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1.1.La dimensión evangelizadora de la liturgia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pbro. Jorge Raúl Villegas Chávez   
Miércoles, 06 de Octubre de 2010 11:33

Como parte del documento: LA DIMENSIÓN EVANGELIZADORA Y MISIONERA DE LA LITURGIA

Por lo que más arriba se ha dicho, nos queda claro que la liturgia tiene una dimensión evangelizadora, ahora la cuestión que se presenta es saber cómo la liturgia realiza tal acción eclesial.

 

 

La liturgia debe evangelizar siendo fiel a su naturaleza, es decir, sin perder de vista su finalidad principal, lo cual se concretiza en que, la liturgia anuncia la buena noticia celebrándola con un lenguaje propio, el lenguaje litúrgico, el cual es un lenguaje simbólico (que puede ser verbal o no verbal)[1],  compuesto de personas, lugares, cosas, ritos, gestos, símbolos, la música, el canto, la imagen y el silencio, y así, al anunciar la buena noticia celebrándola, la liturgia educa de esta manera en la fe. A este respecto es bueno recordar lo que dice uno de los padres del Movimiento Litúrgico, el P. Romano Guardini, que la liturgia es “el dogma hecho oración”[2].

Evangeliza la liturgia, desplegando festivamente la salvación anunciada, haciéndola presente en la comunicación y en el gozo, dándonos un pregusto de su realización total, al mismo tiempo que nos libra de toda ilusión y orgullo.

Por tanto, cada una de las celebraciones deberá ser analizada y valorada en cuanto si ejerce o no de hecho su fuerza evangelizadora de acuerdo con su peculiar dinámica y estructura.

Sí, nos queda claro, la liturgia tiene una fuerza evangelizadora, pero también hay que cuidar que no se le debe reducir a la categoría de instrumento pedagógico, porque su finalidad no es didáctica sino ante todo doxológica[3].

Aclarado lo anterior, ahora se suscita otro interrogante, ¿cómo logar que evangelice la liturgia? Esta es una cuestión importante, sin embargo no es un problema teológico, sino pastoral, ya que nadie lo pone en duda. Aquí la cuestión es, cómo hacer para que los signos propios de la liturgia “funcionen” de modo efectivo y, por tanto, adquieran su plena eficacia con vistas al anuncio y a la comunión.

 

Este, en efecto, es como la partitura de una sinfonía, cuyo resultado interpretativo varía de modo notable, tal vez sin alterar ni siquiera una sola nota, dependiendo de la calidad del director y de los músicos que la interpretan. Esto requiere pues la atención a algunos factores, tales como: una atenta valoración de la asamblea que –en la liturgia– es evangelizada y evangelizadora; conjugar lo objetivo contenido en el libro litúrgico, con lo subjetivo que pertenece a la asamblea que celebra; ser fieles a Dios y al hombre; al misterio que se celebra y a todos aquellos que son destinatarios y protagonistas. Se requiere también una pastoral cada vez más insertada en el año litúrgico, en el que la palabra, contenida en el instrumento litúrgico del Leccionario, explica todas sus posibilidades de ser un buen instrumento catequético.

 

Teniendo esto presente, la liturgia se convierte de verdad en lo que el decreto PO dice acerca de la eucaristía, que es fons et culmen totius evangelizationis, es decir, fuente y cumbre de la evangelización (n. 5b), momento y lugar privilegiado en el diálogo entre Dios y su pueblo, de comunicación de la fe y de la experiencia salvífica de la edificación de la comunidad, del testimonio de la caridad y del servicio del hombre[4].

1.2.Dimensión misionera de la liturgia

 

Después de haber presentado y profundizado en la dimensión evangelizadora de la liturgia, pasemos ahora a hablar de la segunda dimensión que nos ocupa nuestro tema, de su dimensión misionera.

Partiendo de la celebración de la Eucaristía, corazón de la liturgia, la despedida al finalizar la Misa es como una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad (cfr. Mane Nobiscum Domine (MND) 24).

La Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (SaC), dice al respecto: “Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, “missa” significaba simplemente “terminada”. Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión “missa” se transforma, en realidad, en “misión”. Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial” (n. 51).

El mismo documento afirma también que, la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión, porque ella es “principio y proyecto de misión” (cfr. MND 24-28). “Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera” (SaC 84), ya que “la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el corazón de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32)”. Por tanto, “no podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana” (SaC 84).

O como dice el mismo DA, “La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (n. 251). 

Ahora si estamos en el punto neurálgico de la dimensión misionera de la liturgia: la liturgia (en especial la liturgia eucarística) es el centro y el culmen de la vida y misión de la Iglesia, lo cual conlleva una exigencia pastoral, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, que surge del Misterio eucarístico, creído y celebrado. Así se evitará que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la decisiva obra de promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización (SaC 86).

Pero, ¿cómo concretizar tal dimensión en la existencia cristiana?, ¿cuáles serán las implicaciones sociales de la dimensión misionera de la liturgia, en especial, del misterio eucarístico?

La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida siendo testigos de su amor (n. 85), anunciar a Jesucristo, único salvador (SaC 86), ser “pan partido” para los demás y, por tanto, trabajar por un mundo más justo, fraterno (n. 88) y pacífico (n. 89), como dice el DA: “El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios” (cfr. DA 278, e).

En conclusión, la dimensión misionera de la liturgia nos tiene que proyectar a dos tareas esenciales: a anunciar a Jesucristo siendo testigos de su amor y a poner en práctica la dimensión social de nuestra fe con todas sus implicaciones.

Poner en práctica la dimensión social de nuestra fe implica, entre otras cosas: promover la Doctrina Social de la Iglesia, con la finalidad de evangelizar la cultura, que es hoy en día el gran desafío de la Iglesia, teniendo presente a las personas, las comunidades y las estructuras[5].

¡Cómo nos hacen falta testigos de la santidad social![6] Hoy más que nunca, nuestra Iglesia y nuestro mundo tienen necesidad del testimonio de la vida cristiana en la familia, en la educación, en la política, en la economía, en el mundo de la bioética, en la vida profesional, en general en todos los ámbitos de la vida sociocultural, donde se hace patente, indispensable, necesario e insustituible la presencia del laicado, viviendo su propia espiritualidad y comprometido en el campo que le pertenece, evangelizando las realidades temporales, tratando de ser sal y luz en medio de nuestro mundo con la fuerza del evangelio. Ha  llegado la hora del compromiso social de nuestra fe, para que construyamos la civilización del amor[7].



[1] Sólo el lenguaje simbólico permite expresar y comunicar en profundidad las experiencias vitales que implican a toda la persona, alma y cuerpo, conciencia y subconsciente. El símbolo es propiamente “el lenguaje del misterio”, gracias a su valencia evocadora y reveladora. Es el vehículo ideal, indispensable, para expresar y comunicar la experiencia religiosa (cfr. Alberich Sotomayor, Catequesis evangelizador. Manual de catequética fundamental, 251); véase también: Semeraro, “Liturgia y nueva evangelización”, 316.

[2] Cfr. Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, Cuadernos Phase 100, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 22000, 5-26.

[3] Cfr. Semeraro, “Liturgia y Nueva Evangelización”, 316.

[4] Cfr. Semeraro, “Liturgia y Nueva Evangelización”, 314-315.

[5] Cfr. Diócesis de San Juan de los Lagos, IV Plan Diocesano de Pastoral I, 523.

[6] Cfr. Leonardo Boff, La nueva evangelización. Perspectiva de los oprimidos, (Presencia teológica 61), Sal Terrae, Santander 1991, 159.

[7] En diferentes documentos del Magisterio se hace mención del compromiso social de la fe:  El domingo es el día de la solidaridad, ya “que el encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía dominical se concretiza en el amor al hermano”, (Dies Domini (DD) 69), lo cual se concretiza en algunas tareas: que el domingo sea para los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado (DD 69); promover la cultura del compartir (DD 70); hacer de la Eucaristía el lugar donde la fraternidad se convierta en solidaridad concreta (DD  71); hacer de la eucaristía acontecimiento y proyecto de fraternidad (DD 72), educar para que el domingo se convierta en escuela de caridad, de justicia y de paz, cambiar las estructuras de pecado en las que los individuos, las comunidades, y a veces pueblos enteros, están sumergidos (DD 73). Hacer de la Eucaristía fuente y epifanía de la comunión (cfr. MND 19-23), lo cual exige del cristiano, ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida (cf. MND 27). Promover la “cultura de la Eucaristía” que promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento (cfr. MND 26). Promover la espiritualidad de la comunión (NMI 43-45). Promover la doctrina social de la Iglesia (Sacramentum Caritatis (SaC) 91). El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social (SaC 91). Promover la justicia y la caridad (Deus Caritas Est (DCE 26-29). Organizar estructuras de servicio caritativo en el contexto social actual (DCE 30). La promoción de la dignidad humana (Documento de Aparecida 380-430). Para que exista desarrollo sustentable es necesaria la caridad en la verdad (cfr. Caritas in veritate).

 

 

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