Encuentros Nals.

| ORIGEN, SIGNIFICADO Y EVOLUCIÓN DE PENTECOSTÉS O TIEMPO PASCUAL |
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| Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez |
| Miércoles, 19 de Enero de 2011 12:41 |
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DE ESTUDIO Y ORACIÓN DE SOMELIT
CUARTA RELACIÓN RELACIÓN: ORIGEN, SIGNIFICADO Y EVOLUCIÓN DE PENTECOSTÉS O TIEMPO PASCUAL
P. Antonio Ramírez M. San Juan de los Lagos, Jal.
Introducción El domingo de resurrección abre un período de cincuenta días, llamado originariamente Pentecostés, y luego tiempo pascual, cuando el término de Pentecostés se reservó para el día quincuagésimo[1].
En las Normas Universales sobre el Año Litúrgico, la Iglesia ha querido poner de relieve esta dimensión antigua de la cincuentena pascual: “Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un sólo y único día festivo, más aún, como un gran domingo (Atanasio, Ep. Fest. 1: PG 26, 1366). Los domingos de este tiempo son tenidos como domingos de Pascua... Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la Octava de Pascua y se celebran como solemnidades del Señor” (nn. 22-24).
En la presente relación nos proponemos: “profundizar en el origen, significado y evolución de Pentecostés o Tiempo Pascual con el método ver, pensar, actuar y celebrar, para que lo celebremos, de una manera alegre y festiva, de acuerdo a su significado unitario original”.
Cada quien tratará de responder a las preguntas que a continuación se presentan, luego compartirá sus respuestas con el compañero (a) de lado, finalmente, haremos algunos comentarios conclusivos.
Trataremos ahora de profundizar en el significado, origen y evolución de Pentecostés o Tiempo Pascual.
Para conocer el origen, significado y evolución de Pentecostés o Tiempo Pascual es necesario acudir a la historia. La Pascua del AT inauguraba el Año Litúrgico de Israel, la cual se prolongaba y llegaba a término con otra gran fiesta judía, la fiesta de las semanas o Pentecostés, que junto con la de los Tabernáculos formaban el núcleo de las tres peregrinaciones al templo de Jerusalén que Yahvé exigía cada año de su pueblo. La fiesta de Pentecostés se celebra durante un día (dos en la diáspora) el 6 del mes Siwan, cincuenta días después de Pascua; cierra el ciclo pascual y la tradición rabínica la llama en este sentido, Atseret, “clausura”. En la Biblia, su nombre es Hag ha-qatsir, “fiesta de la recolección” (Ex 23, 16), Hag ha-Shavû´ôt, “fiesta de las semanas” (Ex 34 22; etc.) o también Yo ha-bikkurim “día de las primicias” (Num 28, 26) porque a partir de Pentecostés, comenzaba la ofrenda al templo de las primicias de la recolección. Según la tradición, es la fiesta de la revelación del Sinaí por excelencia, Hah matan Toratenu, “fiesta del don de nuestra Torá”, como la llamaba la liturgia sinagogal, cuando después de la destrucción del templo, en el año 70 d. C., no era posible ya presentar en él las ofrendas, pasó a primer plano otra fiesta: la de la promulgación de la ley en el Sinaí. Este contenido se dedujo de la referencia a la fiesta de la Pascua y de las indicaciones de tiempo que se hacen en Ex 19, 1. Sin embargo su nombre tradicional es el de Fiesta de las semanas (Hag ha-Shavû´ôt) (cfr. Ex 19, 1), que en el AT se traduce por Pentecostés en Tob 2, 1; 2 Mac 12, 22 y en el judaísmo helénico (por ejemplo, Filón, Decálogo 160; Josefo, Ant III, 252). Originalmente fue una fiesta de la cosecha, que se celebraba siete semanas después de comenzada la cosecha (Dt 16, 9s) o “después del sábado” (Lv 23, 15s). En el judaísmo primitivo se calculaban las siete semanas o el quincuagésimo día a partir de la fiesta de Pascua. En los tres pasajes del NT en los que se habla de Pentecostés, se hace referencia a la Fiesta judía de las Semanas. En I Cor 16, 8 Pablo escribe que desea quedarse en Éfeso hasta la fiesta judía designada como Pentecostés; en Hch 20, 16 Pablo dice que desea estar de regreso en Jerusalén, de su tercer viaje misionero, antes de Pentecostés. Según Hch 2, 1, el descenso del Espíritu Santo, acompañado por fenómenos cósmicos y por el milagro de las lenguas extranjeras, sucedió “al cumplirse el día de Pentecostés”. Esta expresión lucana indica que lo que sucedió fue un cumplimiento histórico-salvífico. Se discute si la datación de la escena, descrita con intensos motivos de teofanía, procede originalmente de Lucas o de una tradición anterior a Lucas, pudiéndose suponer que hubo conexión con un acontecimiento histórico que tuviera lugar en Jerusalén, durante la Fiesta judía de las Semanas, después de la resurrección de Cristo[2]. Conclusión: la fiesta de Pentecostés se relaciona con la fiesta de la Pascua por lo que se refiere a su celebración, es decir, a los cincuenta días de la fiesta de Pascua o de los Ázimos.
Apenas entrada la Pascua cristiana en la historia[3], aparece como una fiesta que se prolonga durante cincuenta días. Para los Padres la Pascua, sobre todo “los cincuenta días” o -“Grande Pascua”- constituye una continuata festivitas (fiesta ininterrumpida) y el laetisimum spatium (tiempo de la alegría). Todos los días de dicha cincuentena tenían que celebrarse “con gran alegría”; según Tertuliano constituyen un único día de fiesta (De ieiunio, 14,2; CCL 2, p. 1273), y lo llama así, como ya se ha mencionado, “laetisimum spatium” (De baptismo 19: CC1, 293-294), por eso los cristianos no deben ayunar durante este tiempo ni orar de rodillas (De corona, 3: CC 2, 1043), por su parte san Ireneo asegura que “tiene la misma importancia que el domingo”.
Mientras entre los judíos Pentecostés es una fiesta de la siega y de la conmemoración de la alianza, fijada en el quincuagésimo día después de Pascua, el Pentecostés cristiano es un período de cincuenta días durante el cual cada día tiene el mismo valor e idéntica función. El misterio de la resurrección es celebrado con todos sus armónicos. Es notable que, aunque el texto griego de los Hechos de los apóstoles habla del día de Pentecostés en singular (Hch 2,1), el texto latino, tributario del uso eclesial del siglo IV, lo hace en plural: Dum complerentur dies Pentecostes. Los privilegios del día del Señor se extendieron a la cincuentena pascual: se ora de pie y el ayuno está prohibido. También toda la cincuentena constituye “el mejor tiempo” para conferir el bautismo (Tertuliano, De Baptismo, 19,2; CCL 1, p. 293). Si el domingo es a la vez el día primero y octavo, el “gran domingo” (San Atanasio, Cartas festivas 1, PG 26, 1366), que constituye la Pentecoste se abre con el día de la resurrección y se desarrolla a lo largo de ocho domingos. Es, por lo tanto, una octava de domingos y una “semana de semanas” (San Hilario, lnstructio Psalmorum, CSEL 22, 11). La insistencia en la octava de domingos destaca el carácter escatológico de la cincuentena pascual: “Todo el Pentecostés nos recuerda la resurrección que esperamos en el otro siglo”, declara san Basilio (Tratado del Espíritu Santo, 27, 66).
En un principio la fiesta de Pascua era la fiesta de todo el misterio cristiano: encamación, pasión, resurrección, ascensión, venida del Espíritu Santo. Aquí Pentecostés significa solamente el tiempo pascual y tiene por contenido la Resurrección.
El Pentecostés cristiano apareció hasta la última década del siglo II[4] y originariamente era un periodo indivisible de cincuenta días (Cfr. Hch 2, 1). Si el domingo es “el primer día” y “día octavo”, “el gran domingo” de Pentecostés es una “una octava de domingos” y una “semana de semanas” que hace referencia a la resurrección, con una acentuación escatológica, en que cada día es pascua, ascensión y pentecostés: cada día tiene el mismo valor y la misma función[5]. 3.1.La octava pascual[6]
La Iglesia por influencia judía, prolonga la fiesta de Pascua durante siete días. Fue el origen de la Octava de Pascua. Ésta en un principio acababa el sábado. La octava pascual, la semana in albis (semana de las vestiduras blancas) como se la llama en Roma, nació en el siglo IV del deseo de asegurar a los neófitos una catequesis postbautismal sobre los misterios en que habían comulgado, una catequesis mistagógica; pero, si tenemos en cuenta el uso de Hipona, atraía también a todo el pueblo. Entre los sermones de san Agustín para la octava pascual, algunos están destinados a los infantes, pero otros se dirigen al pueblo. En los primeros el obispo trata de los misterios; en los segundos comenta sin cansarse todos los pasajes evangélicos relativos a la resurrección del Señor, que hace leer cada día en la misa, insistiendo a menudo en la resurrección de los cuerpos, que presenta como algo propio de la fe de los cristianos (San AGUSTlN, Sermo 241, 1; PL 38. col. 1135). En Milán, Hispania y Galia, cada día hay dos misas distintas, la Missa pro baptizatis y la Missa in octava. Con Teodosio la participación cotidiana del pueblo en la celebración se ve facilitada por el hecho de que a partir del 389 la legislación civil considera la octava de Pascua como una semana totalmente festiva como la semana santa.
Después del domingo de resurrección el día más solemne de la octava pascual es el octavo día, el domingo conclusivo. Ese día, los neófitos, después de desprenderse de sus vestidos bancos, toman asiento entre el pueblo. Los sermones de los Padres para este domingo hablan del misterio del “octavo día”, que es una anticipación de la vida eterna, pero están llenos de los últimos consejos que el pastor da a los neófitos que deberán vivir su fe bautismal en el mundo, y también a los fieles que llegaron a la ciudad con motivo de las fiestas y que están a punto de volver a sus ocupaciones cotidianas. El introito de la misa del domingo in albis: Quasi modo geniti infantes, así como todas las alusiones bautismales de las misas de la octava, muestran que la práctica de la Iglesia romana no difería de la de las demás Iglesias de Oriente y Occidente. Por desgracia, no quedan huellas de ninguna catequesis mistagógica romana. Las homilías pronunciadas por san Gregorio Magno a lo largo de la octava pascual no aluden a los recién bautizados. En la que pronunció en Letrán el domingo sobre el Evangelio de Juan (Jn 20,19-31) dirige sus recomendaciones únicamente al pueblo: “Estamos terminando las fiestas pascuales; pero debemos vivir de tal modo que lleguemos a las fiestas eternas” (Homilia 26 habita ad populum in basilica betati Iohannis, quae dicitur Constantiniana, in octava Paschae, 10; PL 76, col. 1202). El Sacramentario gregoriano destaca el hecho de que los neófitos dejaban sus vestiduras blancas el sábado, al llamar al domingo die dominico post albas, pero ese domingo constituye ciertamente el día octavo, como vemos en el Sacramentario gelasiano y en el Evangeliario de mediados del siglo VII.
3.2.La fiesta conclusiva de la cincuentena pascual Era normal que se solemnizara la clausura de la cincuentena pascual con una fiesta que tuviera, como la fiesta judía, el nombre de Pentecostés. Fue sin duda a finales del siglo III cuando se empezó a celebrar así el día quincuagésimo de las fiestas pascuales, que caía necesariamente en domingo. El concilio de Elvira, canon 43, prescribe hacia el año 300 “que todos celebremos el día de Pentecostés”. Algunos años más tarde, poco después del 332, Eusebio de Cesarea vincula a ese día el recuerdo de la Ascensión (De sollemnilate paschali, 3; PG 25, col. 697). Este testimonio podría considerarse aberrante, si no estuviera corroborado por muchos más, entre ellos el de san Máximo de Turín, en pleno siglo V (Homilías 40, 44, 56; CCL 22. p. 161-226), y sobre todo por el de Egeria. Esta relata que en Jerusalén se reunían, la mañana del quincuagésimo día, a la hora tercera, en la basílica de la Santa Sión, y “se lee el texto de los Hechos de los apóstoles donde desciende el Espíritu para que entendiesen todas las lenguas que se hablaban”. Por la tarde, todo el pueblo va a la cumbre del monte de los Olivos, a lnbomon, “esto es, al lugar donde el Señor subió a los cielos”. Allí se lee el relato de la Ascensión según los Hechos de los apóstoles y el evangelio[7].
3.3.Las dos fiestas de Ascensión y de Pentecostés En la época en que Jerusalén celebraba todavía la ascensión del Señor y el envío del Espíritu el último día de la cincuentena pascua la mayoría de las Iglesias honraban por separado ambos misterios en los días sugeridos por los Hechos de los apóstoles.
La Ascensión es considerada ya como una fiesta antigua y universal por san Juan Crisóstomo (Sermón para la Ascensión, PG 50, cols. 441-452). Según san Agustín, se celebraba en todo el mundo y tenía un origen apostólico, como la de Pascua y la de Pentecostés (Sermo 262, 3; PL 38, col. 1208). Más reciente de lo que creían los citados Padres, se extendió en el último cuarto del siglo IV. Quizá san Gregario de Nisa (+391) ejerció alguna influencia en su difusión. En cualquier caso, estaba implantada en Jerusalén hacia 420-430, como atestigua el Leccionario armenio, y, en Roma, san León Magno elaboraba su teología en los dos sermones que le dedica: Christi ascensio nostra provectio est (Tractatus 73, 4; CCL 138 A, p. 453). Incluso hubo que reaccionar para que no se convirtiera en el término de la alegría pascual: “Los diez días que van de la Ascensión a Pentecostés -leemos en Casiano- tienen que celebrarse con la misma solemnidad y alegría que los cuarenta días precedentes” (Tractatus 73, 4; CCL 138 A, p. 453)[8].
El número cuarenta tuvo una repercusión negativa en tanto que con él se contrastaba, como en el reflejo en un espejo, una cuaresma posterior a la pascua con la de la cuaresma previa a ella, y la fiesta, con ello, era algo así como una finalización de la cuaresma. Diversos elementos dramáticos, como la representación de la ascensión de Cristo, especialmente el cirio pascual que se apagaba después del evangelio, lo que también tuvo cabida en el misal de 1570, subrayaban esta impresión, tanto más cuando la fiesta se enriqueció desde el siglo VII con una vigilia propia y desde el siglo XI con una octava[9]. Pentecostés está perfectamente caracterizado como fiesta de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y del arranque misionero de la Iglesia en los sermones de san Agustín y de san León Magno, así como en los de san Gregario de Nisa y san Juan Crisóstomo en Oriente (Sermón para la Ascensión 1; PG 50, col. 441). Al mismo tiempo que conmemora un acontecimiento preciso, la fiesta de Pentecostés constituye a fines del siglo IV, por lo menos en Occidente, una especie de reiteración de la solemnidad pascual por la celebración de la iniciación cristiana para los que no pudieron bautizarse en la noche santa. Testigo de ello es, para Roma, san León Magno, tanto en su predicación como en una carta dirigida a los obispos de Sicilia (Epistola 16 ad universos episcopos per Siciliam constitutos 3; PL 54, col. 699). Por esto, Pentecostés posee una vigilia nocturna, calcada sobre la de Pascua. En el siglo VI, tiene también un ayuno preparatorio el sábado o Témporas del verano (cfr. Sacramentario leoniano o Veronense 192-193), lo cual está en contradicción con la concepción festiva de la pentecoste primitiva. Numerosas iglesias, fieles a la antigua usanza, rechazaron durante mucho tiempo la observancia de este ayuno.
Otra consecuencia del carácter bautismal de la celebración de Pentecostés fue la adición de una octava a la fiesta para la catequesis mistagógica de los neófitos. Pero esta octava festiva coincidía con la reanudación del ayuno interrumpido desde Pascua, el ayuno del cuarto mes (junio), y fue difícil armonizar ambas cosas. La introducción en Galia de tres días de penitencia o rogativas antes de la Ascensión (fines del siglo v), que más tarde se adoptó en la liturgia romana (principios del siglo IX), acabó de romper la unidad de la cincuentena de la alegría, en la que no se ayuna y se ora de pie[10].
Vistas así las cosas, el sentido unitario de Pentecostés se ha debilitado, ahora prevalece y se arraiga un doble sentido de esta fiesta. Es como un reflejo de Pascua por el uso de administrar el bautismo y la celebración de una vigilia de oración. Es también la fiesta del Espíritu Santo, aniversario, de su venida sobre los apóstoles. A partir del siglo VII, prevalecerá esta teología y se le ha asignado, como ya se ha dicho, una octava como réplica a la semana pascual. Así, el descenso del Espíritu aunque durante mucho tiempo se puso en relación con la ascensión al cielo ya no se asocia a la muerte y resurrección del Señor. Los textos añadidos en la Edad Media (dos aleluyas, secuencia[11]) se dirigen al Espíritu Santo como receptor, lo que constituye no sólo una transformación general de la oración litúrgica, sino también un indicio de que Pentecostés se había convertido en la fiesta del Espíritu Santo. Los textos de la liturgia romana que se prolongaban durante la octava de Pentecostés, como meditación del misterio del Espíritu Santo, daban un esplendor espiritual a esta fiesta que parecía así desembocar todavía en otra fiesta de total plenitud divina: la solemnidad, de origen medieval, de la Santísima Trinidad[12].
Haciendo un juicio sobre la disolución de la cincuentena y su configuración actual, se puede decir brevemente lo siguiente. Hasta finales del siglo IV el periodo de la cincuentena permanece como un bloque unitario, en el que se prolonga la alegría pascual y en el que se celebra el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte. Sin embargo, ya a finales del siglo IV, vemos aparecer los primeros síntomas de una fragmentación que irá creciendo progresivamente hasta romper del todo la unidad original del laetisimum spatium. Es evidente, por otra parte, que en este proceso de fragmentación, que afecta a la totalidad del año litúrgico, es sobre todo fruto de una mayor sensibilidad histórica, alejada cada vez más de una concepción mistérico-sacramental de la fiesta, es decir, de una visión unitaria y sacramental del misterio de la glorificación del Señor, inspirada en el evangelio de Juan, se pasa a una visión más histórica y fragmentaria que se inspira, a su vez en los Hechos de los Apóstoles, a este respecto dirá Daniélou citando a Odo Casel, el aspecto histórico tiende a sobreponerse al aspecto teológico. Todo este proceso de fragmentación o historización es el resultado de un cúmulo impresionante de circunstancias. Entre ellas, el ir y venir de peregrinos a los santos lugares de Tierra Santa. Ello supuso un permanente trasvase de usos litúrgicos, introducidos en Jerusalén por evidentes razones topográficas y por la peculiar situación de la Ciudad Santa, e implantados posteriormente en las Iglesias de Occidente por presión de los peregrinos, y sobre todo por el indiscutible prestigio de la Iglesia madre de Jerusalén. A lo cual se añade, en esta misma época, la necesidad de multiplicar las fiestas cristianas para sustituir las fiestas paganas, así como el interés por solemnizar los dogmas definidos en los concilios contra los herejes. La estructura de la cincuentena pascual ha permanecido prácticamente invariable desde finales del siglo V. después del largo proceso de fragmentación y rota la unidad inicial del laetisimum spatium, este periodo de tiempo ha terminado llamándose “tiempo pascual” y con la palabra Pentecostés ha sido denominado únicamente el día “cincuenta”. La nueva liturgia, aparentemente, no ha cambiado la estructura del tiempo pascual. La denominación sigue siendo la misma[13]. Sin embargo, la octava del día de la ascensión se suprimió en el año 1956; el nuevo ordo de 1969 suprimió el “tiempo después de la ascensión” introducido en el Codex Rubricarum sólo en 1960, pero fue inconsecuente en tanto que entre la Ascensión y Pentecostés se dispuso una novena de Pentecostés que imprimía un sello a la forma de las misas de día laborable: “los días de la semana después de la ascensión de Cristo hasta el sábado antes de Pentecostés preparan para el descenso del Espíritu Santo”[14]. Por el contrario, con la supresión de la vigilia y la octava de Pentecostés vuelve a manifestarse claramente que éste se considera la conclusión de la pentekosté pascual[15].
Después haber profundizado en el origen, significado y evolución Pentecostés o Tiempo Pascual, sólo nos queda una tarea por realizar, no quedarnos con un cúmulo de información que nos llevamos a la práctica. Para que esto no suceda, tratemos de responder a lo siguiente.
- ¿Cómo debemos celebrar este periodo litúrgico de acuerdo a su significado original?
- ¿Con qué enfoque debemos celebrar las solemnidades de la Ascensión del Señor y el Domingo de Pentecostés?
- ¿Qué deberíamos de hacer para destacar y proyectar el carácter alegre y festivo (“laetisimum spatium”) del Tiempo pascual?
- El misterio Pascual de Cristo es un misterio de unidad, de armonía que ilumina al hombre postmoderno que muchas veces lleva una vida fragmentada, invita a gustar la paz después de tanta agitación, de hacer un alto después de tanto frenesí, ¿no crees que nos hacen falta espacios y tiempos de serenidad y de paz, de equilibrio psicológico y armonía? ¿Qué espacios y tiempos pudiéramos dedicar en la vida familiar y parroquial?
Terminemos nuestro tema proclamando juntos el prefacio I de Pascua, que lleva por título: El Misterio Pascual.
“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y fuente de salvación glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este tiempo, en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado.
Porque Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida.
Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero de desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles cantan sin cesar el himno de tu gloria”.
[1] Cfr. P. Jounel, «El ciclo Pascual», en La Iglesia en oración. Introducción a la liturgia, Nueva edición actualizada y aumentada, Dir. A. G. Martimort, (Sección de liturgia 58), Herder, Barcelona 1992, 942; J. Bellavista, «
[2] Cfr. Kurt Hruby, «Fiestas Judías», en Diccionario de las religiones, Dir. Paul Poupard, Herder, Barcelona 1987, reimpresión 1997, 630-631; A. Weiser, «Pentecosté, és, é», en Diccionario exegético del Nuevo Testamento II, (l-w), Horst Balz-Gerhard Schneider, (Biblioteca de estudios bíblicos 91), Sígueme, Salamanca 2002, 880-881. [3] Cfr. Jounel, «El ciclo Pascual», 942-943; Stefano Rosso, Il segno del tempo nella liturgia. Anno Liturgico e Liturgia delle Ore, ELLEDICI, Torino 2020, 272-275; José Manuel Bernal, Para vivir la celebración. Bases para una comprensión de la liturgia, evd, Navarra 2010, 238-239; Jean Daniélou, Sacramentos y culto según los Santos Padres, (Libros del monograma) Guadarrama, Madrid 21964, 365. La obra de Daniélou, es un buen comentario patrístico respecto al tema de Pentecostés (cfr. capítulo XIX, 365-381), en donde hace referencia a comentarios de Gregorio de Nacianzo, Filón de Alejandría, Orígenes, Cirilo de Alejandría, Clemente de Alejandría, San Basilio, San Atanasio, San Agustín. [4] Cfr. Bernal, Para vivir la celebración. Bases para una comprensión de la liturgia, 238. [5] Cfr. Rosso, Il segno del tempo nella liturgia. Anno Liturgico e Liturgia delle Ore, 273. [6] Cfr. Jounel, «El ciclo Pascual», 944-945; Bellavista, « [7]Cfr. Eteria, Itinerario, (Padres apostólicos 11), Parroquial, México, XLIII. [8] Cfr. Jounel, «El ciclo Pascual», 945-946. [9] Cfr. Michael Kunzler, La liturgia de la iglesia, (Sección quinta, La iglesia X), EDICEP C B, Valencia 1999, 619. [10] Cfr. Jounel, «El ciclo Pascual», 946-947. [11] Uno de los legados más preciosos de la Edad Media para la fiesta de Pentecostés es la secuencia de oro “Veni, Sancte Spiritus”, compuesta por el arzobispo de Canterbury Esteban Langton (+1228), una magnífica oración teológica (cfr. Jesús Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, (Biblioteca litúrgica 1), CPL, Barcelona1994, 212-113). Un comentario muy bueno a esta secuencia es la reciente obra del P. Raniero Cantalamesa. [12] Cfr. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, 113; Kunzler, La liturgia de la iglesia, 619. [13] Cfr. Bernal, Para vivir la celebración. Bases para una comprensión de la liturgia, 239-241; Daniélou, 366. [14] Cfr. Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario, 26. [15] Cfr. Kunzler, La liturgia de la iglesia, 620.
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XXXI SEMANA LITÚRGICA




