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EL DOMINGO: DÍA DEL SEÑOR
Hablar de los ejes que mueven la vida parroquial, requiere hacer mención en lo que genera esa vida, es decir, la Pascua. Y lo haremos desde sus dos dimensiones: Pascua anual y pascua semanal. Partiremos de la pascua semanal, celebrada el día memorial del Señor, el domingo.
I. ELEMENTOS HISTÓRICOS DEL DOMINGO
Las raíces bíblicas: del sábado al domingo
En la celebración semanal del pueblo hebreo, el sábado era considerado día sagrado, celebración del reposo como memoria del descanso de Dios en la creación (Ex 20, 11) y de las fatigas del pueblo esclavo en Egipto (Dt 5, 12-15). Pero también día consagrado al Señor (Ex 31, 15).
El cambio realizado por los cristianos del sábado al primer día de la semana, tiene como fundamento el admirable acontecimiento de la Resurrección del Señor, que se realiza como atestigua el evangelista (Mt 28, 1; Mc 16, 2-9; Jn 20, 1ss). El recuerdo de la Resurrección y su memorial litúrgico con la proclamación de la Palabra y la fracción del pan, marca pronto el carácter de este día memorial del Señor y de su Pascua.
El nombre específico día del Señor, «el día del Señor», (kyriaké emera) aparece por primera vez en el Apocalipsis significa precisamente el «día señorial», para distinguirlo de aquel «día del Señor» (emera tou kyriou) que es más bien de su parusía. Nace el domingo con su celebración característica, que no puede menos que ser la Eucaristía, memorial de la Pascua, presencia del Resucitado[1]. Ésta, era celebrada semanalmente siguiendo el ritmo semanal vinculado a la revelación del AT
Época Apostólica[2]
Dentro de los primeros siglos, se va configurando el primer día de la semana como día del Señor, aparecen un importante bloque de textos que se refieren de forma explícita al domingo:
a) La Didajé,
Se remonta a los tiempos apostólicos entre los años (50-70), da testimonio de las comunidades cristianas de Antioquia, lugar donde, al parecer, se aplicó el término Kyriaké al primer día de la semana.
Didajé: "Reúnanse cada día dominical del Señor ( katá kyriakén tou kyríou), partan el pan y den gracias, después de haber confesado sus pecados..."
b) San Ignacio de Antioquia
Si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vieron a la novedad de esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo (kyriaken), día en que también amaneció nuestra vida por gracia del Señor y mérito de su muerte, misterio que algunos niegan, siendo así que por él recibimos la gracia de creer y por él sufrimos..."
c) La Carta de Pseudo Bernabé
"Por eso justamente nosotros celebramos también el día octavo con regocijo, por ser día en que Jesús resucitó de entre los muertos y, después de manifestado, subió a los cielos. Concibe este día como octavo, es decir, como el principio de otro mundo para poner fin a los sábados y novilunios, símbolo de lo que ya ha quedado atrás.
d) Eusebio de Cesarea
"Observaban el sábado e igualmente todo cuando tenía que ver con el modo de comportarse de los judíos, pero los domingos (kyriekais emérais) celebraban ritos semejantes a los nuestros en memoria de la resurrección del Salvador." Eusebio escribe en el siglo IV, pero se refiere aquí a una secta judeocristiana de los tiempos de la Iglesia, los ebionitas.
e) San Justino
"El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite las Memorias de los Apóstoles o los escritos de los Profetas... Y celebramos esta reunión general el dia del sol, por ser el día primero, en que Dios, Transformó las tinieblas y la materia, hizo el mundo, el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entres los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes al de Saturno, y al día siguiente al día Saturno, que es el día del sol, apareciéndose a sus apóstoles y a sus discípulos, nos enseñó estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para nuestro examen"
En los escritos de Justino es la primera vez que se alude al contenido del domingo como memorial de la nueva creación iniciada en la resurrección de Cristo.
f) Plinio el joven
"(los cristianos) que toda su falta y todo su error consistía en reunirse habitualmente un día fijo (statuo die), antes del alba."
El texto es un fragmento de la carta que el gobernador Plinio dirigió al emperador Trajano el año 112 pidiéndole instrucciones acerca de los cristianos.
Los siguientes siglos
En los siglos III la celebración dominical en Oriente y en Occidente gira en torno a dos grandes convocatorias: la eucaristía en la mañana y las vísperas por la tarde.
Constantino convierte el domingo en día festivo con el edicto del 7 de marzo año de 321, y empiezan a aparecer los primeros problemas pastorales para llenar de contenido doctrinal la celebración del domingo y para lograr que los cristianos santifiquen el domingo. El domingo se convirtió para los Obispos y los presbíteros en motivo de predicación. Por otra parte, a partir del siglo IV ya se configura el año litúrgico y empiezan a distinguirse unos domingos de otros, según los diferentes tiempos litúrgicos.
La situación cambió en la edad media a causa del anquilosamiento de la liturgia y la ignorancia del pueblo. Se intensificó entonces la acción legislativa para urgir la asistencia a la misa dominical y para prohibir los trabajos serviles.
Poco a poco se fue estableciendo el precepto de oír la misa bajo la pena de pecado mortal, aunque en sentido jurídico no existió el precepto eclesiástico formal hasta el Código Canónico de 1917, con el canon 1248. El movimiento litúrgico, se propuso superar esta situación recuperando los valores del domingo, para que fuese en verdad la celebración del misterio de Cristo. El Concilio Vaticano II asumió estas inquietudes en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.
El precepto dominical
Con el edicto de Constantino se manda santificar el día del domingo. En el concilio de Elvira (305), en el c.21, se hace mención de una pena a aquél que no asista en la celebración del domingo. Hacen referencia al precepto dominical: el concilio de Sárdica, Agda y en los escritos de Cesáreo de Arles (542). En el marco de la cristianización de la sociedad, los emperadores romanos imponen la obligación del descanso dominical en el ámbito de la sociedad civil. El concilio de Laodicea (343) es uno de los que reglamenta el descanso dominical.
II. TEOLOGÍA DEL DOMINGO.[3]
Para hablar teológicamente del domingo partiremos de las denominaciones que ha recibido a lo largo de los siglos, las cuales nos aproximan a su profundidad, riqueza y trascendencia.
El día primero.
Esta es una expresión bíblico-patrística, con la cual se nos indica, que el domingo es simbólicamente el día de la nueva creación, una creación fundada en la resurrección del Señor. En Eusebio de Cesarea, encontramos:
"En este día el Señor ha comenzado las primicias de la creación del mundo; y el mismo día El ha dado al mundo las primicias de la Resurrección". El domingo indica la recapitulación de todas las cosas en Cristo, en su Pascua gloriosa. El domingo como el primer día de la semana, llevaba a los cristianos, a tener la conciencia de que todo parte de Cristo, de que Él hace todo nuevo; incluso podemos decir, el domingo es el día por excelencia para recordar que ya hemos sido salvados por Cristo resucitado, y esta salvación se nos ofrece en el bautismo, donde nos hacemos hombres nuevos en Cristo.
El día octavo.
Este nombre expresa el carácter escatológico del domingo, nos hace ver en él el día de la esperanza, anticipación de la venida del Señor, inicio de la una vida glorificada. En san Agustín encontramos: "este séptimo día será nuestro sábado, cuyo fin no será una tarde sino un domingo, como un octavo día que está consagrado por la resurrección de Cristo; que prefigura no sólo descanso del espíritu, sino también del cuerpo. Allí nosotros seremos libres y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al final sin final" (De Civitate Dei, 1.22, c.30: PL 41, 803-804). Sin duda alguna san Agustín nos evoca al carácter escatológico del domingo, el cual nos hace vivir en las primicias del reino glorioso de Dios. Los padres de la Iglesia ven en el domingo como octavo día, el día de la plenitud, de la meta a la cual se camina, la vida eterna.
El día del Señor.
Con este nombre se reconoce que el domingo es el día del Señorío de Dios, del cual todo está lleno, por eso hay la necesidad de un encuentro con Él, en su palabra, en la asamblea, en torno al altar y en la cena del Señor. Eusebio llama al domingo así: "¡el Señor de los días! Principio de la creación, principio de la resurrección..." (PG 86, 416) El domingo como día del señor, también nos remite a su carácter escatológico, una realidad de la fe, que aun no se ha realizado, pero que espera su realización, se espera el gran día, cuando venga el Señor en persona. En san pablo encontramos que el advenimiento de del "día del Señor" equivale también al advenimiento escatológico (cf. 1Tes 5,2). El domingo como día del Señor, está ligado a otro nombre, el domingo como día de la resurrección pues es en la Resurrección donde el Jesús se nos muestra como Señor.
Día de la resurrección.
El domingo es considerado como el día del memorial de la Resurrección del Señor. San León Magno dice: "Es este día, el día de la Resurrección del Señor, cuyo inicio, como es sabido, está fijado al atardecer del sábado" (PL 54, 626). El domingo es pues la conmemoración de la pascua, una pascua semanal, la pascua de Jesús donde se celebran gozosamente su presencia y sus misterios.
En un texto del Oficio siríaco de Antioquía, del libro del Fantiq encontramos lo siguiente "Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación..., la salvación del mundo...la renovación del género humano.... Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor" (CEC n.1167).
El día del Sol.
Este es una denominación de origen pagano, el cual fue fácil de cristianizar, aplicándoselo a Cristo, desde el momento en que el simbolismo del sol, rey de la creación, fue aplicada al Mesías en el cántico de Zacarías. Esta denominación queda plasmada en un escrito de san Máximo de Turín: "El domingo es para nosotros un día venerable y de fiesta, porque es el día en que nuestro Salvador fue exaltado y resplandeció como el sol, tras haber disipado las tinieblas del infierno con la luz de la resurrección. Por eso este día, para los hijos de este mundo, tiene el nombre del día del sol, porque Cristo, Sol de justicia, lo ha iluminado con su resurrección" (Hom.in Pent.: PL 57, 371)
Existen otros aspectos teológicos importantes, que consideraremos de manera breve. Estos son:
6. El domingo como sacramento temporal de la Pascua
El domingo nos recuerda insistentemente cada semana la Resurrección de Jesús, en la plenitud de los acontecimientos de aquel gran día. El Papa Inocencio I escribía en el siglo V: "Celebremos el domingo por la venerable resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, no sólo en Pascua, sino cada semana"[4]. Para el evangelista Juan en la Pascua, se recibe al Espíritu Santo y el envío a la misión. Así cada domingo somos enviados a anunciar a Cristo resucitado.
7. El domingo día de la asamblea, "Ekklesia" y de la Eucaristía
Cristo resucitado reúne a sus discípulos en torno a Él, de igual forma la Iglesia se estrecha en torno al Resucitado en el memorial, disfrutando de su viva y permanente presencia. La Iglesia se reconoce como cuerpo del Señor cuando convocada por la palabra, se ha hace un solo cuerpo y un solo espíritu por la Eucaristía. Aquí radica la importancia de la asamblea eucarística, en que es parte del resucitado, y miembro de un todo; aquellos que no participan de esta comunidad atentan contra la cabeza, Cristo y contra los hermanos. Juan Pablo II nos dice: "La vida eclesial tiene en la Eucaristía no sólo su fuerza expresiva especial, sino como su "fuente". La Eucaristía nutre y modela a la Iglesia."[5] La Eucaristía dominical, nos abre y nos introduce al ser de la Iglesia, es un estar con el Resucitado y con los hermanos. Siguiendo con las palabras de Juan Pablo II: "ninguna (actividad) es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía"[6]
8. Es el día del Espíritu Santo.
El domingo no sólo nos recuerda el día de Pascua, sino también el día de Pentecostés; porque el día del Señor se actualiza en la Iglesia por el Espíritu de Pentecostés, que la reúne en asamblea espiritual y la llena de la gracia del tiempo nuevo y escatológico. Esto lo podemos verificar en un texto del Ambrosiaster: "Pentecostés, el día cincuenta después de Pascua, tiene este significado: como después de la semana el primer día es el día del Señor, en el que se cumplió el misterio de Pascua, cuando la humanidad fue redimida y recibió la salvación... así el día de Pentecostés fue el primero después de las siete semanas. El Hecho de Pentecostés cae siempre en domingo, para que sea evidente que todo lo que constituye la salvación del hombre ha tenido su principio y tiene su cumplimiento en el día del Señor"[7].
III. LA LITURGIA.
Ahora miraremos, cómo la riqueza del domingo se celebra en la Iglesia. Para esto centraremos nuestra atención sólo en algunos aspectos de la liturgia como son:
El Calendario litúrgico.
Todos los domingos del año litúrgico son domingos pascuales, incluso aquellos que caen en los tiempos litúrgicos especiales: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua. En cuanto a los del tiempo ordinario son 33 o 34, aunque algunos son ocupados por celebraciones especiales de fiestas propias del Señor (Cristo Rey) o trasladadas (Ascensión, Corpus Christi).[8]
Leccionario dominical[9]
La Iglesia a través de las lecturas nos quiere hacer ver cómo Dios nos habla, especialmente en los domingos, en el día en que la asamblea escucha la palabra; es por eso que se hace necesaria una celebración donde la palabra sea decorosamente proclamada, comentada por los ministros y atentamente escucha por la asamblea.
Toda celebración dominical, tiene tres lecturas, la 1° del AT, la 2° del NT (epístolas de los Apóstoles o Apocalipsis, según sea el caso) y el Evangelio, en todo esto contemplamos la historia de la salvación poniendo al centro a Cristo.
La Ordenación para las Lecturas contiene lecturas para 34 domingos, en ocasiones son sólo 33. Algunos domingos pertenecen a otro tiempo litúrgico (Bautismo del Señor y Pentecostés) o bien quedan impedidos por una solemnidad (Santísima Trinidad, Jesucristo Rey del Universo).
En cuanto a las lecturas del AT, han sido seleccionadas en relación a las perícopas evangélicas, resaltando así la unión y complementariedad de ambos testamentos. Se buscó también que se puedan conocer los principales pasajes del AT.
En las lecturas de los Apóstoles, se propone una lectura semi-continua de las cartas de san Pablo y de Santiago (las cartas de san Pedro y san Juan se leen en Pascua y Navidad).[10]
Presentamos el esquema de los domingos del ciclo A, el cual es parecido al B y C, este esquema se compone:
Presentación de Jesús. Domingos del 1-3Reino de Dios y los discípulos de Jesús. 4-9Iglesia Misionera. 10-13Parábolas del misterio del Reino 14-17Misterio de la Iglesia. 18-24Características del Reino de Dios. 25-31Espera del Reino. 32-34
IV. PROBLEMAS PASTORALES DEL DOMINGO
Problemas del domingo del hombre moderno
El día del Señor posee unos valores tan decisivos para la fe y para la vida eclesial que es preciso que todos los laicos y pastores hagamos un esfuerzo de creatividad para vivirlo en el contexto de los nuevos desafíos que plantea la cultura, la organización y el estilo de vida contemporáneos. Nuestros domingos son muy distintos a los de nuestros abuelos, y el domingo de la próxima generación será aún diverso del nuestro. El ritmo de vida y del trabajo actual representan un gran dificultad para la vivencia del día del Señor; muchas veces prevalecer solo el sentido moralista o jurídico del precepto lo cual también es un dificultad para disfrutar el alcance del domingo[11].
Orientaciones pastorales del domingo
La pastoral del día del Señor requiere de mucha atención, porque afecta a numerosos aspectos de la vida de la Iglesia, comenzando con la celebración de la Eucaristía. Pero el punto de partida que más urge es la catequesis del domingo, qué es y qué significa el día del Señor, esto es para ayudar a los cristianos a vivirlo verdaderamente. En está catequesis se deberá formar en el verdadero significado del domingo, del ser cristiano, la vocación y la misión de la Iglesia en el mundo; es necesaria una catequesis sistemática que enseñe los valores del domingo y sobre todo el modo de santificarlo en esta nueva cultura. La catequesis podrá tener en cuenta los siguientes puntos:
• El origen del domingo
• Los nombres del domingo
• La eucaristía dominical y la presencia del Señor
• La santificación del domingo y de las fiestas
• Como celebrar el domingo hoy
• También la homilía y las moniciones[12]
La celebración de la misa dominical, ya a partir de las primeras vísperas, es una realidad que puede facilitar la participación. Estamos ya en el pleno domingo, según San León Magno cuando decía que el domingo comenzaba con la tarde del sábado. Ante todo es necesario recuperar para el domingo el sentido positivo y gozoso, de una conciencia filial a Dios y eclesial a los hermanos, para que más allá de un precepto llegue a ser una motivación de fe. A nivel celebrativo es necesario animar la Eucaristía con la plena participación de todos, con la variedad de expresiones y propuestas que ofrece la Iglesia.
Otras cuestiones pastorales
Consideremos un principio fundamental para la celebración del domingo. El concilio Vaticano II, cuando habló del domingo en el SC 106, no se limitó a señalar el origen, el nombre, la celebración y el contenido de este día festivo primordial, sino que formuló un principio trascendental: "No se antepongan al domingo otras solemnidades, a no ser que sean, de verdad, de suma importancia". Después del Vaticano II, las normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, publicadas el 21 de marzo de 1969, que se pueden leer entre los documentos que encabezan el misal romano. Los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua tienen prevalencia sobre las fiestas del Señor y sobre las solemnidades, de manera que las que caigan en uno de estos domingos deben ser trasladadas, normalmente al lunes siguiente.
La celebración de la Eucaristía es el centro del día del Señor, su momento más significativo y expresivo. Sin ella falta lo principal del domingo. Ahora bien: el día del Señor no se ciñe únicamente a la celebración eucarística. Como recuerdan las Normas universales sobre el año litúrgico y el Calendario, el día es santificado no sólo por la Eucaristía, sino por el Oficio Divino y por otros actos de piedad y de vida cristiana los cuales deben ser promovidos. Por consiguiente, la santificación del domingo no queda reducida a la participación en la santa Misa, aunque es el acto más importante e imprescindible.[13]
PREGUNTAS:
1. ¿Se procuran en tu diócesis y parroquia, las moniciones previas a la celebración y a las lecturas bíblicas, surgidas desde la realidad propia?
2. ¿Conoces alguna catequesis diocesana y/o parroquial, que ayude al Pueblo de Dios, a una mejor participación en las celebraciones dominicales?
3. ¿Qué tipo de preparación conviene realizar en las comunidades parroquiales de tu diócesis, previas a la celebración dominical? En el entendido que la santificación del domingo, no es solamente la participación de la celebración eucarística.
EL AÑO LITÚRGICO[14]
Una vez analizado el domingo, hagamos la siguiente consideración: La existencia humana no puede entenderse si no inmersa en el tiempo y el espacio; de igual forma las celebraciones de la Iglesia se enmaran dentro de estas coordenadas dotándolas de unas riquezas inimaginables.
1. El tiempo
El tiempo para el cristiano, es más que la sucesión de momentos, que la medida de todas las cosas en cuanto a su duración, lo cual es el tiempo matemático basado en el movimiento del universo, llamado tiempo cósmico. El cristiano y el hombre en general experimentan un tiempo interior, una autoconciencia refleja del devenir de su existencia, que no coincide con el ritmo y la velocidad del tiempo cósmico; el hombre aspira y busca romper con la sucesión de momentos y vivir en el tiempo eterno, el tiempo de los dioses, llamado tiempo sagrado; éste sería una renovación y repetición de un acontecimiento místico, que se buscare reproducir mediante ritos.
Sin embargo, el tiempo cristiano tampoco se reduce al tiempo interior y al tiempo sagrado entendido como una eternidad cíclica, sino que tomando elementos del tiempo bíblico, es decir: de la acción salvadora de Dios en medio de su pueblo donde el tiempo viene a ser lugar de la manifestación de Dios, una fracción de la eternidad, un camino hacia adelante, hacia un futuro mejor; es dotado de la novedad y plenitud de Cristo. Gracias a la presencia actuante de Dios, el tiempo histórico de los hombres resulta ser un tiempo histórico divino, tiempo histórico salvífico, alcanzado su perfección en Cristo; en Él coinciden dos fases o momentos de la única historia salvífica: el anuncio y el cumplimiento.
2. El tiempo en la liturgia.
La liturgia cristiana, es presencia de una salvación que se realizó en el tiempo y que debe seguir relazándose en esta dimensión de la existencia de los hombres. El tiempo litúrgico viene a ser la participación en la obra salvadora de Cristo. En este sentido los tiempos litúrgicos forman parte de la estructura organizativa de la liturgia para distribuir mistagógicamente los distintos aspectos del misterio de Cristo a lo largo del año; el tiempo litúrgico es un signo de salvación y un modo de presencia de Cristo en el tiempo de los hombres.
La riqueza del tiempo litúrgico se ha ido estructurando en la Iglesia poco a poco y dependiendo en ocasiones de las localizaciones geográficas; pero con todo esto se ha estructurado universalmente siguiendo diversos ritmos: diario, semanal y anual.
a) El ritmo diario.
El primero y fundamental ritmo de la celebración está marcado actualmente por el día natural, unidad fundamental de todas las ordenaciones del tiempo litúrgico; "cada día es santificado por las celebraciones litúrgicas del Pueblo de Dios, principalmente por el sacrificio eucarístico y por el oficio divino. El día litúrgico comienza a media noche y se extiende hasta la medianoche siguiente. Pero la celebración del domingo comienza ya en la tarde del día precedente"[15]
El centralidad del día está marcado, por la celebración eucarística, y como una proyección al resto de las horas el Oficio Divino, principalmente con las Laudes y las Vísperas, las cuales situadas al inicio y al final del día, contribuyen a la santificación de toda la jornada; a estas oraciones acompañan, las horas, Tercia, Sexta, Nona, llamadas horas intermedias.
b) El ritmo semanal
La semana es el período de siete días, que tiene su origen en el calendario lunar. La semana equivale a una fase distinta y a la cuarta del mes lunar, este es un sistema muy antiguo proveniente de los pueblos sumerio-acadios e indoiranios, de quienes lo tomaron los hebreos; el día más característico para éstos, lo fue el Shabat.
En el cristianismo se observó el sábado al principio (cfr. Mt 28, 1; Jn 19,24), pero muy pronto el primer día de la semana, recuerdo del comienzo de la creación, terminó por suplantar al sábado como día festivo y centro de la semana.
La liturgia tiene en cuenta el ritmo de la semana, pero sólo llama por su nombre al domingo, y a todos los demás días como ferias, feria II-lunes, feria III martes, etc. Para la liturgia todo día es festivo, de ahí el nombre de feria, desde el punto de vista de la santificación del tiempo por la presencia permanente de Cristo resucitado en su Iglesia. El domingo es el centro y eje de la semana. Pascua semanal.
c) El ritmo anual.
El año tiene un valor simbólico, nos enseñan la evolución del curso de la vida; de aquí también que sea un periodo particularmente importante para evocar la totalidad el misterio de Cristo y la obra de la salvación en nosotros, desplegando cada uno de los aspectos, desde la encarnación y el nacimiento del Señor hasta su glorificación y la expectación de su venida última, todo ello en el círculo del año (Cfr. SC 102)
El año litúrgico como unidad celebrativa tiene su centro en la solemnidad de la Pascua; aunque han existido problemas para su fijación en el calendario; fue en las prescripciones del concilio de Nicea, donde se determina que la Pascua se debía celebrar el domingo siguiente al Plenilunio de primavera. Esto hace que la fecha oscile en el marco de un mes, por el desajuste entre el calendario lunar y el solar. Esto se produce entre el 22 de marzo y el 25 de abril.
Todo el calendario se estructura entorno a la solemnidad de la Pascua, por tanto de Cristo, así el año litúrgico es año del Señor, año cristiano.[16]
Valor sacramental del tiempo litúrgico
"Los tiempos y los ritmos de la celebración tienen un valor significativo no solo desde el punto de vista de la fenomenología religiosa, sino también en el contexto de la economía de la salvación. Esto quiere decir que el tiempo litúrgico es un signo portador de una cierta eficacia salvífica, en virtud de su institución por la Iglesia que quiere multiplicar en la existencia de los hombres los medios y los modos de la presencia de su Señor."[17] La Iglesia ha formado el año litúrgico, por que estas realidades llenas de contenido ya existían, portando la gracia de Cristo de manera semejante a los sacramentos.
Si bien los tiempos litúrgicos están cargados de un profundo contenido, su concreción y eficacia en el hombre no depende solamente de que figuren en el calendario sino de que de hecho sean guardados y celebrados, como días de la presencia y de la acción de Cristo en la historia humana. Los tiempos litúrgicos son el marco de la presencia actual de la salvación en el aquí y ahora de la existencia de los hombres, pero le exigen a éste, la entrega de su entera libertad.
Estructura del año litúrgico actual[18]
El calendario litúrgico actual quedó establecido por el Calendario Romano de 1969, el cual recogía las orientaciones del Vaticano II. Con lo cual se buscaba devolver al domingo su carácter de fiesta primordial y al Triduo Sacro el puesto preeminente, y resituar en su debida jerarquía las fiestas del Temporal y las del Santoral. El resultado es el siguiente:
a) El año litúrgico inicia en las primeras vísperas del primer domingo de Adviento y concluye con la hora de nona del sábado último del Tiempo Ordinario.
b) El Triduo Sacro es el culmen de todo el año litúrgico. El Triduo comienza en la Misa Vespertina de la Cena del Señor del Jueves Santo, tiene su centro en la Vigilia Pascual y se concluye con las segundas vísperas del domingo de Resurrección. La Vigilia Pascual es la madre de todas las vigilias porque en ella se celebra la Resurrección de su Señor.
c) El tiempo Pascual se prolonga durante cincuenta días; son como un solo día y se celebra especial alegría y gozo; es el tiempo más propio para cantar el aleluya. Se extiende desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Todos los domingos son de Pascua. Durante los primeros ocho días se celebra la Octava de Pascua, el día 40° la Ascensión (salvo que se traslade al domingo VII de Pascua) y el día 50° la clausura de la cincuentena Pascual. Todo el tiempo de Pascua y no sólo el día de Pentecostés, es tiempo del Espíritu Santo.
d) La Pascua se prepara con el Tiempo de Cuaresma; tiempo propicio para el catecumenado y para que los bautizados en el ejercicio de la penitencia se preparen a celebrar el Misterio Pascual. Comienza el miércoles de Ceniza y concluye inmediatamente antes de la Misa Vespertina del Jueves Santo. Los domingos se llaman I, II, III, IV, V de Cuaresma; el VI se llama Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, y da comienzo a la Semana Santa. El jueves por la Mañana o un día próximo, según aconseje la prudencia pastoral, el obispo de la diócesis celebra en la catedral la Misa Crismal, en la que se bendice los Santos óleos. Durante este tiempo no se dice el aleluya.
e) Después de la celebración del Misterio Pascual, nada más antiguo en la Iglesia que la memoria de la Navidad y de su primera manifestación; esto tiene lugar durante el Tiempo de la Navidad; el cual trascurre entre las primera vísperas de Navidad y el Domingo siguiente a la Epifanía. La Natividad del Señor, tiene su octava, aunque un tanto peculiar, pues se celebran las fiestas de san Esteban (26), san Juan Evangelista (27), los santos Inocentes (28), los días 29, 30, 31 como días de la octava; el 1 de enero, día de la Octava, se hace memoria solemne de Santa María, Madre de Dios. La Epifanía se celebra el 6 de enero, a no ser que se asigne al domingo que cae entre el 2 y el 8 de enero. El domingo entre la Navidad y el 1 de enero se celebra la fiesta de la Sagrada Familia; el que cae entre el 2 y el 5 de enero es el II después de Navidad; y el siguiente al 6 de enero, el Bautismo del Señor.
f) Como preparación a la Navidad, se celebra el tiempo de Adviento, que comienza en las primeras vísperas del domingo más próximo a san Andrés (30 de noviembre) y se prolonga hasta las primeras vísperas de Navidad. Las ferias de 17 al 24 de diciembre acentúan el carácter de preparación a la Navidad.
g) Existen además 33/34 semanas que se llaman Tiempo Ordinario, porque no celebran un misterio concreto sino la globalidad del misterio de Cristo. Comienza el lunes siguiente al Bautismo del Señor y se prolonga hasta el martes anterior al Miércoles de Ceniza; luego se reanuda el lunes siguiente a Pentecostés y se prolonga hasta el comienzo del Adviento.
h) Todas estas celebraciones constituyen el Temporal o el Propio del Tiempo; que se diferencia del Santoral o Propio de los Santos, que celebra a la Santísima Virgen y a los santos en cuanto han vivido y reflejado fielmente el Misterio Pascual. Estas fiestas son de tres categorías: solemnidades, fiestas y memorias obligatorias o libres.
i) El domingo, en cualquier momento del año, prevalece sobre cualquiera otra celebración; y los de Adviento, Cuaresma y Pascua, incluso sobre las solemnidades de la Inmaculada, la Anunciación y San José.
Teología del año litúrgico
El año litúrgico es mucho más que un conjunto de ciclos y de tiempos de la celebración con sus ritmos propios, es un signo sagrado[19], es el resultado del camino recorrido por cada rito particular vivido en la Iglesia tanto de oriente como de occidente, con el único fin de recordar y vivir el misterio de Cristo para hacerlo presente y actual en el tiempo de los hombres.
Desde la perspectiva teológica el año litúrgico es una epifanía de la bondad de Dios que ha intervenido en la historia de la salvación, pero también es el resultado de la búsqueda de una respuesta el Pueblo de Dios a esa bondad en la fe y la conversión, una búsqueda de respuesta y fidelidad a la manifestación de Dios.
El año litúrgico se compone de varios elementos, entre los que encontramos, una plataforma judía (año litúrgico hebreo) pero con la novedad decisiva de Cristo, que los primeros cristianos fueron modelando; encontramos elementos como, la lectura y la proclamación de la Palabra, una catequesis existencial orientada a la participación sacramental y litúrgica; todos esos elementos son los que han dado origen al año litúrgico como realidad simbólica y salvífica.
a) Protagonismo de Cristo en el año litúrgico
El año litúrgico es para, en y desde Cristo; la Iglesia apostólica fue testigo de esta centralidad, de este protagonismo.
Desde los sinópticos hasta Juan, desde los Hechos hasta el Apocalipsis, Cristo aparece como el auténtico y verdadero protagonista de las fiestas del Año litúrgico hebreo; de Pascua, porque es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (...) de Pentecostés, porque ha subido a los cielos para recibir del Padre y derramar sobre los hombres la nueva Ley del Espíritu, como primicias de la salvación escatológica; de Tabernáculos, porque es la fuente del Agua viva del Espíritu y, como Luz del mundo, llena con su presencia toda la tierra; de Expiación, porque ha entrado de una vez para siempre en el tabernáculo eterno con su sangre (...); de Año Nuevo, porque él, novedad absoluta, ha inaugurado una nueva era, un año de gracia y de amnistía que no tendrá fin; de la Dedicación, porque él es el nuevo Templo donde se dará culto al Padre en Espíritu y verdad; de las Suertes, porque él es el primogénito, vencedor de la muerte e instaurador de la vida; del Sábado, porque es su señor y dueño (...)[20]
Con este potencial de fiestas y con la novedad y bajo la guía del Espíritu del Resucitado, se fue constituyendo el año litúrgico, que no es más que el año de Cristo.
b) La imitación de Cristo.
Como hemos visto el año litúrgico, también es el intento del hombre por responder a su Señor; los cristianos tienen la necesidad no sólo de celebrar a Jesucristo, sino de conformarse a él; para vivir en la santidad a la cual están llamados (cfr. Mt 5,48). El año litúrgico es propuesto a los fieles como camino de glorificación de Jesucristo y de fidelidad al Padre en el Espíritu.
Cuando hablamos de imitación de Cristo no sólo nos referimos al sentido ético y moral, sino como lo considera el vocabulario bíblico, patrístico y litúrgico, es una configuración o conformación del hombre bautizado y confirmado a Cristo, imagen de la gloria del Padre (cfr. 1Cor 11, 7; 2Co 4,4; Col 1, 15); este tipo de imitación es llamado por algunos autores la "Ley de la mimesis de la vida de Cristo" es un proceso que comienza con los sacramentos y que poco se ve desenvolviendo hasta desarrollar en él su condición plena de hijo adoptivo de Dios.[21]
Este desarrollo se logra en la confrontación y configuración con cada uno de los misterios de Cristo que son celebrados en los sacramentos pero también en el año litúrgico. Así la imitación es la reproducción en cada uno de nosotros de los misterios de la vida de Cristo.
c) La vida sacramental del cristiano
Los sacramentos juegan un papel importante en el año litúrgico; desde el inicio de la Iglesia, la vida sacramentaria no se separó de la celebración del año litúrgico. La imitación de Cristo, pedía que se haga histórica su imagen en la vida cristiana, de aquí se derivan la participación litúrgica y la administración de los sacramentos. No es casualidad que en la noche pascual, se celebrase la iniciación cristina. Tanto la vida sacramental como la participación en la liturgia no tienes otro fin que la participación plena en la vida de Cristo. Los cambios substanciales obrados en nosotros por los sacramentos, son rejuvenecidos en las celebraciones de la vida de Cristo, el año litúrgico.
d) La presencia del Señor en el año litúrgico.
Los acontecimientos salvíficos tuvieron lugar en el tiempo y el espacio; por tanto no pueden repetirse en su entidad espacio-temporal, son irrepetibles en sí mismos. Ahora bien los méritos salvíficos del acontecimiento Cristo universalizados por el Espíritu Santo, son celebrados con la clara conciencia de participar en ellos. Las celebraciones no sólo actualizan la eficacia salvífica de los acontecimientos pasados, sino también de una cierta presencia de dichos acontecimientos de salvación, de manera particular de los protagonizados por el Verbo encarnado. Con el papa Pío XII, en la encíclica Mediator Dei podemos decir:
El año litúrgico... no es una fría e inerte representación de hechos que pertenecen al pasado, o una simple y desnuda evocación de realidades de otros tiempos. Es más bien Cristo mismo, que vive en su Iglesia siempre y que prosigue el camino de la inmensa misericordia... a fin de poner a las almas humanas en contacto con sus misterios y hacerlas vivir por ellos, misterios que están perennemente presentes y operantes no en la forma incierta y nebulosa de que hablan algunos escritos recientes, sino porque, como enseña la doctrina católica y según la sentencia de los doctores de la Iglesia, son ejemplos ilustres de perfección cristiana y fuentes de la gracia divina por los méritos y la intercesión del Redentor y porque perduran en nosotros con su efecto, siendo cada uno de ellos, en la manera adecuada a su índole particular, la causa de nuestra salvación[22]
La presencia de Cristo se realiza en las celebraciones, en la asamblea reunida en su nombre, en la proclamación de su Palabra, en los actos sacramentales y sobre todo en la Eucaristía; con todo esto Cristo va santificando a la Iglesia y santifica los días, semanas y los años; pero de estos días determinados, sobresale el domingo; el domingo y las fiestas, los tiempos y el año litúrgico, están inundados de la presencia de Jesucristo, y desde estas realidades se santifica toda la existencia humana, es decir la cultura, la familia, la sociedad, etc.
e) El año litúrgico y la Eucaristía
El año litúrgico como epifanía de Cristo en el tiempo, es celebrado y actualizado mediante el sagrado recuerdo de lo ocurrido en Cristo y por Cristo para nuestra salvación. Este sagrado recuerdo coincide con la anamnesis-epíclesis eucarística, es decir con la celebración de la eucaristía.
La eucaristía aparece como el centro del día y del año litúrgico, como el núcleo que sintetiza el misterio de salvación desplegado en los distintos tiempos de la celebración; todo tiempo litúrgico gira entorno a la celebración eucarística. Entre el año litúrgico y la plegaria eucarística cumbre de la eucaristía, existe un significativo paralelismo, que nos manifiesta la estrecha relación de estas dos realidades; Odo Casel nos lo dice de la siguiente manera:
Hay que prestar atención al notable paralelo que existe entre el desarrollo de la anamnesis y el del año eclesiástico. La más antigua anamnesis menciona la Pasión; de la misma manera la Pascua era la única fiesta de los cristianos, englobando en ella la muerte y resurrección (con la Ascensión y la venida del Espíritu Santo). Correspondiendo a la rica expansión del año eclesiástico, que comienza en el siglo IV, la anamnesis manifiesta por su parte un desarrollo más amplio. Muy pronto Oriente celebra la Epifanía como la segunda fiesta principal, e igualmente la encarnación aparece también como el objeto de la anámnesis (...)[23]
Año litúrgico y eucaristía son inseparables, porque esta última es centro y sustento de la primera. No hay año litúrgico, ni domingo, ni fiesta o solemnidad alguna, sin la eucaristía; como indisoluble son cada uno de los elementos con el misterio pascual.
PREGUNTAS
1. Si la Pascua, es el centro del año litúrgico, ¿cómo prepararla adecuadamente desde nuestras comunidades parroquiales?
2. El año litúrgico es cristocéntrico ¿conoces alguna propuesta desde tu diócesis, para acompañar adecuadamente las fiestas patronales?
3. ¿Qué elementos catequéticos habrá que remarcar más adecuadamente para lograr que el año litúrgico, toque y transforme la vida de nuestras comunidades parroquiales y a las personas que las formamos?
BIBLIOGRAFÍA.
Abad, José, Diccionario del Agente de Pastoral Litúrgica, Madrid, 2003
Borobio, Dionisio, La celebración en la Iglesia III, ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca 20003
Castellano, Jesús, El Año Litúrgico Memorial de Cristo y Mistagogía de la Iglesia, Barcelona 1994.
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los sacramentos, Normas universales del Año Litúrgico y del calendario del 21 de marzo de 1969.
Danielou, Jean, El Domingo, cuaderno Phase 11, Barcelona 1968.
Juan Pablo II, la Santificación del Domingo "Dies Domini", México 1998.
López Martín, Julian, El Domingo Fiesta de los Cristianos, Ed. B.A.C., Madrid 1992.
Renier, Louis-Michel (ed) Exultet. Enciclopedia práctica de la Liturgia, Bilbao 2002.
[1] Cfr. Castellano Jesús, El Año Litúrgico Memorial de Cristo y Mistagogía de la Iglesia, Barcelona 1994, p.232. de aquí serán tomados algunas citas textuales de la época Apostólica.
[2] Cfr., López Julián, El Domingo Fiesta de los Cristianos., Madrid 1992, pp. 55-74.
[3] Cfr. Castellano Jesús, El Año Litúrgico, memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Barcelona 1994, pp 236-239.
[4] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica, "Dies Domini", sobre la santificación del Domingo, n. 19
[5] Juan Pablo II. Op. Cit. n. 32
[6] Ibid. nn. 34-36
[7] Libro de las cuestiones del Antiguo y del Nuevo Testamento95,2: CSEL 50, 1908
[8] Cfr. Castellano Jesús, Op. Cit. p 240. También Renier Louis-Michel (ed) Exultet. Enciclopedia práctica de la Liturgia, Bilbao 2002, pp.90-94.
[9] ORDENACIÓN DE LAS LECTURAS DE LA MISA, en Leccionario I, XXXI-XXXII y XLII-XLIV
[10] Principalmente se lee la carta a los Corintios, por ser larga se distribuye a los largo de los tres ciclos litúrgicos, la de los Hebreos lo encontramos en el ciclo B y C. en el ciclo A encontramos la carta a los Romanos. Estas lecturas pueden ser explicadas autónomamente pero hay que tener en cuantas la unidad orgánica de la Palabra de Dios, esto en vistas de hacer un mensaje sólido para los fieles.
[11] Cfr. Castellano Jesús, El año Litúrgico Memorial de Cristo y Mistagogía de la Iglesia, Barcelona 1994, p. 244.
[12] Cfr. Martín Julián, El Domingo Fiesta de los Cristianos, Madrid 1992, pp.165-169
[13] Ibíd. p.192
[14]Cfr. Borobio Dionisio, La celebración en la Iglesia III, ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca 20003, pp 31-70
[15] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los sacramentos, Normas universales del Año Litúrgico y del calendario n.3.del 21 de marzo de 1969.
[16] También se inscriben en el mismo círculo del año las conmemoraciones de la Virgen María y de los Santos; en este sentido se puede hablar de un año mariano, no porque la memoria de la Santísima Virgen constituya un año litúrgico paralelo, sino porque el año litúrgico en cada uno de sus tiempos tiene un matiz mariológico por la presencia de María en el misterio de Cristo.
[17] Borobio Dionisio, Op. Cit. p 45
[18] Cfr. Abad José, Voz: Año litúrgico en Diccionario del Agente de Pastoral Litúrgica, Madrid, 2003.
[19] Cfr. Ibíd. p 58
[20] Borobio Dionisio, Op. Cit. pp 60-61
[21] Cfr. Ibíd. pp. 61-62
[22] Pío XII, La sagrada liturgia, 1963, n 205. en BOROBIO Dionisio, Op. Cit. p 66
[23] Casel Odo, Faites ceci en mémoire de moi, París 1962, pp 41-44 en Borobio Dionisio, Op. Cit. p 69
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