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo. Concluyendo, que ha sido el hecho del envío del Espíritu Santo lo que finalmente a llevado a culmen el misterio pascual.

 

2. La solemnidad de Pentecostés en la Liturgia de las Horas[45]

La celebración de las primeras Vísperas, desde distintas expresiones, es una continua súplica al Señor, sobre todo en la antífona del cántico evangélico y las preces, de que envíe su Santo Espíritu ya que es Él quien no sólo renueva la faz de la tierra, pues además conduce a los hombres a la salvación y a la vida eterna, disipa las tinieblas del mundo con su luz, fecunda al mundo con el agua viva para que éste se vea libre de todo mal. Llama la atención cómo el Espíritu es presentado a través de las figuras de la luz que irradia de Él mismo y el agua viva que brota del costado de Cristo. La lectura breve, tomada de la carta a los Romanos, recuerda a los cristianos que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús, habita en nosotros, cuya presencia vivificará nuestros cuerpo mortales. El Espíritu es presencia y principio de Vida. La oración conclusiva, por su parte, enmarca el contexto de esta celebración como parte de la cincuentena pascual durante la cual, se ha prolongado la celebración del misterio pascual del Señor, dado que es un “gran domingo”. En dicha oración se pide que lleve a la unidad en el amor a todas las naciones de la tierra y que sea desde la diversidad de las lenguas, se dé la unidad para proclamar unánimemente la gloria de su nombre.

 

Por su parte, la celebración de Laudes, como corresponde a su misma naturaleza, invita a la Iglesia a la oración de alabanza a Dios Espíritu Santo, pues Él llena el universo, como lo expresa el invitatorio del día. En el himno se señala que “hoy” es el día en que desciende el Espíritu trayendo su fuego para que haga de los hijos de Dios, un pueblo martirial en el sentido de que todos sean testigos del Resucitado. Ciertamente, para recibir el Espíritu se hace necesaria la obediencia al Padre, pues sin está no les será conferido el Espíritu, nos lo recuerda la lectura breve tomada de los Hechos de los Apóstoles. Así pues, se destaca el tema de la docilidad al Espíritu -la obediencia- necesaria en todo creyente para poder recibir el don del mismo Espíritu. La oración de las preces inicia recordando a la asamblea, reunida para la celebración, que es el Espíritu santo quien la congrega. Él es fuente de la vida, luz que ilumina la fe, aquel que guía hacia el conocimiento de la verdad y quien capacita al creyente para ser testigo fiel. Se termina la celebración con la oración conclusiva, invocando a Dios que por el misterio de Pentecostés santifica a la Iglesia, pidiéndole no sólo que envíe sino que derrame los dones del Espíritu Santo, es decir, que los dé con abundancia, y que así cómo obró maravillas en el comienzo de la vida de la Iglesia, las siga realizando ahora en los corazones de sus fieles.

 

Finalmente, la celebración de las Vísperas, hace hincapié en el tarea principal de quienes han recibido el Espíritu: Ser instrumentos de unidad, pues la lectura breve, tomada de la Carta a los Efesios recuerda a la Iglesia el esfuerzo sostenido en el que ha de vivir para mantener la unidad; además, en las preces se reiterará este tema pidiendo que la Iglesia sea una, de modo que los que crean en Cristo sean un solo corazón y una sola alma. La antífona del cántico evangélico recuerda la denominación primera de la cincuentena pascual al llamarle días de Pentecostés, ciertamente enfatiza el día culmen en el que el Espíritu Santo nuevamente se ha aparecido a los discípulos, a quienes ha enriquecido con sus dones para ser enviados a predicar por todo el mundo. Tema y tarea muy actual, no sólo para la Iglesia de América Latina y el Caribe sino para la Iglesia Universal: el ser discípulo y misionero. La oración conclusiva se presenta como en la celebración de Laudes.

 

 

  IV.    Conclusiones

La cincuentena pascual o días de Pentecostés es un tiempo verdaderamente “fuerte”, pues es una auténtica oportunidad de renovación en el Espíritu, tiempo para la oración y la alegría, para la liberación y el encuentro. Es ocasión para impregnar nuestra vida de una existencia pascual desde la unión con el Resucitado, pues a través de este vínculo es como se nos da el mejor don que Él ha reservado para quienes lo obedecen: El don de su Espíritu. De modo que la vida personal del cristiano manifieste que la venida del Señor no ha sido en vano, pues ya ha recibido la vida y una vida en abundancia, capaz de irradiar y contagiar luz y vida en su entorno, transformando aquellas realidades que aún no han sido tocadas por la vida que brota del mismo Espíritu; siendo aquel, junto con toda la comunidad de los fieles en Cristo, el germen de una nueva humanidad. Es tiempo de la alegría que anima e invita a comunicar a los demás el gozo de vivir en unión con el Resucitado. Podemos decir que el tiempo pascual es como un ensayo o una verdadera pregustación de lo que ha de ser la vida eterna. Además, la cincuentena pascual es tiempo en el que se vive una triple Pascua: la del Resucitado, la del Paráclito y la de la Iglesia. El Resucitado, porque pasa de la muerte a la Nueva Vida que nunca termina pasando de este mundo a la Casa del Padre; la del Espíritu Santo, porque sin dejar las moradas eternas pasa a tomar posesión de los corazones de aquellos que se han dispuesto a recibirlo y así, conducirlos al conocimiento de la Verdad; y de la Iglesia, porque una vez que ha recibido el Espíritu pasa a recuperar y renovar el dinamismo misionero que le lleva a dar un auténtico testimonio de vida y luz.

 

Es por ello, muy conveniente y recomendable, que busquemos aquellas formas y expresiones de vida litúrgica y aquellas de la religiosidad popular que nos ayuden a vivir la cincuentena pascual. Entre ellas, recomendamos:

  1. Que se promueva de manera más intensa, tanto la recepción de los sacramentos de la Iniciación cristiana durante este tiempo, como la vida de oración ya sea de manera personal como comunitaria o familiar; pues ello, dispondrá a vivir en docilidad al Espíritu.
  2. Al ser la cincuentena pascual tiempo de luz y de vida, se ha de procurar que nuestras iglesias resplandezcan por su adecuada iluminación y esmerada limpieza, lo cual ha de ser siempre; además, aquello que veamos, escuchemos y degustemos en las celebraciones litúrgicas comuniquen vida.
  3. Que los signos recibidos durante la vigilia pascual, como el agua y cirio benditos, no se conviertan en “recuerdos pascuales” que se guardan en un baúl o se extraen de él en los momentos de necesidad o calamidad. Es recomendable, se intensifique la vida de oración en familia durante la cincuentena pascual, durante la cual el cirio es encendido por el padre o la madre de familia.
  4. Que durante este tiempo se entronice en un lugar privilegiado, sea en el templo o en el hogar, la imagen de Jesús resucitado como expresión de adhesión a Él.
  5. Durante los días, que median entre las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, vivir el adviento del Espíritu promoviendo aquellas actitudes que bien dispongan a celebrar la fiesta del Espíritu del Amor. Durante estos días, se puede promover, mediante la lectura y la oración en común, el conocer y pedir los distintos dones del Espíritu culminando con la Vigilia de Pentecostés, la cual ha de ser más promovida, conocida y celebrada.
  6. Que el fruto principal de la celebración del tiempo de pascual o de Pentecostés, sea un compromiso renovado hacia el ejercicio de la caridad recuperando aquellas formas de la pastoral social ya existentes en la vida comunitaria e innovando aquellas que favorecerán la vida de aquellos que no se sienten o se descubren como parte de la comunidad. De tal manera, que se manifieste verdaderamente que se han recibido los dones del Espíritu del Amor y se es instrumento eficaz de unidad.

  

 

 

 

 

 



[1] Recordemos cómo en la antigüedad este tiempo era considerado como un gran domingo caracterizado por la alegría pascual, según lo atestiguan Ireneo de Lyón y Tertuliano. Lamentablemente los domingos que lo integran, hacia finales del primer milenio, comenzaron a ser llamados domingos post pascua. Lo cual, influyó en gran manera para que fueran perdiendo la unidad que presentaba dicho tiempo. Ésta fue restituida por la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, al dar a estos domingos el nombre de “domingos de pascua” II, III, IV… de modo que se expresa ahora que forman parte de una sucesión que es parte de un todo.

[2] La Iglesia nos comunica esta verdad sobre el misterio pascual cuando celebra la Eucaristía con la plegaria eucarística III, al orar diciendo: “Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo…”, (Cfr. CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 390).

[3] Hch 1,3; 2,1.

[4] A. Nocent, “Il tempo pasquale”, en: A. Chupungo (ed.), Il anno liturgico. Storia, teologia e celebrazione, Marietti, Genova - Milano, 20023, 135-136, (Anámnesis. Introduzione storico-teologia alla liturgia 6).

[5] J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Centre de Pastoral litúrgica, Barcelona, 19962, 211, (Biblioteca Litúrgica 1).

[6] A. G. Martimort, La Iglesia en Oración, Herder, Barcelona, 19924, 945-946.

[7] [7] A. Nocent, “Il tempo pasquale”, en: A. Chupungo (ed.), Il anno liturgico. Storia, teologia e celebrazione, Marietti, Genova - Milano, 20023, 134-136, (Anámnesis. Introduzione storico-teologia alla liturgia 6).

[8] San Leon Magno, Sermo 73,4; CCL 138A.

[9] San Agustín de Hipona, Sermo 262, 3; PL 38, col. 1208.

[10] San Juan Crisóstomo, Sermón para la Ascensión; PG 50, col. 441-452.

[11] A. G. Martimort, La Iglesia en Oración, Herder, Barcelona, 19924, 946.

[12] Idem.

[13] Juan Casiano, Colaciones, 21,29-20; SCh 64, 94-95.

[14] Cfr. J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Centre de Pastoral litúrgica, Barcelona, 19962, 212, (Biblioteca Litúrgica 1).

[15] Ve 169-186.

[16] Ge 572-585.

[17] GrH 497-503.

[18] A. Nocent, “Il tempo pasquale”, en: A. Chupungo (ed.), Il anno liturgico. Storia, teologia e celebrazione, Marietti, Genova - Milano, 20023, 136, (Anámnesis. Introduzione storico-teologia alla liturgia 6).

[19] J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Centre de Pastoral litúrgica, Barcelona, 19962, 212, (Biblioteca Litúrgica 1).

[20] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 215.

[21] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 417.

[22] Idem. 316-317.

[23] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 371, 383, 393.

[24] CEM, Liturgia de las Horas II, Buena Prensa, México, 199413, 920-942.

[25] Melitón de Sardes, Sobre la Pascua, SCh 123,65.

[26] Tertuliano, Sobre el ayuno, 14,2; CCL 2, 1273.

[27] Ex 34,22; Lv 23,15.

[28] Jn 16.7.

[29] A. Nocent, “Il tempo pasquale”, en: A. Chupungo (ed.), Il anno liturgico. Storia, teologia e celebrazione, Marietti, Genova - Milano, 20023, 139-140, (Anámnesis. Introduzione storico-teologia alla liturgia 6).

[30] Ve 187-214.

[31] Ge 618-651.

[32] Ve 200-209.

[33] Ge 624-636.

[34] Ge 637-645.

[35] Idem. 637.

[36] Idem. 638.

[37] Idem. 641.

[38] Idem. 646-651.

[39] GrH 507-519.

[40] J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Centre de Pastoral litúrgica, Barcelona, 19962, 213, (Biblioteca Litúrgica 1).

[41] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 223-227.

 

[42] RICA, 58-59.

[43] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 226.

[44] CEM, Misal Romano, Buena Prensa, México, 200514, 371, 383, 393.

[45] CEM, Liturgia de las Horas II, Buena Prensa, México, 199413, 1033-1055.

 

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