top
logo

Encuentros Nals.


Home Semana XXX El Sábado Santo
El Sábado Santo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Lic. Felipe de J. de León Ojeda   
Miércoles, 20 de Enero de 2010 14:38

El Sábado Santo

 

 Pbro. Lic. Felipe de J. de León Ojeda

 Arquidiócesis de Puebla

 Jesús en el Sepulcro

 

 

 

I. DESARROLLO HISTÓRICO

 

Sin el menor intento de materializar las cosas en detrimento de su simbolismo y sentido más profundo, excluido igualmente un pobre historicismo, afirmamos como característico, que el sábado es el segundo día del sagrado triduo. El significado del día está puesto de relieve por la presentación que el Misal hace del mismo. La Iglesia, dice, durante el sábado santo permanece junto al sepulcro del Señor meditando su pasión.

 

 

 

 

Lo más probable es que el ayuno fuera la única forma de celebración primitiva, así lo atestigua, en el s. III, La Tradición apostólica: “Para cumplir con el ayuno de Pascua, nadie tomará nada antes de que se haga la oblación y a quien lo haga de otro modo no se le reconocerá el ayuno. La mujer embarazada y quien esté enfermo y no pueda ayunar dos días, dada la necesidad, ayunará solo  el sábado contentándose con pan y agua”[1].

 

La Didascalia Apostolorum, que refleja la praxis en uso en las Iglesias de oriente en fecha poco posterior a Hipólito, dice: “Desde el día 10 (del mes), que es el segundo día de la semana de Pascua, ayunad usando sólo pan, sal y agua desde la hora nona hasta el quinto día de la semana [= jueves santo]. En cambio, ayunad el viernes de parasceve y todo el sábado sin probar nada”. Junto al ayuno, otros signos expresan la tristeza y el luto de la Iglesia por la “desaparición del Esposo”: la omisión del beso de la paz, el uso de la genuflexión y otros gestos penitenciales[2]

 

Por lo tanto, el sábado santo fue siempre –al menos desde el s. II, es decir, desde la época de los cuatordecimanos- día de ayuno pleno y, por tanto, día alitúrgico, es la característica esencial de este día y constituía la primera fase de la celebración pascual[3]. Se terminaba con una función vigilar que desembocaba en la madrugada del domingo con la celebración de la eucaristía.

 

Al comienzo, en la práctica, el rito no se diferenciaba en nada de los otros sábados ordinarios, puesto que la vigilia dominical fue, inicialmente, la primera celebración litúrgica cristiana. En este sentido hay que tomar la expresión de san Agustín, cuando dice que: “la Noche Santa es la madre de todas las vigilias”[4]. No obstante, sí que se advierten algunas singularidades. En efecto, muy pronto se va venerando en este día el descanso de Jesús en el sepulcro[5] y su descenso a los infiernos[6], así como su misterioso encuentro con todos aquellos que esperaban que se abrieran las puertas del cielo, como indica la carta del apóstol Pedro[7]. Por todo ello decimos que tempranamente se va abriendo paso la consideración de esta jornada como día de paz y de espera.

 

Antiguamente –tanto en Roma como en Oriente- se dedicaba el día al último de los escrutinios de los “electi” que recibirían el bautismo en la noche siguiente. Por la Tradición apostólica sabemos que, desde la época prenicena, revestía particular importancia la reunión alitúrgica en la que los bautizados elegidos cumplían los actos definitivos por los que expresaban su separación de la idolatría y su simultánea adhesión a Cristo. Nadie podía faltar. El propio papa, en Roma, presidía la función en el Laterano[8].

 

El Ordo XI, que refleja los usos romanos del s. VI, nos describe los ritos que se llevaban a cabo en esta asamblea matutina (de las 9 a las 12) con la participación incluso de los fieles: el último exorcismo con el rito del effeta; la unción con el óleo de los catecúmenos; la triple renuncia a Satanás; la “redditio symboli”, es decir, el recitado del credo apostólico que se les había “entregado” a los catecúmenos en el escrutinio del sábado “in mediana”[9].

 

La sobriedad celebrativa de la mañana del sábado no se vio alterada ni por el absorbente alegorismo de un Amalario (s. IX), que, partiendo de la ausencia de misa, nos dice que el oficio de esta mañana es como una ilustración de la futura noche.

 

Fuera del oficio cotidiano de la mañana y de la tarde, la Iglesia no quiso nunca establecer una celebración específica para honrar la estancia de Cristo en el sepulcro. Por desgracia la anticipación progresiva de la vigilia pascual fue llenando cada vez más este vacío elocuente, acabando por eliminar el silencio solemne del sábado santo. En efecto, a partir del s. XVI se celebró la vigilia pascual en la mañana del sábado, perdiendo así este día su primitivo significado.

 

Celebración actual del sábado santo

 

En el Misal de Pablo VI, de 1970, nos encontramos ya con el restablecimiento de los elementos más nobles de la historia de la celebración cristiana de la vigilia pascual. El sábado santo es presentado de la siguiente manera: “Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando en su pasión y muerte, y se abstiene de celebrar el sacrificio de la misa (por lo que conserva el altar enteramente desnudo) hasta que, después de la Vigilia solemne o espera nocturna de la resurrección, se desborda la alegría pascual, cuya exuberancia inunda los cincuenta días subsiguientes”[10].

 

La Santa Sede, en la Carta circular Paschalis solemnitatis, publicada en 1988, hablando del sábado santo, dice: “Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando, en la oración y el ayuno, su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de lectura y de las Laudes, con participación del pueblo. Cuando esto no sea posible, prepárese una celebración de la palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día”[11].

 

La rúbrica del Misal y la Carta circular indican el carácter peculiar del sábado santo. No es un día olvidado después de los grandes y conmovedores hechos del Viernes Santo, primer día del Triduo Pascual passus, crucifixus, mortuus (padeció, fue crucificado y murió), y primeras de las grandes celebraciones del resurrexit a mortuis (resucitó de entre los muertos), que tendrá lugar en la Vigilia Pascual.

 

Ciertamente falta en la liturgia romana una celebración, análoga al Viernes Santo para la pasión y muerte de Jesús, que exprese con la misma intensidad el momento del sepultus, descendit ad inferís (fue sepultado y descendió a los infiernos).

 

En las liturgias orientales se celebra este día el oficio de la sepultura. Éste expresa, vivamente, el dolor de la humanidad pecadora por la muerte infligida a Dios su Salvador[12].

 

La liturgia occidental se limita a expresar su dolor y su aflicción con el silencio y con el ayuno. Éste, durante algún tiempo, tuvo el mismo rigor del ayuno del Viernes Santo, pues todos entendían que éste era el día en que se había arrebatado el Esposo a sus amigos[13]. Además, la iglesia-templo adquiría este día un tono de austeridad: el altar estaba desnudo, se apagaban las lámparas, y se cubrían las imágenes de los santos. Sólo la cruz dominaba el lugar desde el altar o desde la capilla de la reserva. En este día se hacía genuflexión ante la cruz y se daba el beso del amor reparador al Crucificado.

 

El sábado, como día de oración y reposo, encuentra en la oración de las horas su única celebración. Tiene un marcado acento de una celebración pública del oficio de lecturas con asistencia del pueblo 'En este oficio de lecturas, de acuerdo con el gran silencio y reposo del Señor —según la antigua homilía que en él se lee—, pregustamos la salvación universal anunciada a los justos del AT: "Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos..., ha puesto en movimiento a la región de los muertos", en el misterioso encuentro con los que se hallaban en dicha prisión (1 Pe 3,19). En el oficio la iglesia confía participar del reposo y triunfo del Señor. En las vísperas, celebradas pocas horas antes de la vigilia pascual, domina esta esperanza ante la inminencia de la resurrección.

 

Una de las ventajas de la reintegración de la vigilia santa a la noche ha sido devolver al sábado santo su primitiva significación.

 

II. SENTIDO TEOLÓGICO

 

1. Descendió a los infiernos

 

Llegada la tarde del día en que Jesús había sido crucificado, como ya era el tiempo de preparación del sábado, y no se podía dejar el cuerpo de un ajusticiado en la cruz, José de Arimatea fue a Pilato para pedirle permiso de dar sepultura al cuerpo de Jesús. Pilato, maravillado de que Jesús hubiera muerto ya, encargó a José el cadáver de Jesús. Éste, con Nicodemo, bajó de la cruz el cuerpo de Jesús, lo envolvió en un lienzo y lo colocó en una tumba, tallada en la roca. Este es el relato que hacen los evangelistas de la sepultura de Jesús[14].

 

En el símbolo de los Apóstoles proclamamos el misterio pascual siguiendo los pasos señalados en los evangelios: “padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, murió y fue sepultado, y afirmamos con la Iglesia: Jesús “descendió a los infiernos”.

 

Se trata de uno de los artículos de la fe, al que generalmente no volvemos, y junto al cual se pasa casi sin prestarle atención, quizá por la dificultad de determinar con nuestros conceptos de espacio y de tiempo este lugar misterioso donde las almas de los justos esperaban la venida de Cristo y la hora de la redención.

 

Ahora bien, la doctrina de la Iglesia nos enseña que Cristo, después de su muerte no se quedó reposando. Mientras su cuerpo permanecía en la tumba, su alma se fue al reino de los muertos.

 

El apóstol Pedro dice así: Cristo muerto “fue en espíritu a anunciar la salvación también a los espíritus que esperaban en prisión; ellos, por un tiempo habían rechazado creer cuando Dios en su magnanimidad había tenido paciencia en los días de Noé, mientras se fabricaba el arca…”[15]

 

En este texto se han inspirado algunos escritos de la Tradición, por ejemplo la Didajé: “Cristo se entregaba a la pasión voluntaria para destruir la muerte, romper las cadenas del demonio, derrotar al infierno, iluminar a los justos, manifestar la resurrección…”[16].

 

El triduo pascual no quedó como una indicación puramente cronológica porque muy pronto se le unió un profundo significado litúrgico y teológico. Una de las interpretaciones más sugestivas es la que da Orígenes. Atribuye al viernes el recuerdo de la pasión, al sábado el del descenso a los infiernos –momento central para los griegos en el desarrollo del drama de la redención- y al domingo el de la resurrección. En este triduo ve Orígenes realizado el nuevo éxodo espiritual, prefigurado por el éxodo del pueblo elegido, donde se dice: “Iremos tres días al desierto y haremos un sacrificio a Yavé” (Ex 5, 3), y profetizado por Oseas: “El Señor nos resucitará después de dos días y el tercer día, resucitados, viviremos en su presencia (Os 6, 7)[17]. Para Orígenes –de acuerdo a su concepción de la Pascua –paso-, todo el triduo se orienta hacia el domingo, hacia “los misterios del tercer día”, es decir, hacia el “misterio del bautismo” como muerte y resurrección con Cristo y como participación en su gloria.

 

La otra interpretación teológica significativa del triduo –nacida esta vez sobre el terreno de la Pascua-pasión- es la del homileta del año 387, que se basa en la idea de la recapitulación de la semana creadora. Tiende a concentrar más sobre el viernes, es decir, sobre la pasión, el peso místico del triduo. El viernes, en efecto, con su Pasión, Cristo realizó la recapitulación del hombre, que fue creado precisamente en dicho día. El sábado indica el reposo de Dios en el corazón de la tierra tras la fatiga de la nueva creación del mundo, cuando “llevó como don a los justos del Hades la libertad, fruto de la pasión”[18]. En tiempo de este autor estaba ya afirmada la praxis de conmemorar litúrgicamente, en el sábado santo, el descenso a los infiernos. Anfiloquio de Iconio escribe la primera homilía para el sábado santo (PG 39, 39). El descenso a los infiernos aparecerá quizá en los griegos como culmen del misterio pascual y el centro en el que se reencuentran reunidas por un momento –desaparecida la antigua concepción unitaria del triunfo pascual- muerte y resurrección[19].

 

El domingo, por fin, al celebrar la luz de la resurrección, indica la inauguración del tiempo último y definitivo, como la aparición de la primera luz señaló el inicio del mundo material

 

2. Junto a la tumba del Señor 

 

Tal es el misterio que llena la jornada del sábado santo. Este día es el tiempo que separa el Viernes Santo con la muerte de Jesús y el día de Pascua con su resurrección. Como día de la muerte, no puede ser todavía el día en que Dios vence la muerte. Y, sin embargo, es el día en que la vida eterna se ha manifestado tan vida como para poder tomar sobre sí la muerte para superarla desde adentro.

 

El Papa Juan Pablo II durante la audiencia general de los miércoles, del 8 de abril de 1998, decía: “Meditando en estas realidades sobrenaturales, entraremos en el silencio del Sábado santo, a la espera del triunfo glorioso de Cristo en la resurrección. Junto al sepulcro podremos reflexionar en la tragedia de una humanidad que, privada de su Señor, se ve inevitablemente dominada por la soledad y el desconsuelo. Replegado en sí mismo, el hombre se siente privado de todo anhelo de esperanza ante el dolor, ante las derrotas de la vida y, especialmente, ante la muerte. ¿Qué hacer? Es preciso estar a la espera de la resurrección. De acuerdo con una antigua y extendida tradición, estará a nuestro lado la Virgen María, Madre dolorosa, Madre de Cristo inmolado”.

 

3. Oración de espera

 

Cuando se repasan los textos que la Iglesia romana usa en el oficio litúrgico de lecturas, se constata que están marcados por una serena espera. Con las piadosas mujeres, la Iglesia se sitúa cerca del sepulcro del Señor[20] y medita sobre el descanso de su Maestro. La serenidad aparece en las antífonas, en los salmos, en las lecturas escogidas para esta liturgia.

 

El tema de las antífonas es el de la muerte como descanso: “En paz me acuesto y duermo tranquilo”, “Mi carne descansa serena”[21].

 

Los salmos inspiran confianza y expectación. En el Salmo 4 Cristo habla de su tumba: “En paz me acuesto y enseguida me duermo”[22].

 

En el Salmo 15 escuchamos una afirmación de plena esperanza: “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”[23]. El Salmo 23 describe la victoria de Cristo, que entra en la casa del Padre.

 

La lectura patrística, proveniente de una antigua “Homilía sobre el santo y grandioso Sábado”, asegura que habremos ocupado bien el tiempo este día si lo pasamos en oración de espera:

 

«Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos…». Se escucha luego el diálogo que se ha establecido entre Cristo Salvador y Adán pecador. Cristo desciende a los abismos y despierta al primer hombre, diciéndole:

 

«Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo. Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: “Salid” y a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, y a los que estaban adormilados: “Levantaos”. Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa». [24]

 

La liturgia parece sugerir, en un responsorio de este día, que Cristo continúa, con su descenso a los abismos, su misión de pastor aun para aquellos que ya están muertos: él, después de haber aceptado la muerte también por ellos, va a buscarlos a los abismos, para llevarlos consigo a la eternidad feliz: “¡Se fue nuestro Pastor, la fuente de agua viva! A su paso el sol se oscureció. Hoy fue por él capturado el que tenía cautivo al primer hombre. Hoy nuestro Salvador rompió las puertas y cerrojos de la muerte. Demolió las prisiones del abismo y destrozó el poder del enemigo”[25].

 

Lo que la Escritura proponía en torno al misterio del sábado santo, iluminado por los Padres, hecho objeto de oración en la liturgia, se representaba en los iconos del descenso a los abismos, imagen por excelencia en el conjunto de los iconos pascuales. Esto era verdad especialmente en las liturgias orientales y en la iconografía estrechamente unidas a ellas.

 

Habitualmente la representación seguía este esquema: Cristo llega a los abismos, rompe las puertas y hace saltar sus cerraduras; en el reino de las tinieblas lleva la luz que disipa las tinieblas del pecado, de la duda, de la confusión.

 

En Oriente representa el descenso a los abismos como un suceso luminoso y victorioso.

 

Después de haber superado con su fuerza a Satanás y a la muerte, Cristo busca a Adán, lo toma fuerte de la mano, correspondido en ello por Adán, que quiere hacer verdad el deseo que ha cultivado siempre: volver a ser hijo del Padre.

 

Él es la imagen de todos los hijos pródigos, que somos nosotros, que, liberados del pecado, en estos días debemos regresar a la vida.

 

No faltan otros personajes: Eva, David, Salomón, Juan Bautista; ellos reaniman la fe de todos en el Salvador, que rescata de la muerte[26].

 

 

 

 

4. Participación en el misterio

 

El sábado santo es un misterio profundo, al que hay que acercarse con mucho respeto; es grande su riqueza, su profundidad no se alcanza fácilmente.

 

Su contenido es el modo con que los efectos del suceso del Viernes Santo se han proyectado en el más allá. La respuesta se puede encontrar en la liturgia.

 

Ante todo el descenso a los abismos puede interpretarse como la mayor manifestación de solidaridad que Cristo ofrece a los hombres, entrando en lo más profundo de la muerte y en la soledad de los abismos. Una vez más, la humillación y el amor de Cristo tocan el extremo.

 

El descenso a los abismos se puede considerar como una lucha y un combate de Cristo contra Satanás y la muerte. Cristo despoja a Satanás de sus prisioneros. Repásense mentalmente los iconos y los frescos occidentales del Medioevo románico. En los textos de las liturgias orientales resuena el lamento de Satanás: “Hubiera sido mejor que no hubiera recibido al Hijo de María, porque él, entrando en mi dominio, ha destruido mi poder…, ha resucitado a las almas que yo tenía esclavas: porque él es Dios”[27].

 

En un responsorio de la liturgia romana, en la celebración de las exequias, el difunto pide a Cristo, cuya alma, no impedida por el estado de muerte en que se encuentra su cuerpo, puede actuar por el bien de los hombres y puede salvar a los justos: “Ven, Señor, ven a librarme, tú que has enfrentado el poder de la muerte y has hecho brillar en las tinieblas la alegría luminosa de tu rostro. Tú eres Cristo, nuestro redentor. Has llevado a los muertos el don de la vida, los has llevado de las tinieblas a la luz…”[28].

 

El descenso de Cristo a los abismos se presenta también como una predicación que Cristo hace a los justos: “En espíritu fue a anunciar la salvación también a los espíritus que esperaban en prisión[29] , así san Pedro, al que han seguido algunos padres de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía[30] e Ireneo[31]. El descenso de Cristo es la revelación que hace él de la paciencia de Dios y de la salvación que trae con su muerte, incluso a aquellos que habían muerto antes que él”[32].

 

El descenso a los abismos nos toca personalmente cuando se relaciona con nuestro bautismo. Nos lo recuerda san Pablo: “Por medio del bautismo hemos sido sepultados con él en la muerte, porque como Cristo fue resucitado de los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros podamos caminar en una vida nueva”[33].

En la Iglesia antigua el simbolismo del bautismo como sepultura con Cristo era más importante de lo que es hoy.

 

El bautismo se administraba por inmersión. El catecúmeno descendía a la fuente bautismal que, por su forma, le debía recordar concretamente el sepulcro. Descender a las aguas bautismales era signo de muerte y sepultura. Salir de la fuente significa la resurrección.

 

Nuestra participación en la sepultura de Cristo se recuerda en la oración que acompaña las horas del oficio del sábado santo:

 

“Dios todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna”[34].

 

El acontecimiento misterioso del descenso a los abismos se ha realizado para mí en el bautismo. Se trata de asimilar de modo existencial este don, descendiendo, como humilde siervo de los otros, porque sólo así puedo ascender y conseguir la vida y el cielo.

 

Estas perspectivas son siempre actuales y, aplicadas hoy al misterio del descenso de Cristo a los abismos, son todavía fecundas[35].

 

5. La presencia de María el sábado santo

 

La meditación de la Iglesia ante la tumba de Cristo ha enriquecido el sábado santo con un repertorio de temas que han dado a este día otros significados, además del señalado por la Iglesia romana como primero: el recuerdo del descenso de Cristo a los infiernos. La devoción popular ha querido hacer un lugar a la Virgen Madre en el espacio del sábado santo.

 

El Medioevo ha visto como natural colocar en este contexto la meditación y las representaciones del dolor de María ante el Hijo muerto. Se había iniciado haciendo un lugar a María en el Viernes Santo. El piantus Mariae (llanto de María), cuyo vértice artístico estuvo en el Stabat mater, las Pietá, las Dolorosas del Renacimiento son una rica documentación. En el campo litúrgico el responsorio O vos omnes qui transitis per viam… (Oh, vosotros los que pasáis por el camino…), usado para indicar el dolor y el abandono de la Iglesia, se puso en los labios de María, y la imagen de su soledad y abandono fue cada vez más frecuente.

Se hizo lugar a María también en el sábado santo. Aunque los textos del Nuevo Testamento, siempre discretos cuando se trata de la Madre de Jesús, no dicen nada sobre su presencia junto a la tumba del Hijo, el sentido del pueblo cristiano quiso prolongar la presencia de la Madre también en este día.

 

Se vio con devota intuición la soledad de María, animada sólo por la fe en que la palabra del Hijo se cumpliría: “después de tres días resucitaré”.

 

“El reflejo de María es el reflejo trágico de la soledad del Hijo, hundido en la oscuridad de la muerte; ella es expresión plástica de una Iglesia que toma en serio la muerte de su fundador, y con él la de todo hombre; ella es la personificación del hombre de toda época, solo ante la muerte, la propia o la de aquel que se ama; ella es la imagen perfecta de la actitud cristiana ante la muerte, mezcla de un dolor inevitable por ser humano y de una esperanza firme y serena, por estar fundada sobre la fe en Jesucristo que, muriendo, abre las puertas de la vida”[36].

 

Actualmente, la “Hora de la Madre”[37] se celebra en algunos lugares en la Iglesia occidental con la animación de la Orden de los Siervos de María. El objeto de la celebración es María que, el sábado santo, experimenta la prueba suprema de la fe. Segura de la palabra de su Hijo e invencible en su fidelidad al Padre omnipotente, asume en sí misma toda la fe de la Iglesia en la resurrección de Cristo, y acelera con ansia serena la hora ya cercana de la misma.

 

Con ello se nos pone en relación con la tradición de la Iglesia oriental. He aquí como Jorge de Nicomedia, en el siglo IX, en un discurso del sábado santo, presenta a María cerca del sepulcro, en espera de la resurrección del Hijo:

 

«El argumento de nuestro discurso es la presencia continuada de la Madre heroica en el sepulcro del Hijo. Mientras, en efecto, todos se retiran, sólo ella, la Madre, ardiendo en fuego impetuoso de amor y con fe y coraje invencibles, se sentó junto a la tumba, sin acordarse de comer y de dormir, dispuesta a deleitarse en la resurrección beatificante.

 

Sólo la Madre fue, por tanto, testigo de los acontecimientos que precedieron a la resurrección y oyó aquel terremoto suave y confortable que despertó a los muertos de un tiempo y arrojó en el sueño a los soldados que vigilaban el sepulcro.

 

Por ello pienso que fue a ella a quien se le dio antes que a nadie el anuncio de la divina resurrección; como ella se alegró por la resurrección inefable, así exultó por la aparición y el esplendor del Hijo resucitado. Era la Madre y a ella le fueron confiados los misterios de la encarnación; a ella sola el Señor le mostró los prodigios de la resurrección de manera más excelente que a los Apóstoles y a las mujeres fieles, más allá incluso de la comprensión de las inteligencias angélicas. Por eso, inmediatamente y antes que nada fue envuelta por la luz radiante y por el alegre fulgor de la resurrección.

 

Conviene, pues, en este día de alegría, comenzar con la acción de gracias que ella pronunció mientras estaba sentada junto al sepulcro. Ella, en efecto, pasó en el silencio interior el tiempo que precedió a la resurrección, recordando y meditando el misterio inefable». 

 

El filón de la devoción occidental, a partir del siglo XI, ha consagrado el sábado a la veneración de María. Los teólogos y liturgistas de aquellos tiempos han dado el siguiente motivo: María, el sábado después de la muerte de Jesús, fue la única que tuvo clara la fe en su divinidad y la que no vaciló en la esperanza de su próxima resurrección.

 

La razón del sábado consagrado a María es la misma: su fe en la resurrección del Hijo. El modo de recordarlo ha sido diferente. En Oriente, un oficio propone de nuevo los lamentos de la madre y de los discípulos ante la imagen de Cristo muerto. En Occidente la memoria se orienta hacia el misterio del descenso de Cristo a los infiernos y, en forma no oficial, hacia la celebración de María, la virgen de la fe.

 

III. APLICACIÓN PASTORAL

 

No se puede decir hoy día que se respete el significado litúrgico del sábado santo, pues se ha hecho del mismo día un día de grandes preparativos externos de la celebración pascual, o lo que es peor, día de diversión (“sábado de gloria”). Es necesario no romper el silencio del sábado santo; es pausa de tiempo que hay que llenar con la meditación y la oración, como se hace en una familia el día del funeral, que se ha llevado de nosotros a una persona querida.

 

Un texto de Zacarías puede orientarnos en esta perspectiva: “Cantarán sobre él el lamento, como por un hijo único: el inocente, el Señor ha sido muerto”[38].

 

A partir de que es día alitúrgico el Misal y, sobre todo la Carta circular sobre las fiestas pascuales ya citada, nos hacen las siguientes sugerencias y observaciones:

 

        Se recomienda la celebración del Oficio de lectura y de las Laudes, con participación del pueblo (PS 73). Ésta podría estar unida a una meditación mariana.

        Pueden ser expuestas en la iglesia, a la veneración de los fieles, la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado Santo, así como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores (PS 74).

        Hoy la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la misa. La sagrada comunión puede darse solamente como viático. No se conceda celebrar el matrimonio, ni administrar otros sacramentos, a excepción de la penitencia y la unción de los enfermos (PS 75).

        Los fieles han de ser instruidos sobre la naturaleza peculiar del Sábado Santo. Los usos y tradiciones festivos vinculados con este día, a causa de la antigua anticipación de la Vigilia al Sábado Santo, deben desplazarse a la noche y al día de Pascua (PS 76).

 

En las comunidades en que se celebran los sacramentos de iniciación cristiana, para prepararse inmediatamente a ellos:

 

a)      Recomiéndese a los elegidos que el Sábado Santo, de ser posible, se abstengan de sus trabajos acostumbrados, para dedicarse a la oración y reflexionar, y procuren guardar el ayuno[39].

b)      En ese mismo día, se pueden celebrar varios ritos inmediatos preparatorios, como la recitación del Símbolo, el rito “Effetá”, la elección del nombre cristiano e, incluso, la unción con el óleo de los catecúmenos[40].

 

El Sábado Santo se caracteriza por un profundo silencio. Las Iglesias están desnudas y no están previstas liturgias particulares. Mientras esperan el gran acontecimiento de la Resurrección, los creyentes perseveran con María en la espera, rezando y meditando. Hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que surge de la Pasión y de la Resurrección del Señor. Tiene una gran importancia en este día la participación en el Sacramento de la reconciliación, indispensable camino para purificar el corazón y predisponerse para celebrar la Pascua íntimamente renovados. Al menos una vez al año, tenemos necesidad de esta purificación interior, de esta renovación de nosotros mismos.

 

 

 


ANEXO: El sábado santo en la Liturgia oriental

 

 

I. LITURGIA SIRO OCCIDENTAL[41]

 

Sábado de las luces

 

El sábado es, como el viernes que le precede, un día que se despliega en el oficio, pues este día no se celebra la eucaristía hasta el atardecer. Hay en este día dos ritos a destacar: en primer lugar, el rito del perdón que se hace la tarde del sábado seguido de la eucaristía –no indicada en todos los misales- y el piadoso rito de la resurrección de la cruz, que a veces se lleva a cabo después de los laudes del domingo, junto con otro rito, el de la paz.

 

La teología de este día gira en torno al final de ayuno y el comienzo de la alegría, en torno al sepulcro de Jesús y su descenso a los infiernos, donde toma a Adán y resucitando lleva a cumplimiento su victoria sobre la muerte.

 

Tú, que has anunciado la vida y la resurrección a las almas que estaban en el infierno, ten piedad de mí, oh Dios.

 

Tú que has descendido a los infiernos entre los muertos y has anunciado la vida a los que reposaban allí, ten piedad de mí, oh Dios.

 

Tú que has visitado a los muertos en sus tumbas de sombra, ten piedad de mí, oh Dios.

 

Tú, que con tu dulce voz has llamado de su reposo a los santos, ten piedad de mí, oh Dios.

 

Tú, que has tenido piedad del polvo de Adán y lo has levantado de la corrupción, ten piedad de mí, oh Dios.

 

Tú, que fuiste depositado sobre el lecho de los muertos y los has liberado de la muerte, ten piedad de mí, oh Dios.

 

…sepulcro vivificante de donde nos vienen todos los bienes, sepulcro vivificante por medio de quien nuestra raza humana ha sido alzada de la muerte, sepulcro vivificante donde se cumple nuestra salvación y la esperanza de la resurrección… sepulcro vivificante que hace caer el rocío de misericordia, de compasión y de resurrección sobre los huesos de los muertos…[42].

 

 

II. RITO BIZANTINO[43]

 

Santo y gran Sábado

 

Respecto al Sábado Santo, quisiera referirme de modos especial al oficio del orthros, celebrado en la tarde del viernes. Es uno de los oficios más populares y profundos de todo el año litúrgico bizantino. Después señalaremos alguna cosa del oficio de vísperas y de la liturgia de san Basilio que se celebra en la mañana del sábado.

 

El orthros de este día comprende dos partes centrales: el canto de los Enkomia y la procesión del Epitafion. Los troparios de introducción a la celebración encuadran la teología del día: el cuerpo de Jesús es colocado en la tumba, cuerpo que no será tocado por la corrupción –victoria sobre la muerte-, victoria de Jesús sobre el infierno y resurrección de los muertos:

 

El noble José tomó tu cuerpo inmaculado bajado de la cruz, lo envolvió en un sudario puro con aromas y le hizo lo últimos arreglos. Y lo colocó en un sepulcro nuevo.

 

Cuando bajaste a la muerte, Vida inmortal, entonces el infierno murió por el fulgor de tu divinidad. Y, mientras resucitabas a los muertos del abismo subterráneo, todas las fuerzas del cielo cantaban: ¡Oh Cristo, que das la vida, oh Dios nuestro, gloria a ti!

 

A las mujeres que llevaban mirra, estando junto a la tumba, les gritaba el ángel: la mirra es para los mortales, pero Cristo se ha revelado enemigo de la corrupción[44].

 

Los Enkomia son el elogio fúnebre de Jesús, el cual está formado por 176 estrofas divididas en tres grupos… El Epitafion es un velo bordado en donde está representado el cuerpo de Jesús en la tumba. Durante el canto de vísperas del Sábado Santo se lleva solemnemente el Epitafion desde el altar en un arca que figura el santo sepulcro y se adorna con abundantes flores y perfumes. Al final del orthros, el Epitafion, tras la procesión, será llevado de nuevo al altar donde permanecerá hasta la vigilia de la Ascensión. El canto de los Enkomia se hace frente al Epitafion. El poema desgrana lentamente, con la voz de diferentes personajes, todos los misterios que han sucedido, particularmente la sepultura de Jesús y su descenso a los infiernos.

 

El sepulcro se transformará en el centro de la Iglesia, en el centro del universo: Todas las generaciones, oh Cristo mío, ofrecen un canto a tu sepultura[45]. La procesión, muy vivida por el pueblo, sale de la Iglesia, vuelve a entrar en ella y, al final, el Epitafion se coloca sobre el altar. Algunos textos de este día subrayan la relación con la creación:

 

Hoy tú santificas el día séptimo, que en otro tiempo bendijiste con el reposo de la obras. Tú creas, en efecto, y renuevas el universo, Salvador mío, descansando en el sepulcro y llamando a la vida… Venid, veamos nuestra Vida yaciendo en una tumba, para vivificar a los muertos que están en las tumbas. Venid hoy a contemplar el brote de Judá que duerme. A él, con el profeta, gritamos: Yace y duerme como un león. ¿Quién te despertará, oh Rey? Resurge por tu poder, tú que voluntariamente te has dado a ti mismo por nosotros. Señor, gloria a ti… El gran Moisés prefiguraba místicamente el día de hoy, diciendo: Y Dios bendijo el séptimo día, es éste el sábado bendito, día del reposo, en el cual el Hijo Unigénito de Dios ha reposado de todas sus obras, celebrando el sábado en su carne por la economía de la muerte. Y vuelto de nuevo lo que era para la resurrección, nos ha dado la vida eterna. Porque solo él es bueno y amigo de los hombres[46].

 

Las vísperas del Sábado Santo se celebran en la mañana del mismo sábado junto con la liturgia de san Basilio. Los textos de vísperas personifican al infierno que gime de dolor por el descenso de Cristo a su interior, arrancando de allí a los muertos retenidos desde los orígenes[47].

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

1.      E. ALIAGA, El Triduo pascual, en: DIONISIO BOROBIO (dir.), La celebración en la Iglesia III. Ritmos y tiempos de la celebración, Ed. Sígueme, Salamanca 1990, 99-127.

 

2.      MANUEL NIN, Las liturgias orientales, Biblioteca Litúrgica 35, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2008.

 

3.      P. JOUNEL, El Año. El ciclo pascual, en: A.G. MARTIMORT, La Iglesia en oración. Introducción a la liturgia, Ed. Herder, Barcelona 1987, 917-964.

 

4.      RANIERO CANTALAMESSA, La Pascua de nuestra salvación. Las tradiciones pascuales de la Biblia y de la Iglesia primitiva, Ed. San Pablo, Madrid 2006.

 

5.      VIRGILIO NOÉ, ¡Con cuánto amor nos has amado! Para meditar en Semana Santa, Ed. DABAR, México, D.F. 2002.



[1] HIPÓLITO DE ROMA, La Tradición apostólica, 33.

[2] TERTULIANO, De oratione, 18.

[3] La constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II (SC 110) ratifica la práctica primitiva del ayuno para el viernes santo y la aconseja para el sábado. A este ayuno se le llama pascual para que nos haga ver el “transitus”, el paso de la pasión a la alegría de la resurrección.

[4] S. POQUE, Saint Augustin. Sermons pour la Pâque, París 1966, p. 212.

[5] SAN ATANASIO, De Incarn. Verbi 23, 26 (PG 25, 136-141).

[6] La fórmula aparece a la mitad del s. IV en Oriente, compuesta probablemente en Siria por Marco de Arethuya; sin embargo, su contenido está ya presente en la Anáfora de Hipólito (s. III). Un siglo más tarde se encuentra una fórmula análoga inserta en el Canon latino tanto en la recensión romana como  en la milanesa, cuyo origen puede datarse en la segunda mitad del s. IV. Cf. O. ROUSSEAU, La descente aux enfers dans le cadre des liturgies chrétiennes, en: La Maison Dieu 43 (1955) 104-123.

[7] 1Pe 3, 19-20; 4, 6.

[8] El Sacramentario Gelasiano, testigo de una tradición anterior, nos permite saber cómo Roma dedicaba la mañana de este sábado a la última preparación bautismal. En efecto, era el momento del séptimo escrutinio, que no comportaba la celebración de la misa. Durante el mismo tenía lugar el rito del Effetá y la antigua recitación del símbolo por parte del catecúmeno (redditio), transformada más adelante, al desaparecer el bautismo de adultos, en la recitación por parte del sacerdote.

[9] Este rito de la “entrega” del Símbolo tenía y tiene todavía, en la iniciación cristiana, un gran valor (Cf. SAN AGUSTÍN, Confesiones VIII, 2, 5). Con este acto los elegidos se preparan a la profesión bautismal de la fe y se les instruye sobre el deber de anunciar el evangelio. Con la “entrega” hecha precedentemente, la Iglesia confía amablemente a los catecúmenos el documento que desde los primeros tiempos se ha tenido como el compendio de la fe cristiana. Cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, 25-26; 181-184, 194: Vaticano 1972.

[10] Misal Romano, p. 143.

[11] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Carta circular Paschalis solemnitatis, sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, de 16 de enero de 1988, n. 73.

[12] Cf. ANEXO: El sábado santo en la Liturgia oriental, pp. 13-15.

[13] Mt 2, 19-21.

[14] Cf. Mc 15, 42-46; Jn 19, 38-39.

[15] 1Pe 3, 19-20.

[16] Didajé 73, 12.

[17] ORÍGENES, In Exodum, hom. V, 2, en: RANIERO CANTALAMESSA, La Pascua de nuestra salvación. Las tradiciones pascuales de la Biblia y de la Iglesia primitiva, Ed. San Pablo, Madrid 2006, p. 157.

[18] PSEUDO CRISÓSTOMO, In s. Pascha, hom. VII, 35, en: RANIERO CANTALAMESSA, op.cit. p. 157-158.

[19] Cf. PSEUDO EPIFANIO, Homilia in Sabato magno: PG 43, 439ss. La liturgia bizantina conserva ampliamente los signos de esta concepción.

[20] Mt 27, 62.

[21] Sábado santo: Oficio de lectura, antífonas 1 y 2.

[22] Sábado santo: Oficio de lectura, Sal 4, 9.

[23] Sábado santo: Oficio de lectura, Sal 15, 9-11.

[24] Sábado santo, Oficio de lectura: segunda lectura, “De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado”.

[25] Sábado santo, Oficio de lectura, 2º Responsorio.

[26] Cf. PH. VERHAEGEN, L’icône de la descente aux enfers, en: Communautés et Liturgies, 1, 1986, p. 75ss.

[27] Liturgia bizantina, vísperas del Sábado santo.

[28] Cf. Celebración de las exequias, últimas recomendaciones y despedida. 5º Responsorio.

[29] 1Pe 3, 18-19.

[30] Magnes 9, 3.

[31] Adv. Haer. 4, 27, 2; 5, 31, 1.

[32] Cf. J. LECLERCQ, La liturgie et les paradoxes chrétiens, Lex Orandi, 36 Paris 1963, p. 30.

[33] Rom 6, 4.

[34] Sábado santo: Oficio de lectura, oración conclusiva.

[35] El Papa Benedicto XVI, en su homilía de la Vigilia pascual del 7 de abril de 2007, dice: “Queridos catecúmenos que vais a ser bautizados, ésta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo, ya no más a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive siempre. En el Bautismo, junto con Cristo, ya hemos hecho el viaje cósmico hasta las profundidades de la muerte. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él que es la Vida misma”.

[36] JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ-CARO, Le mystere d’une absence, en: Communio, Descendu aux enfers, VI (1981), n. 1, pp. 29-30.

[37] Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia. Principios y orientaciones, Ciudad del Vaticano 2002, nn. 146-147.

[38] Sábado santo, Laudes, 1ª antífona.

[39] Ritual de la Iniciación cristiana de adultos, n. 26.

[40] Cf. Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nn. 193-207.

[41] Cf. MANUEL NIN, Las liturgias orientales, Biblioteca Litúrgica 35, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2008, p. 111.

[42] Responsorio y sedro de las vísperas del sábado de las luces.

[43] Cf. MANUEL NIN, op.cit., pp. 148-150.

[44] Orthros del Sábado Santo.

[45] Tercera parte de Enkomia.

[46] Orthros del Sábado Santo.

[47] Tropario del Sábado Santo y Bautismo del Señor (6 de enero).

Última actualización el Miércoles, 20 de Enero de 2010 20:16
 

Por México

Vaticano y Liturgia

Donde Hay Misa

evangelizarconarte


bottom

Potenciado por Joomla!. Designed by: Lonex low tariff hosting ntchosting.com Valid XHTML and CSS.