Encuentros Nals.

| El Tiempo de Pascua: Tiempo del Espíritu |
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| Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez | |
| Miércoles, 19 de Enero de 2011 12:31 | |
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XXXI Semana Litúrgica de Estudio y Oración (Del 10 al 13 de Enero del 2011)
“El Año Litúrgico (VI)” “La Celebración de la Pascua (2)”
El Tiempo de Pascua: Tiempo del Espíritu
Pbro. Lic Fco. Javier Montes Ramírez Arquidiócesis de Tijuana
Casa Pastoral “Juan Pablo II” San Juan de los Lagos, Jal. introducción
I. EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA IGLESIA
1. El Espíritu Santo: Alma de la Iglesia[1] La tradición cristiana nos ha transmitido una fórmula especialmente evocadora de esta influencia constante y universal del Espíritu Santo, designándole como el “Alma de la Iglesia”. El genio de San Agustín se había servido ya de esta fórmula para hacer ver cómo el mismo Espíritu puede producir infinita variedad de gracias y carismas en la Iglesia, igual que el alma humana, una en su esencia, realiza operaciones multiformes según las diversas facultades que pone en juego: ve por los ojos, oye por los oídos, trabaja por medio de las manos, camina con ayuda de los pies. Esto mismo sucede con las múltiples actividades del cuerpo místico de Cristo, bajo la animadora influencia del Espíritu Santo. León XIII declara: “Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es el alma” (“Hoc affirmare sufficiat quod cum Christus caput sit Ecclesiae, Spiritus Sanctus sit eius anima”)[2] El Espíritu Santo, Ser Increado, Acto puro, no puede hacer el papel de “alma”, de “forma”, de principio vital más que en sentido analógico, de una trascendencia infinita. “Él es quien, insuflando la vida sobrenatural en todas las partes del cuerpo, debe ser considerado como el Principio de toda acción vital y verdaderamente salvadora… Él es, también quien, dando cada día a su Iglesia, bajo el soplo de la gracia nuevos crecimientos, rehúsa empero habitar con su gracia santificante en los miembros totalmente separados del Cuerpo”[3]. Es preciso ir más lejos y hablar no solamente de Presencia del Espíritu Santo en una imagen representativa, sino de una verdadera Presencia física de la divina en las creaturas, en lo más intimo de su ser de naturaleza o de gracia, trae consigo a lo mas recóndito de ellas mismas la Presencia real, personal y substancial; de Dios, por contacto creador. El más diminuto grano de arena, el menor átomo que brota a la existencia o es mantenida fuera de la nada, evoca la Presencia todopoderosa del Ser infinito, Fuerza creadora y conservadora de todos los seres del universo. “Necesse est ut ubicumque est aliquis effectus Dei” (“Es tan necesario que donde quiera que exista algo ahí está el efecto de Dios, porque es el mismo Dios quien lo realiza”). La luz de Dios en los espíritus presupone la acción iluminadora y la Presencia del Verbo; el menor acto de caridad requiere la moción directa y la presencia personal del Espíritu Santo. El apóstol San Pablo lo afirma con sus palabras, que es necesario entender con todo el realismo de la fe: “¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (I Cor 3, 16)[4].
2. Algunas Perspectivas del Catecismo de la Iglesia Católica a nivel bíblico–Teológico[5]
El Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, es de algún modo inaprehensible; por ello su obra, que impregna el universo y la historia, es descrita en la Escritura con el lenguaje de los símbolos. Son símbolos que se revelan ya en el Antiguo Testamento, pero cuyo significado pleno se nos ofrece en el misterio de Cristo y de la Iglesia, hacia el que convergen.
El Catecismo de la Iglesia Católica (Cfr. CCE 694‒701) ofrece una estupenda teología pneumatológica y litúrgica a partir de sus símbolos:
II. EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA LITURGIA
3. La Liturgia perpetúa Pentecostés La Liturgia es llamada «el sacramento del Espíritu» porque, como en el día de Pentecostés, llena de sí mismo todas las acciones litúrgicas. Precisamente, por esta previa presencia del Espíritu, la Liturgia viene a ser el lugar donde es ofrecido Cristo. El Espíritu Santo impregna toda la liturgia de la Iglesia que es santificación y culto en el Espíritu Santo (LG 50.51). En efecto, el Padre, por Cristo, infunde en nosotros el Espíritu que es comunión de verdad y de vida que brota de la fuente trinitaria; en el Espíritu, por Cristo, llega al Padre la respuesta de la fe, la oración, la ofrenda del sacrificio. Por tanto, está claro que en el doble movimiento, esencial para la salvación y la liturgia, la santificación y el culto son obra del Espíritu.
Toda la liturgia de la palabra está penetrada por la acción del Espíritu Santo. Aquel que inspiró las escrituras está presente en quienes proclaman la palabra y en quienes la hacen actual en la Iglesia, en la medida en la que se dejan guiar por el Espíritu de la verdad y del amor. El Espíritu Santo también actúa en quienes escuchan con amor, y es intérprete de las Escrituras, Maestro interior de los fieles.
El está presente en todos los sacramentos de la Iglesia. No hay acción santificadora sin la intervención de aquel que es el Todo Santo (“Panaghion”, en griego) y el Santificador. Por tanto debemos descubrir su acción allí donde la liturgia eucarística y sacramental, y también la de la palabra y de la oración, se convierte en el espacio de la santificación, la comunión de la verdad y de la vida de Dios, en la comunión del Espíritu Santo.
Lo mismo se puede afirmar del movimiento cultual. La confesión de fe, la aceptación de la palabra, la alabanza y la intercesión, el arrepentimiento y la ofrenda, el sacrificio espiritual de la libre adhesión a la voluntad de Dios y de su cumplimiento sólo pueden vivirse de manera adecuada bajo la acción del Espíritu Santo. La oración sólo tiene valor, y es agradable a Dios y eficaz, porque es obra del Espíritu Santo[6]. Todos los misterios de la vida de Cristo, y especialmente su Misterio Pascual pero se puede decir toda la historia, desde la creación hasta la segunda venida de Cristo, llegan a ser para el creyente actuales y eficaces en la liturgia. El Espíritu Santo operante en el «tiempo de la Iglesia» (llamado también «tiempo del Espíritu») es el que hace a Cristo nuevamente vivo en medio de los suyos. Con la llamada epíclesis, la Iglesia invoca la presencia del Espíritu en la liturgia para que se ritualicen los misterios de la salvación. Esto se realiza durante la acción litúrgica cuando el sacerdote, a través de esta súplica (epíclesis), invoca al Padre para que envíe su Espíritu y haga presente, en los signos y en las palabras, a Cristo y sus acciones salvíficas (los sacramentos), para la gloria de Dios y la santificación de los hombres. «Presta atención –afirma San Ambrosio– que es Dios quien da el Espíritu Santo. No se trata de una obra humana: el Espíritu no viene dado por un hombre, sino que es invocado por el sacerdote y transmitido por Dios, y en eso consiste el don de Dios y el ministerio del sacerdote» (El Espíritu Santo, 1, 90). Cristo, después de su paso al Padre, retorna y está presente en el Espíritu, por el cual la presencia de Cristo en la liturgia está ligada a la potencia de la epíclesis, siempre escuchada por el Padre. Esto sucede de modo particular en la Eucaristía; pero toda la liturgia y los mismos sacramentos existen y actúan sólo bajo el signo y la eficacia de la epíclesis, que hace de la liturgia un Pentecostés perenne. 4. El Espíritu, en la liturgia, hace presente el pasado Con gran precisión terminológica el Catecismo afirma: «La liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único misterio» (CEC 1104). En toda celebración la Iglesia ora pidiendo la venida del Espíritu, don del Padre, para hacer actual el misterio de Cristo, su presencia, su gracia. He aquí por qué, en las fiestas de Navidad, se puede cantar en verdad y no ficticiamente: «Hoy Cristo ha nacido», porque, como dice San León Magno (461), «Todo lo que era visible en Cristo ha pasado a los sacramentos de la Iglesia [en la liturgia» (Sermones, LXXIV, 2). Ahora bien, en el lenguaje teológico, celebrar el pasado haciéndolo presente a través de la acción del Espíritu, es llamado anámnesis, que significa «recuerdo». Sólo que el Espíritu en la liturgia no se limita a «recordar» con la Palabra de Dios a la asamblea lo que Cristo ha hecho por el pueblo, sino que lo hace actualmente presente en la celebración. Por la fuerza vivificante del Espíritu, la memoria de la Pasión y de la Pascua de Cristo no representan simplemente un recuerdo piadoso y una inmersión en el pasado: la realidad del pasado y la anticipación del futuro llegan a ser «anámnesis», «memorias», es decir, representación viva y real, vivida en el presente de la historia. El creyente «hoy», por el Espíritu, está proyectado hacia el punto de encuentro del tiempo con la eternidad y llega a ser contemporáneo de los misterios de la salvación. 5. El Espíritu, en la liturgia, hace pregustar el futuro Los hermanos ortodoxos definen la liturgia como el «cielo en la tierra». Ella, efectivamente, no es otra cosa que un «icono» de la liturgia celestial celebrada por el Sumo y Eterno Sacerdote, Cristo el Señor (cf. Carta a los Hebreos). La anámnesis, por tanto, no es sólo celebración recuerdo de las realidades pasadas, sino también de los acontecimientos futuros, es decir, del Reino de Dios que viene: «El poder transformador del Espíritu Santo en la liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del misterio de la salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa» (CEC 1107). Por esto, la liturgia es signo prefigurado que indica, en el futuro del Reino de Dios, el término último de la salvación. 6. El Espíritu, en la liturgia, reúne a los fieles en la unidad La liturgia, especialmente la Eucaristía, es la sinos, es decir, la asamblea de los fieles, los cuales, antes dispersos y desunidos, se reúnen como los apóstoles en Pentecostés «todos juntos en un mismo lugar» (Hech 2,1). El «reunir juntos en la unidad», es decir, en la Iglesia (asamblea, pueblo reunido), es obra del Padre y se realiza haciéndose Cuerpo de Cristo, pero es el Espíritu el que amalgama en unidad al pueblo disperso porque, comunicándose personalmente a cada uno, transforma a muchos en Cuerpo vivo de Cristo. El es, así, el creador del Pueblo de Dios, el Pueblo del nuevo y perpetuo culto al Padre, Templo vivo y lugar por excelencia de la glorificación de la Trinidad: «Nosotros rendimos culto movidos por el Espíritu de Dios», afirma San Pablo (Fil 3,3). «La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El mismo Espíritu es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf. Jn 15,117; Gal 5,22). En la liturgia se actúa la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El, el Espíritu de comunión, permanece indefectiblemente en la Iglesia y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna» (CEC 1108). Terminada la celebración litúrgica no se agota la obra del Espíritu. Él fecunda la vida de los fieles para que, como sarmientos unidos a la vid, produzcan frutos en abundancia, hace que vivan en el culto de la existencia cotidiana el sacerdocio real y el culto espiritual. El Espíritu Santo, finalmente prolonga la presencia viva de Cristo en los fieles, los transforma a imagen del Primogénito. Múltiple es la invocación del Espíritu para una presencia viva y activa que prolonga en la vida la existencia cultual y amplía la comunión para convertirla en misión. En efecto, él impulsa a los fieles, alimentados con los sacramentos pascuales, a estar llenos de solicitud por la unidad de la Iglesia y por su misión en el mundo, con el testimonio y el servicio de la caridad (Cfr. CCE 1109). 7. El Espíritu, en la liturgia, vivifica la Palabra La Palabra de Dios, leída y escuchada en la liturgia, posee una particular vitalidad y una eficacia real. Ella se hace viva por el Espíritu como si en aquel mismo momento fuese pronunciada por el Señor, por quien, solicitando la fe del cristiano, lo invita a responder con la propia vida. La Palabra no podría ser acogida por los fieles sin la acción del Espíritu Santo, porque Él es la acogida de la Palabra en su corazón: «El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración... El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la muestra de fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad» (CEC 1101-1102). La liturgia de la palabra como forma culminante de la proclamación y escucha de la Palabra en la Iglesia ‒catequesis bíblica, profundización eclesial‒ es un momento fuerte de la acción del Espíritu. En efecto, esta palabra inspirada por el Espíritu Santo, es también proclamada y explicada por ese celestial maestro y exegeta del Escritura en la Iglesia, según la promesa del Señor (Jn 16, 13). Todas las afirmaciones hechas por el Vaticano II en la Dei Verbum acerca del influjo del Espíritu en la predicación de la Palabra de Dios, tienen su adecuada aplicación en la liturgia de la Palabra, donde la asamblea es fecundada por la semilla de la verdad y por la acción del Espíritu Santo que actúa a través del ministerio de la Iglesia. Así se realiza la proclamación de la palabra con firme confianza y tiene lugar la escucha en religiosos silencio (Cfr. DV 1). Por medio del Espíritu Santo la viva voz del Evangelio resuena en la Iglesia, una Iglesia que cree y que ora (DV 8), y la comprensión de las Escrituras progresa bajo la acción del Espíritu Santo, sea por medio de la predicación de los legítimos pastores, sea también por el estudio, la meditación y la profunda experiencia espiritual de la Escritura (DV 8).El modelo de esa Iglesia que escucha la palabra es siempre María[7]. En las palabras de los profetas y de los apóstoles resuena la voz del Espíritu Santo (DV 21). Por tanto, se puede hablar de una epíclesis constante ‒invocación y venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia‒ en el momento en que en actitud de fe viva los que proclaman y escuchan, los que explican las Escrituras, se sienten en sinergia con el Espíritu, exegeta de la Escritura pero también aquel que suscita la adhesión religiosa de fe. Un documento ecuménico resume así esa perspectiva doctrina litúrgica: el Espíritu está presente y viene dado en el anuncio, la escucha y la participación de la Palabra de Dios. Dicho anuncio comporta la lectura pública de la Escritura y la predicación basada en la Escritura. Es en la invocación del Espíritu Santo donde el ministerio de la Palabra tiene que ser ejercido y recibido. Por ello una oración de epíclesis tiene su puesto litúrgico antes de la lectura y de la predicación[8] El Espíritu Santo prepara los corazones para encontrar al Señor, y lo hace con la memoria y la actualización de la palabra de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Él nos ayuda a comprenderla, a interpretarla a la luz del misterio de Cristo. Hace a la Iglesia capaz de reconocer sus raíces en el culto del pueblo de Israel, y recorre en el año litúrgico la memoria de las maravillas de Dios que tienen lugar en la encarnación y la obra de nuestra redención (Cfr. CCE 1093-1096). Pero hay una actualización de esa acción admirable en la liturgia de la nueva alianza, realizada en el Espíritu Santo, espíritu de comunión entre Cristo y la Iglesia; Espíritu Santo que unifica las diversidades en la unidad de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica: «En la liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la “comunión del Espíritu Santo” que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales» (Cfr. CCE 1097). Lo hace en toda acción litúrgica, en toda asamblea, en todas las asambleas esparcidas por el mundo[9]. La liturgia de la Palabra es, por tanto, el espacio de la revelación del Espíritu, precursor y evangelista supremo del Misterio Pascual de Cristo. En el Espíritu se proclama y se escucha la palabra, se explica y se asimila. III. Puntos de Reflexión Teológica 8. La multiforme gracia del Espíritu en las acciones litúrgicas[10]
Las funciones del Espíritu Santo son muchas, es multiforme su gracia en las acciones litúrgicas; no las realiza él solo, sino junto con Cristo y en su Cuerpo que es la Iglesia.
En vinculación con la Iglesia‒asamblea y con cada uno de los fieles en que se realiza su obra, el Espíritu es el lugar, el tiempo y el espacio, el ambiente donde se hace presente el misterio de la salvación de Cristo. En la Iglesia y en los fieles individuales, el Espíritu de la oración y de la alabanza es aquel que pide, recibe, acepta, responde y lleva a cumplimiento el don de la salvación. La anamnesis, es decir, el memorial‒presencia del misterio de Cristo, se puede realizar por y en el Espíritu Santo solamente; toda obra de la historia de la salvación, perteneciente a los últimos tiempos –los de la Iglesia– es obra del Espíritu.
Junto a Cristo y la Iglesia, el Espíritu es coautor de todo acto litúrgico en la doble dimensión de santificación y de culto; como en la revelación del misterio de Cristo, ahora el Espíritu precede, acompaña y actúa con Cristo en el misterio de salvación; por tanto, obra en sinergia con él. El Espíritu es, finalmente, el don de Cristo a su Iglesia, su autocomunicación más íntima, don siempre nuevo y cada vez más intenso; don activo para llevar a la Iglesia y a cada individuo a la plenitud de gracia y de comunión trinitaria. Esta múltiple función se puede encontrar fácilmente en el momento culminante de la liturgia que es la celebración eucarística. En esa Iglesia del Espíritu, en ese ambiente vital‒teologal, y sólo ahí, es posible la celebración eucarística.
Ahí es donde la Iglesia, movida por el Espíritu, pide y obtiene del Padre el don del Espíritu para la presencia de Cristo, la comunión en él de todos los fieles, la aceptación de la ofrenda. El Espíritu pide y se pide. Sólo en virtud del Espíritu, por el don hecho por el Padre, por la anamnesis y la epíclesis eucarística, se hace presente Cristo y su Misterio Pascual.
El Espíritu, además, junto con Cristo y la Iglesia, es coautor del misterio eucarístico, en todas sus dimensiones: oración, presencia, ofrenda y comunión. Finalmente, el Espíritu es el don de Cristo Resucitado concedido a los creyentes, a la Iglesia y a los individuos, para realizar la comunión en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu, para cumplir en cada uno y en la Iglesia el Misterio Pascual, como decimos en la tercera plegaria eucarística: «que él nos transforme en ofrenda permanente…».
Otro modo de expresar la multiforme acción del Espíritu en la liturgia se puede hacer refiriéndose a los actores y a las funciones del misterio litúrgico.
v En la dimensión trinitaria: El Espíritu es al mismo tiempo don del Padre y aquel que lleva al Padre nuestra oración. Es el don de Cristo resucitado, la comunión de su vida, el signo de su presencia, el principio activo de nuestra asimilación a su misterio, objetivo final de toda celebración. v En la dimensión eclesial: es aquel que hace a la Iglesia, que la anima para pedir, acoger y responder, que se derrama sobre la asamblea para hacerla templo vivo y Cuerpo de Cristo. v En el doble movimiento de santificación y de culto: el Espíritu es la santificación personificada (El Santo Espíritu) y el culto mismo, como respuesta suprema (El Espíritu del Hijo y de los hijos). v En la dimensión de los signos: todos los signos y símbolos litúrgicos están impregnados, pneumatizados por su acción (palabra, oración, acciones sacramentales, agua, óleo, crisma, pan y vino), para ser comunión viva con Cristo.
9. Cincuentena Pascual: Tiempo del Resucitado[11]
El tiempo pascual celebra la presencia de Cristo entre sus discípulos, su manifestación dinámica en los signos que se convertirán después de la Ascensión en prolongación de su cuerpo glorioso:
Cristo vive en la Iglesia. Está siempre presente en ella. La luz del cirio pascual es signo visible de su presencia luminosa que no tiene ocaso. Pero existen otros signos de su presencia:
Signo de esa presencia es especialmente la asamblea. Sólo en la perspectiva de la Pascua se realiza la promesa de Jesús: «Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Se trata de una presencia que culmina en la Eucaristía, donde el Resucitado
10. Cincuentena Pascual: Tiempo del Espíritu
Como nos indica Jn 20, 19‒23, el mismo día de Pascua es ya día de la efusión del Espíritu Santo, porque es ya día de la glorificación de Jesús y de la salvación escatológica para la Iglesia que nace.
En esta perspectiva la Iglesia lee los Hechos, que son el evangelio del Espíritu Santo, durante todo el tiempo de Pascua; el Espíritu actúa ya en los bautizados para completar en la vida, como expresión de conducta de culto espiritual, cuanto ha sido recibido en la fe. Este es el sentido de la vivencia espiritual del tiempo de Pascua. El tiempo final de la cincuentena, después de la Ascensión, con su proyección hacia Pentecostés, subraya aunque más en la Liturgia de las Horas que en los textos de la celebración eucarística, este aspecto pneumatológico, unido con el misterio de la Iglesia y manifestado por el Espíritu en Pentecostés. Dado el interés teológico, ecuménico y vital por la persona y la acción del Espíritu, es necesario recuperar toda la riqueza litúrgica de este aspecto, puesto tan de relieve por la liturgia eucarística y eucológica de Oriente y Occidente.
11. Tiempo de la Iglesia como nueva humanidad
La Liturgia pascual subraya la novedad bautismal de la vida cristiana, la continuidad con la novedad del Resucitado y la vida como culto espiritual, con la potencia de los dones y frutos del Espíritu. Existe una antropología de la Resurrección que revela al cristiano y a la comunidad eclesial como presencia y prolongación del Cristo Resucitado. Son las obras de la Resurrección, el testimonio de la vida contra el instinto de la muerte, la irradiación de la vida en una cultura que afirma la posibilidad, desde aquí abajo, de una humanidad nueva y renovada por el dinamismo del Espíritu.
En la perspectiva de la Resurrección y de la espera del Resucitado, en la visión pascual de la Parusía, indicada por los ángeles en la Ascensión, es éste el tiempo escatológico. Tiempo, por tanto, de anticipación de la vida nueva y de la espera del cumplimiento definitivo en Cristo, como sugiere la lectura del Apocalipsis en este tiempo litúrgico. C O N C L U S I Ó N
Para una auténtica celebración del Misterio Pascual en el Espíritu, personalmente nos parece que hay que subrayar algunas realidades fundamentales de esa celebración “in Spiritu”.
“Una asamblea donde florece el Espíritu”.
Así la Traditio Apostolica , n. 35, definió la Iglesia; una comunidad celebrante estará segura de poseer el Espíritu y de estar animada por él en la celebración, en la medida en la que se den los frutos de dicho Espíritu (Cfr. Ga 5, 22‒23). No se puede tener el Espíritu sin:
Una acción divina y humana
La liturgia no es una obra humana; la conciencia de que el Espíritu es el animador interior de la asamblea celebrante condena toda actitud demasiado humana en la liturgia, el deseo de mostrar la propia sabiduría y capacidad en la celebración, el “clericalismo” de los ministros o la invasión de los laicos; unidos en la comunión, humildes y pobres ante el Misterio, dóciles a la letra y al Espíritu al mismo tiempo, nuestro culto será agradable a Dios.
“Ningún Espíritu Santo sin la oración”
Si es verdad que no hay liturgia sin el Espíritu, es también verdad que no hay Espíritu Santo sin la liturgia y la oración. La celebración, momento culminante de la vida de la comunidad y del individuo, tiene que prepararse y madurarse en la oración, en la docilidad al Espíritu, en el silencio que hace nacer la palabra “inspirada”, porque es escucha del Espíritu. Por respeto al Espíritu, la liturgia debe prepararse interiormente, pero también convenientemente en los detalles.
La improvisación litúrgica sólo puede nacer de la contemplación y de la lectura constante de la Escritura para que sea “espiritual”.
Una celebración vibrante y gozosa
Celebrar en el Espíritu significa también otorgar a nuestras celebraciones el carácter gozos, espontáneo y festivo; superar el rubricismo y el hieratismo, pero también la banalidad adocenada.
El don del Espíritu en la celebración del Misterio Pascual que se nos ofrece como santificación debe ser llevado por él en nuestra vida, si somos dóciles a su acción, hacia la experiencia cotidiana del Evangelio en medio del mundo. Ante todo en la apropiación interior del don recibido y en el crecimiento hacia la madurez cristiana, en la asimilación a Cristo, obra del Espíritu que es, según una expresión grata a las liturgias orientales, “el iconógrafo interior” que hace a las personas “iconos vivos de Cristo”. Luego, en una vida cristiana que se convierte totalmente en “sacrificio espiritual”, oblación a Dios y a los hermanos.
Guiado por el Espíritu, el cristiano parte de la liturgia hacia la vida y lleva la novedad de Pascua, para continuar en el mundo aquella transformación lenta pero segura que es la obra del Espíritu Santo.
Pbro. Lic. Fco. Javier Montes Ramírez Arquidiócesis de Tijuana Año de la Eucaristía Bibliografía General
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[11] Castellano J., El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia. CPL 1, 2Barcelona 1996, pp. 214‒215. |
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| Última actualización el Miércoles, 19 de Enero de 2011 13:44 |




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