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XXXIV Encuentro Nacional
De Comisiones Diocesanas
y Provinciales
de Pastoral Litúrgica
Tema: Parroquia y Liturgia
"La Asamblea Litúrgica"
(Pueblo de la Nueva Alianza)
Expositor: Pbro. Lic. Fco. Javier Montes Ramírez
(Arquidiócesis de Tijuana)
2-5 de Agosto del 2010
San Juan de los Lagos, Jal. "Casa Juan Pablo II"
Introducción
En todos los tiempos el sentimiento religioso y social ha impulsado a los hombres a reunirse en comunidad de índole religiosa y a formar asambleas de culto. Pero cuando Dios quiso hacerse conocer en un modo nuevo interviniendo en la historia del hombre, él se formó un pueblo que reunió de entre los otros pueblos para hacer una comunidad sacerdotal, una comunidad santa (1 Pe 2, 9). De los hombres fueron elegidos, separados de los otros, reunidos para ser entre todos los pueblos signo del plan divino de salvación[1].
En el Antiguo Testamento la denominación característica del pueblo teocrático, además de «Pueblo de Dios», es la de Q´hal Yahvé (=Iglesia de Dios) (Dt 4, 8–12), que significa "convocación de Dios", "reunión" (en griego ekklesía), "asamblea de Dios", en el sentido de que Israel es un pueblo religiosa que, por libre y amorosa voluntad de Dios, ha sido elegido, llamado, separado de los demás, congregados en comunidad y consagrado de modo especialísimo a Dios en vista a una misión especial.
El mismo sentido tienen otras expresiones relacionadas con Israel: posesión de Dios, su heredad, gente santa amada por Dios, pueblo sacerdotal objeto de las promesas de Dios[2].
Cristo se presenta como Aquel que ha venido a llevar a cumplimiento la reunión escatológica preanunciada por los profetas (Mt 23, 34–39; Jn 11, 51–52). Con los hechos (los milagros) y las palabras (las parábolas), Jesús declara que todos son convocados al a nueva asamblea del Reino de Dios, especialmente aquellos que, han sido excluidos: los ciegos, los mancos, los pobres, los paganos (Mt 22, 7–10; Lc 14, 21–23). Todos vienen invitados: los buenos y los malos (Mt 22, 10; 13, 48); en el campo del Reino crecen juntos el grano bueno y la cizaña. Un período de tiempo es concedido para la conversión antes de la separación final.
Aquella nueva reunión elimina todos los elementos de separación y de exclusión que caracterizaban al Israel antiguo: pertenencia racial, reino político, territorio geográfico, Sión como lugar privilegiado de culto, el mismo templo de Jerusalén, costumbres sociales y religiosas particulares, etc. Todos estos signos del estar–reunido religioso, que habían caracterizado las constitución del pueblo de la antigua alianza, conllevaban ya las limitaciones incompatibles con el mensaje de salvación universal anunciado por Cristo. De todos estos signos, permanecerá solo el Q´hal, signo abierto y escatológico, signo local de la convocación universal. Será precisamente este el signo privilegiado del nuevo pueblo de Dios: La Iglesia.
Antes de su ascensión, Cristo resucitado reunió a sus discípulos y los instruyó a un nuevo modo de su presencia en medio de ellos: no más una presencia perceptible por medio de su cuerpo, sino una presencia perceptible por la fe (Jn 20, 17; 20, 29), una presencia animadora del testimonio que los discípulos de Cristo deberán llevar al Maestro (Mc 16, 15; Mt 28, 19; Jn 20, 21)[3].
1. La Importancia de la Asamblea Litúrgica en la vida de la Iglesia[4]
Los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 1, 15; 2, 44. 47) hablan de la comunidad que se reúne periódicamente para escuchar la Palabra de Dios, celebrar la Eucaristía, orar en común y compartir la misma fe y bienes materiales. De los cristianos que forman parte de estas asambleas celebrativas se predica reiteradamente la nota de la unanimidad. San Pablo deja constancia de la misma realidad, aunque a veces tuvo que formular prescripciones y reproches (cfr. 1 Cor 11. 14). Algo semejante ocurre con Santiago (cfr. St 2, 1–4).
Las constituciones eclesiásticas más antiguas: Didajé, Didascalia y Constituciones Apostólicas, como los Padres apostólicos, recuerdan esta misma realidad, pues la presencia en la asamblea era el signo de la fe en Cristo. Cuando pasó el fervor de las primeras generaciones, los pastores se vieron obligados a insistir en que los cristianos debían acudir a la asamblea, sobre todo a la eucaristía, basando esta exigencia en la economía de la salvación y en la voluntad del Señor[5]. San Juan Crisóstomo destaca entre los Padres por su insistencia y profundidad en el desarrollo de esta necesidad[6].
Durante la Edad Media, la importancia de la asamblea decreció, si bien el concepto permaneció subyacente en la formulación del precepto dominical.
El Concilio Vaticano II ha recuperado el valor de la tradición, gracias, sobre todo, a su teología sobre la Iglesia como misterio de comunión, Pueblo de dios, Cuerpo y Esposa de Cristo, así como a la teología sobre la Iglesia particular (Cfr. SC 2. 6. 10. 26. 41. 106; LG cap. I, cap. II 11, cap. III 26).
2. Teología de la Asamblea Litúrgica
2.1. Naturaleza de la Asamblea Litúrgica
«La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados que, "por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales (LG 10)"» (CEC 1141).
La asamblea litúrgica se puede entender, por tanto, como una reunión de fieles, jerárquicamente constituida y legítimamente congregada en un determinado lugar para celebrar una acción que la Iglesia considera liturgia; o también como una reunión de cristianos convocados por la Palabra de Dios, presididos por un ministro legítimo y congregados en un determinado lugar para celebrar una acción litúrgica, y que goza de la presencia cualificada de Cristo.
Según esto, la asamblea litúrgica tiene las siguientes características:
1a). Ha sido convocada por Dios mismo;
2a). Cristo está presente en ella;
3a). en ella se proclama la Palabra de Dios; y
4a). se realiza el sacrificio de la Nueva Alianza —si se trata de la asamblea eucarística—, un rito sacramental o la oración del Pueblo de Dios.
2.2. La asamblea, convocación de Dios
Para que haya asamblea litúrgica no basta con que se reúna un grupo de cristianos por propia iniciativa para celebrar un acto litúrgico. Para que haya asamblea litúrgica se requiere que los reunidos estén allí para responder con fe a una invitación de Dios, que previamente les ha llamado a reunirse. La convocación es previa a la reunión, y hace que la asamblea litúrgica antes que realidad material sea un misterio. Esa convocación procede de Dios mismo, que llama a los creyentes a unirse a Cristo —sujeto principal de la liturgia y agente de la salvación— para, con Él y en Él, tributarle un culto que le sea agradable. Gracias a ello, la oración de la asamblea litúrgica no es la suma de la oración de los cristianos que la integran, sino la oración con que cada cristiano, unido a Cristo, y en Cristo a los hermanos, prolonga y personaliza la oración viva de la Iglesia. Se comprende así que la asamblea litúrgica transforme la reunión en signo: signo sagrado de la congregación que Dios obra sobre la humanidad; congregación que sólo es posible si Dios toma la iniciativa y se acerca a cada hombre para revelarle y comunicarle su designio salvífico.
Este carácter de signo sagrado y salvífico de la asamblea litúrgica da lugar a que en ella puedan detectarse las cuatro dimensiones propias del signo litúrgico en general, las dimensiones:
Dimensión conmemorativa,
Dimensión demostrativa,
Dimensión escatológica y
Dimensión comprometida[7]
La dimensión conmemorativa aparece en el hecho de las asambleas litúrgicas cristianas son el desarrollo, genuino y original al mismo tiempo, de las asambleas veterotestamentarias, puesto que éstas son la fase primitiva de la historia salvífica y, por tanto, tipo y figura de las asambleas cristianas. Gracias a la historia de la salvación —que es única y lineal—, en las asambleas litúrgicas cristianas se actualizan, de alguna manera, las mismas realidades de que eran portadoras las asambleas del Antiguo Testamento: el Pueblo de la Antigua Alianza y su misma historia, las cuales estaban radicalmente orientadas a Cristo y a su obra, así como a la Iglesia, continuadora de Cristo y de su obra hasta la Parusía final.
La dimensión demostrativa es aún más clara. En efecto, así como las asambleas del Antiguo Testamento fueron signos demostrativos y manifestativos del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, así también las asambleas litúrgicas cristianas manifiestan a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo; puesto que en cualquier asamblea litúrgica cristiana, sea pequeña o de grandes proporciones, se encuentra la Iglesia entera, sobre todo en la que preside el obispo (SC 41), y es una manifestación, una demostración, una epifanía de la Iglesia.
La dimensión escatológica emerge del hecho de que la asamblea litúrgica no sólo es un signo demostrativo de la Iglesia en su realidad presente, sino también un signo profético de lo que será la Iglesia después de los últimos tiempos y un signo profético de la gran asamblea de los santos congregada en torno al trono de Dios para celebrar la liturgia eterna después del juicio universal. La liturgia celeste está realmente prefigurada en la liturgia terrestre, de tal modo que, participando en ésta, estamos ya pregustando la liturgia celestial. De este modo, la Iglesia peregrina manifiesta más plenamente su carácter escatológico (LG 48) y realiza, ya en este mundo, su unión con la Iglesia celeste (LG 50).
La dimensión comprometida (de compromiso) es consecuencia necesaria de las dimensiones anteriores. La asamblea litúrgica, en efecto, si es un signo conmemorativo de las asambleas de la Antigua Alianza, un signo demostrativo de la Iglesia terrestre, un signo escatológico de la futura y definitiva Iglesia celeste tiene que ser un signo comprometido de un estado de vida que sintonice con estas realidades y que responda al fin último al que tienden todas las acciones litúrgicas: la glorificación de Dios y la santificación del hombres. Este compromiso se realiza en un doble momento: dentro y fuera de las acciones litúrgicas.
El compromiso durante las acciones litúrgicas lo realiza la asamblea tomando conciencia de ser comunidad y actuando como tal; lo cual comporta un intenso ejercicio de la fe y de la caridad por parte de cada uno de los allí congregados, por las que se sentirán miembros del Cuerpo Místico de Cristo y fortalecerán su unión con Dios y entre sí. El compromiso extralitúrgico se realiza llevando a la vida ordinaria: familiar, profesional, social, etc., el estilo vivido durante las celebraciones litúrgicas; estilo que no es otro que la glorificación de Dios y la santificación propia y de los demás. Este compromiso fuera de las acciones litúrgicas lo realiza —como norma general— cada uno de los miembros de la asamblea, aunque ésta sea siempre el centro propulsor de dicho compromiso.
2.3. La asamblea litúrgica, espacio privilegiado de la presencia de Cristo
La presencia de Cristo es inherente a la asamblea litúrgica, según las misma palabras del Señor: «Donde dos o más están congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 19)[8].
No se trata ciertamente, de una presencia sustancial —exclusivo de la Eucaristía—, ni excluyente de otras presencias —en la Palabra, en los sacramentos, en el ministro (cfr. SC 7)— o superpuesta o yuxtapuesta a ellas. La presencia de Cristo abre a la asamblea litúrgica a la escucha y acogida de su Palabra, conduce a participar en los sacramentos —actos de Cristo— y, sobre todo, a celebrar la Eucaristía, que hace verdadera y sustancialmente presente su Cuerpo resucitado.
En este sentido es sumamente interesante la doctrina de la Lumen Gentium, cuando afirma, desde una perspectiva eclesiológica, que en todas las comunidades cristianas, «aunque sean frecuentemente pequeñas o pobres, está presente Cristo» y «en ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor», de modo que «en toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y unidad del Cuerpo Místico, sin la cual no puede haber salvación» (LG 26).
2.4. La asamblea litúrgica, reunión de toda la comunidad cristiana
El hecho fundante de la asamblea litúrgica es la fe profesada y celebrada en el Bautismo; por eso, todos los bautizados que no haya revocado pública y expresamente su fe son miembros natos y de pleno derecho. Es, pues, una congregación universal, abiertas a todos y carentes de exclusivismos o preferencias culturales, ideológicas, sociales, espirituales..., como muestran las primeras comunidades cristianas, en las que no existían distinciones entre judíos y gentiles, siervos o libres. La verdadera asamblea litúrgica se opone frontalmente a los grupos que se cierran en sí mismos intencionalmente y excluyen a otros cristianos.
El ideal fenomenológico de la asamblea litúrgica fluye de su dimensión cristológica y eclesiológica: del mismo modo que en Cristo todos hemos sido bautizados con el mismo Bautismo y todos hemos sido constituidos miembros de su Cuerpo sin distinción de edad (niños y adultos), formación (sabios e ignorantes), condición social (pobres y ricos)..., así todos también hemos de formar parte de una misma asamblea litúrgica. De hecho, la asamblea ideal acontece cuando aparecen juntos los ricos y los pobres, los niños y los adultos, los fervorosos y los tibios, como ocurre, por ejemplo, en las misas dominicales de una comunidad rural, en las que la diversa condición social de las personas queda subsumida por la igual condición bautismal.
2.5. La asamblea litúrgica, fraternidad en la diversidad
La fe y el Bautismo no borran las diferencias de raza, lengua, cultura o situación social, pero las trascienden y transforman; por eso, la asamblea litúrgica —cuya causa originante es el Bautismo— supera con la fraternidad todas las diferencias humanas, por la conciencia que tienen los congregados de poseer la misma condición de hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
Por otra parte, al ser reflejo de la Iglesia, la asamblea litúrgica es signo de la unidad realizada en Pentecostés y de la superación de la disgregación babélica, pues como dijo San Juan Crisóstomo «la Iglesia está hecha no para dividir a los que reúnen en ella, sino para reunir a los que están divididos, que es lo que significa asamblea»[9].
Esta fraternidad está hoy amenazada por los particularismo y diferencias ideológicas y sociales de la más variada índole. De ahí la importancia de acentuar la nueva condición creada por la pertenencia a la familia de los hijos de Dios y la igualdad radical de todos los bautizados.
2.6. La asamblea litúrgica, comunidad participativa
La asamblea litúrgica tiene que ser una comunidad donde todos participen de modo consciente y activo, puesto que todos los que forman parte de ella tienen la misma fe y ha recibido el mismo Bautismo, y son miembros de la misma Iglesia.
Según esto, la acción pastoral no ha de orientarse en función de las «élites litúrgicas», sino de la totalidad —o, al menos, de la mayoría— de los que forman parte de la asamblea litúrgica.
2.7. Carácter festivo de la asamblea litúrgica
Toda asamblea litúrgica tiene carácter festivo por este doble hecho:
v porque celebra un misterio de alegría y de gozo: la salvación obrada por Jesucristo,
v y porque ella misma es portadora de un misterio de alegría y de gozo: la presencia del mismo Cristo.
Refiriéndose a este segundo aspecto, decía san Juan Crisóstomo en una homilía en la que hablaba de Pentecostés: «Si ha pasado la cincuentena, no por eso ha pasado la fiesta: toda asamblea es una fiesta. ¿Cuál es la prueba? Las propias palabras de Cristo: Allí —dice— donde dos o tres están reunidos en mi nombre, estoy Yo en medio de ellos. Cuando Cristo está en medio de los fieles reunidos ¿qué mejor prueba quieren de que es una fiesta?»[10].
La pastoral litúrgica tiene que enraizarse en este planteamiento teológico del carácter festivo de las asambleas litúrgicas, para que la dinámica celebrativa discurra por caminos salvíficos y no por los que derivan de un concepto profano o dramático de la fiesta.
3. Funciones y ministerios dentro de la asamblea litúrgica
El fiel católico, al participar en las acciones litúrgicas, no puede únicamente quedarse mirando al cielo, es decir, no es suficiente su simple presencia en la celebración, sino que es necesario que aparezca también con la alegría de la fe, la conciencia de formar parte de un pueblo sacerdotal, amado y salvado por Dios, y la exigencia de la fraternidad y del compromiso. Jesucristo nos ha dejado una misión: la de dar testimonio del Misterio Pascual, tarea que tenemos que manifestar al celebrar con fe la Liturgia. El cristiano no puede ser un simple espectador, sino que tiene que vivir, experimentar y ejercer el sacerdocio de Cristo. Todo ello exige un programa que va más allá del momento celebrativo y pide una inmediata preparación para el acto litúrgico y una prolongación de la celebración en la vida.
Es conveniente, propiciar el auténtico espíritu renovador de la Pastoral Litúrgica centrado en la celebración del Misterio Pascual, cumbre y fuente de la vitalidad de la Iglesia y de toda su actividad. Por ende, se requiere suscitar y formar, con sólidas bases teológicas y pastorales, a los agentes de Pastoral Litúrgica, para que promuevan las celebraciones dignas, la participación activa y consciente, la espiritualidad y la responsabilidad participación de sus hermanos en cada celebración del Misterio Pascual de Jesucristo.
La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, del pueblo santo reunido y ordenado bajo la guía del obispo. Por este motivo la celebración eucarística compete a todo el cuerpo de la Iglesia, pues alcanza a cada uno de sus miembros, en modo diverso y propio, según la diversidad de órdenes, ministerios y participación efectiva (SC 26). De esta manera el pueblo cristiano, «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido», manifiesta su constitución coherente y jerárquica ordenación (SC 26). A fin de que todos, ministros ordenados y fieles laicos, cumpliendo cada uno con su oficio, hagan todo y sólo aquello que pertenece a cada uno (Cfr. Institución General del Misal Romano, n. 91; SC 28).
La Iglesia es la comunidad de los creyentes en Cristo, congregada y presidida por sus pastores (cfr. SC 16. 41; LG 26; PO 5). No es pues, ni sólo iglesia jerárquica ni congregación acéfala de miembros. Por eso, la asamblea cultual no está compuesta ni sólo por los pastores ni sólo por los fieles, sino por el entero Pueblo de Dios. Ese Pueblo es el sujeto integral de la acción litúrgica, siempre que esté unido a Cristo, sujeto último y trascendente, que constituyó a la Iglesia como cuerpo sacerdotal y la estructuró como un organismo dotado de pastores y fieles, de comunidad y jerarquía. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, «es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, quien celebra» (CEC 1140).
Ahora bien, la Iglesia —en cuanto misterio de gracia— se hace realidad y se manifiesta visiblemente en las legítimas reuniones locales de fieles presididas por sus pastores (cfr. LG 26). Estas asambleas locales, llamadas Iglesias en el Nuevo Testamento, constituyen la más completa manifestación de la Iglesia de Cristo, sobre todo en la celebración eucarística (cfr. LG 26, SC 41). En ellas está presente y actúa Cristo, pero lo hace a través de la asamblea reunida en su nombre y bajo la presidencia de su legítimo representante. La Iglesia local reunida para el culto es, por tanto, el sujeto agente de las celebraciones litúrgicas; pero en ella está representada y actualizada la Iglesia universal, que actúa en su totalidad en esta porción, que alcanza así su verdadero sentido.
Las formas concretas de actuación de la Iglesia local son diversas. La más representativa es la celebración litúrgica de los fieles con su obispo en la catedral (cfr. SC 41). Pero también lo son las celebraciones en las parroquias (cfr. SC 42), en grupos reunidos bajo un presbítero autorizado por el obispo, en comunidades monásticas, en una familia unida para rezar la liturgia de las Horas, en grupos espontáneos de fieles que, sin sacerdote, se reúnen para rezar en común la oración de la Iglesia, e incluso en cada cristiano que, al celebrar la oración de la Iglesia, también la representa, pues está unido con todo el Pueblo de Dios.
La Iglesia reunida localmente en la celebración litúrgica —la asamblea— actúa como representante de toda la Iglesia que está presente en ella. En tal unidad de celebrantes —Cristo e Iglesia— actúa el Cristo total, entendido como Cabeza y miembros. Por eso, las acciones que realiza la asamblea o reunión de la comunidad para el culto, no son ni acciones privadas ni privativas de los ministros ordenados ni exclusivas de los fieles, sino «celebraciones de la Iglesia», a la que pertenecen, manifiestan e implica (cfr. SC 26). Ahora bien, por ser la Iglesia «pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos» (SC 26), cada uno de los miembros de ese Cuerpo actúa según la diversidad de órdenes y funciones, concretamente como ministro o simple fiel (cfr. SC 28). Dentro, por tanto, de la asamblea litúrgica actúan tanto el sacerdocio común como el ministerial, que, siendo esencialmente distintos, se orden el uno al otro y mutuamente se necesitan para realizar el culto verdadero y agradable al Padre (cfr. LG 10; PO 5). Cada uno realiza «todo y sólo lo que le corresponde por la naturaleza de las acciones y normas litúrgicas» (SC 28). La fenomenología de las asambleas litúrgicas presenta, entonces, una situación compuesta de ministros ordenados, ministros instituidos, ministros de facto y demás fieles.
3.1. Ministros ordenados
Son los que participan —en mayor o menor grado— del sacerdocio ministerial de Cristo Cabeza. Este sacerdocio, siendo esencialmente distinto del bautismal, está «esencialmente finalizado al sacerdocio real de los fieles y a peste se ordena» (cfr. Christifideles Laici 22); por eso, quienes ejercen el ministerio ordenado representan a Cristo cabeza y, a la vez, sirven a la comunidad de los fieles.
Poseen este sacerdocio el obispo y los presbíteros. Por su participación en el sacramento del Orden, el diácono colabora de modo especial en el ministerio del obispo y sus presbíteros.
— El obispo: posee la plenitud del sacerdocio y pastorea la Iglesia en comunión con el Romano Pontífice (cfr. CIC 375). En las celebraciones litúrgicas, el obispo ejerce el ministerio de presidir y actuar «en la Persona de Cristo–Cabeza» y predicar con autoridad la Palabra de Dios. Tiene encomendada una porción del Pueblo de Dios (Iglesia particular o diócesis), y la cuida pastoralmente con la ayuda de su presbiterio (cfr. CIC 369 y 376). Por eso, el obispo, además de dispensador por antonomasia de los misterios sagrados, es el moderador, custodio y promotor de la vida litúrgica de su diócesis: preside todas las concelebraciones, reza las oraciones presidenciales y recita las fórmulas sacramentales[11]. «Por ser la Eucaristía donde se manifiesta plenamente el sacramento de la Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía donde el ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión con él, el de los presbíteros y los diáconos» (CEC 1142).
— Los presbíteros: no poseen la plenitud del sacerdocio y dependen del obispo en el ejercicio de su ministerio; sin embargo, son verdaderos sacerdotes y cooperadores del orden episcopal en el servicio al Pueblo de Dios, bajo cuya autoridad santifican y gobiernan la Proción de la grey que se les encomienda (cfr. CEC 20). Por eso, en las celebraciones litúrgicas actúan como ministros de Cristo y representantes del obispo. En concreto, ejercen el ministerio de actualizar y ofrecer el sacrificio redentor in persona Christi –asociando a los fieles a su ofrenda–, celebrar los sacramentos, presidir la asamblea, anunciar con autoridad el mensaje de salvación, dirigir la oración y dar a sus hermanos el Pan de la vida eterna.
En la celebración eucarística –y, en la debida proporción en las de los demás sacramentos y acciones litúrgicas– el presbítero es responsable de una presencia peculiar del Señor; es un instrumento de Cristo que se sitúa en la línea del servicio a Dios y al Pueblo con dignidad y humildad; y refleja la comunión con el propio obispo y con la Iglesia universal. Por eso, ha de estar íntimamente unido a Cristo y reflejar en la palabra, en los gestos y en toda su persona el carácter sagrado de la acción que realiza; sentirse también unido a la comunidad que preside, animando a todos en la fe, en la conversión, en la construcción de la fraternidad y en el testimonio de vida; y cuidar con fidelidad los aspectos normativo de los actos litúrgicos, viviendo lo que la ley litúrgica deja indeterminado según el bien pastoral de la comunidad, no según sus preferencias personales o las de un grupo particular. En una palabra: todo el ministerio litúrgico del presbítero debe manifestar siempre tanto su condición de instrumento de Cristo como la comunión con el propio obispo y con la Iglesia universal.
— El diácono: recibe «la imposición de manos no en orden al sacerdocio sino al ministerio» (LG 29). Su servicio al Pueblo de Dios –en comunión con el obispo y los presbíteros– es el ministerio de la Palabra y el de la caridad (cfr. LG 29).
Los ministerio litúrgicos del diácono son: proclamar –y a veces, predicar el Evangelio (cfr. CIC 757)–, proponer a los fieles las intenciones de la plegaria universal y sugerir a la asamblea, con moniciones oportunas, el comportamiento que debe adoptar en cada momento de la celebración. El diácono es también ministro ordinario del Bautismo, de la Comunión y de la exposición y reserva del Santísimo Sacramento (cfr. CIC 943). Puede asistir como delegado al Matrimonio (cfr. CIC 1108), presidir el rito de los funerales y de la sepultura (cfr. RE 28) e impartir algunas bendiciones.
3.2. Ministerios instituidos
Son los que habilitan para determinadas acciones litúrgicas mediante un rito específico no perteneciente al sacramento del Orden. Sus «funciones son determinadas por los obispos según las tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales» y siempre «en orden a ejercer funciones del sacerdocio común» (CEC 1143). En la actual tradición litúrgica romana, estos ministerios son el acolitado, el lectorado y, en cierto sentido, el ministerio extraordinario de la Comunión.
— El acólito: es instituido para el servicio del altar y como ayudante al sacerdote y del diácono. A él compete principalmente la preparación del altar y de los vasos sagrados, y, según las normas del derecho, distribuir a los fieles la Eucaristía, de la que es ministro extraordinario (Cfr. OGMR 98; CE 27–29).
— El lector: es instituido para la función que le es propia: leer la Palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por ella proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, excepto el Evangelio, en la misa y demás celebraciones sagradas (cfr. OGMR 99; CE 30–32).
— El ministro extraordinario de la comunión: verdadero y propio es el acólito, pues ejerce su ministerio de forma permanente, pero el Ordinario puede elegir también otros ministros, a fin de que puedan suplir la falta de ministros ordinarios (sacerdote y diácono)o acólitos.
A diferencia del acolitado, exclusivo para los varones, este ministerio puede conferirse también a mujeres. Quienes ejerzan este ministerio no necesitan ser instituidos por ningún rito específico; sin embargo, puede ser pastoralmente conveniente admitirlos en el curso de una breve celebración e incluso en la misa, una vez concluida la homilía.
3.3. Ministros de facto
Pertenecen a este grupo. El salmista, los cantores, el director del canto, el comentarista o monitor, el lector, el maestro de ceremonias y el lector y el acólito no instituidos[12].
— El salmista: este ministerio tiene por objeto cantar el salmo responsorial con competencia, unción y fe, para facilitar a los demás fieles la respuesta del mensaje propuesto en la lectura y, en ocasiones, la meditación del mismo (cfr. OGMR 102; CE 33).
— Los cantores (schola): El grupo de cantores ayuda a la asamblea a participar en las partes cantadas de la celebración litúrgica, por eso no debe suplantar o anular a la asamblea ni situarse al margen de la celebración (Cfr. OGMR 103; CE 39–40).
— El maestro de ceremonias: este ministerio tiene la finalidad específica de prepara las acciones sagradas y dirigir a los ministros, de modo que la celebración litúrgica ser realice con decoro, orden y edificación. No siempre es posible la existencia de este ministerio, pero debería instituirse al menos en las iglesias y comunidades de mayor rango (Cfr. OGMR 106; CE 34–36).
— El sacristán: prepara las celebraciones del Obispo juntamente con el maestro de ceremonias, y bajo su dependencia. El sacristán arregla con diligencia los libros para la proclamación de la Palabra de Dios y para el rezo de las oraciones, las vestiduras y lo demás necesario para la celebración. Vigila que se toquen las campanas para la celebración. (Cfr. OGMR 105a; CE 37).
Otras personas que pueden ayudar en el desarrollo de la celebración, aunque sus funciones no están recogidas en los libros litúrgicos son:
Ø El comentarista,
Ø Los encargados de las colectas en las iglesias;
Ø Los encargados de recibir a los fieles en la puerta de la iglesia (Cf. OGMR 105).
— Los fieles. Los protagonistas principales de la asamblea litúrgica son el ministerio ordenado y el pueblo fiel, puesto que son ellos quienes aseguran que la comunidad cultual refleje el modelo de Iglesia diseñado por Cristo: Pueblo de Dios jerárquicamente organizado.
Los fieles, por tanto, desempeñan siempre un papel importante sobre todo en la celebración de la Eucaristía (OGMR 95) y en los supuestos en los que las asambleas litúrgicas son pequeñas en número o de tales características que resulta imposible disponer de ministros adecuados.
4. ¿Por qué la Liturgia es una acción comunitaria?
La liturgia exige la participación de cada uno y de toda la asamblea. «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos» (SC 26). Implican, pues, a todo el cuerpo eclesial y exigen la participación plena de cada uno.
Deben reflejar el rostro armónico y total de la comunidad y manifestar la diversidad de miembros y funciones de todo el pueblo de Dios.
El Concilio Vaticano II promueve la participación litúrgica y la considera parte integrante y constitutiva de la misma acción litúrgica: «Mucho desea la Madre Iglesia que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud el Bautismo, el pueblo cristiano, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido» (SC 14).
El texto conciliar pone como fundamento de la participación el sacramento del Bautismo. Menciona el derecho y la obligación de los fieles a tomar parte en la Liturgia por su condición de bautizados. Por el Bautismo el fiel cristiano está revestido de la dignidad sacerdotal, fruto de la incorporación en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y en su Cuerpo, la Iglesia, y está ordenado al culto verdadero en espíritu y en verdad, que la Iglesia tributa al Padre por medio de su Señor, o sea, el culto que Cristo mismo ejerce en su cuerpo sacerdotal, formado por la totalidad de los bautizados.
4.1. ¿Qué características esenciales deben encarnar los fieles en la Asamblea Litúrgica?
Su participación debe ser:
a).- Plena, consciente, activa y fructuosa (SC 11. 14).
b).- Interna y externa (Cfr. SC 19. 110).
c).- Propia de los fieles (Cfr. SC 14), comunitaria (Cfr. SC 28).
Su sacerdocio bautismal, señala el origen del derecho y del deber que asiste a los fieles para tomar parte en la liturgia (Cfr. SC 14; LG 10. 11; PO 5).
Su participación forma parte de la naturaleza misma de la Liturgia (Cfr. SC 2. 11. 41. 42; LG 26).
Urge la puesta en práctica de la participación (Cfr. SC 11. 14) y de los medios que la hacen posible:
a).- La formación litúrgica (SC 14. 19).
b).- La catequesis litúrgica (SC 35, 3).
c).- Las celebraciones de la Palabra (Cfr. SC 35, c).
d).- La Homilía (Cfr. SC 35. 2. 24. 52).
e).- Los cantos y las respuestas, los gestos y posturas corporales (Cfr.SC 30).
Su santificación, es la meta final del pueblo cristiano y la glorificación al Padre (Cfr. SC 5. 7. 11. 12). Por tanto, la Iglesia procura que los cristianos no asistan a este ministerio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada (Cfr. SC 48).
4.2. Orientación para la Formación Litúrgica del Equipo
La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, ha puesto en primer plano la necesidad de una acción formativa específica para renovar concretamente y en profundidad, la vida litúrgica de los fieles y de las comunidades cristianas.
Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa (Cfr. SC 19).
Esto nos indica la necesidad que tiene el cristiano de una formación litúrgica y, de modo concreto y especial, el Equipo de Animación Litúrgica, para ejercer su misión con calidad, expresión e inteligencia. La formación no está limitada a una etapa de la vida del cristiano, ni mucho menos está reservada a unos privilegiados. Todo fiel católico, por el hecho de estar bautizado, tiene el derecho y la responsabilidad de recibir y poseer una buena formación litúrgica durante su vida.
4.3. ¿Qué es un Equipo de animación litúrgica?
Es el grupo conformado de cristianos que asumen y ejercitan con responsabilidad vocacional unos ministerios o funciones en las celebraciones de la comunidad cristiana.
4.4. Posee las siguientes características:
Ø Se define por su unidad y pluralidad.
Ø Ejercen diferentes ministerios y/o funciones:
Ø Todos los miembros del equipo dedican parte de su tiempo para preparar coordinadamente las celebraciones.
Ø Animan como «agentes», a la asamblea reunida en nombre del Señor para que participe plenamente.
4.5. Exigencias del Equipo de Animación Litúrgica:
La creación o potenciación del equipo no es una moda pasajera, sino una urgencia y necesidad experimentadas por la asamblea cristiana.
Sin la presencia del equipo se hace muchas veces difícil la participación activa y decae el ritmo y el nivel de la celebración, en detrimento espiritual de los fieles.
La experiencia enseña que la calidad de la participación y el fruto de la celebración dependen en parte de la preparación y animación de las acciones litúrgicas.
La consistencia y permanencia en el grupo dependen de la vida que lleve.
Cuando la tarea encomendada se reduce a cumplir una simple función, o un «ejecutivismo» más o menos bien realizado, se pierde el sentido de la función y no se vive lo que se hace. Un equipo así se convierte en un mero «ejecutor», pero no es un verdadero «animador».
El equipo bien organizado es un instrumento de gran valor para garantizar no sólo una buena marcha de las acciones litúrgicas desde el punto de vista de la participación de los fieles, sino de la perspectiva de toda la pastoral litúrgico-sacramental de la comunidad.
Debe tener una presencia y una voz en las reuniones del Consejo Pastoral de la comunidad e incluso un reconocimiento «institucional» en el mismo.
Debe permanecer siempre abierto y acogedor para las personas interesadas en preparar las celebraciones o en profundizar en el espíritu de la Liturgia.
4.6. ¿Cómo se forma un Equipo de Animación Litúrgica?
Se forma con el fin de animar las celebraciones litúrgicas, ya que no puede recaer solamente en el sacerdote que preside la acción sagrada, ni en una sola persona, por muy capaz que ésta sea.
4.6.1. El equipo debe conformarse:
Ø Por gente responsable, activa y con deseos de ser capacitada.
Ø Por personas que vivan su fe y que prestan generosamente un servicio a favor de la comunidad.
Ø Para preparar, animar y revisar las celebraciones en perfecta sintonía con el presidente de la celebración.
Ø Por la urgente necesidad y de acuerdo a las posibilidades concretas de cada comunidad.
Ø De acuerdo a la iniciativa del sacerdote o por la sugerencia de unos fieles urgidos por un aprecio a la Liturgia y por el deseo de mejorar las celebraciones.
Ø Por grupos variados, preparados y representativos de la comunidad.
Ø Por un grupo heterogéneo que agrupe ministros ordenados e instituidos, religiosos y religiosas, y sobre todo laicos.
Ø Mediante un proceso largo y paciente de formación y composición, de organización y funcionamiento que debe respetarse, pero a la vez impulsar.
Ø Con tiempo necesario para constituirse como grupo, según las técnicas actuales y recibir una formación litúrgica elemental.
4.7. El equipo debe manifestar un proceso evolutivo:
Ø A medida que pasar el tiempo, va madurando como grupo.
Ø Crece su capacidad de trabajo en equipo y de diálogo, en alegría y generosidad, en fe y en oración, en estudio y en formación técnica.
Ø Pasa de ser un grupo inconexo (no tiene conexión) a un grupo con conciencia propia.
Ø Pasa de unas personas, que leen las lecturas con más o menos regularidad, a estar más comprometidas.
Ø Pasa de unas personas que entran a la sacristía antes de la celebración a preguntar si tienen que hacer algo, a ser un grupo que prepara la dinámica de la acción sagrada.
Ø Pasa de unas personas «sin opinión», a ser un auténtico equipo que estudia, dialoga, prepara, anima y revisa las celebraciones.
4.8. El Equipo debe lograr:
Ø Que cada comunidad funcione con varios equipos de animación litúrgica coordinados entre sí.
Ø Que cada grupo atiendas determinadas celebraciones, por ejemplo:
a).- Las eucaristías dominicales.
b).- Las eucaristías entre semana.
c).- Las celebraciones con niños o jóvenes, etc.
d).- Las celebraciones de los demás sacramentos.
e).- Incluso un equipo responsable de los ejercicios piadosos.
Ø Si son muchos los miembros del equipo, se podría pensar en rotarlos a la hora de distribuir las funciones y crear subgrupos.
Ø Que en el momento de la reflexión y formación, se unan todos en un solo equipo para crear unidad de criterios.
4.9. ¿Quiénes integran el Equipo de Animación Litúrgica?
La esencia de una «eclesiología de comunión y de participación» en la Iglesia manifiesta la existencia de ministerios y funciones, además de los dones personales y carismas, en la que todos los miembros contribuyen, cada uno a su modo, a la edificación del Cuerpo místico de Cristo.
Como ya lo habíamos indicado anteriormente las diversas funciones y ministerios:
4.9.1. Ministros ordenados (obispo, sacerdotes, diácono):
a). Es deseable y necesario que se haga cargo y se responsabilice de su marcha, organización y orientación.
b). Su presencia será una garantía de constancia, de unidad de criterios y hará de puente entre el grupo de liturgia y el equipo sacerdotal de la comunidad.
c). Sería ideal que el que preside en la celebración estuviera presente en el equipo a la hora de preparar, ya que es quien impulsa y anima, coordina y conduce.
4.9.2. Ministerios instituidos.
4.9.3. Diversos servicios.
5. ¿Qué cualidades se requieren para quienes desean pertenecer al Equipo de Animación Litúrgica?
5.1. Se requiere un espíritu de servicio:
Esto significa:
Ø Ponerse desinteresadamente al servicio de la asamblea para ayudarla a comprender, participar y vivir lo mejor posible el misterio que se celebra: el Hijo de Dios ha venido a servir y no a ser servido.
Ø Superar las dificultades que surgirán posiblemente con el grupo. En el diálogo fraterno se debe buscar la verdad y no imponer opiniones personales.
Ø Que el equipo no puede considerarse como «dueño y propietario» de la Liturgia, sino sentirse y actuar como «servidores».
5.2. Se requiere espíritu de comunión:
Esto significa que:
Ø El Equipo no puede permanecer aislado de la comunidad.
Ø No puede desarrollar su vida y funciones desconectado de los grupos dedicados a otras tareas en bien de la misma comunidad.
Ø Que entre los miembros del equipo se perciba la unidad y la organicidad.
5.3. Se requiere ser participante antes que «agentes de animación»:
Significa:
Ø Que es un miembro activo de la asamblea a la que sirve.
Ø Que no está allí para que los fieles recen, escuchen la Palabra y celebren el misterio o para hacer un comentario, etc., sino para ser el primero en participar, orar, escuchar y celebrar, etc.
Ø Que no puede quedarse fuera de la participación mientras anima a los demás a participar.
Ø Que debe sentirse miembro de la asamblea orante y celebrante, debe dar testimonio de su participación gozosa.
5.4. Se requiere conocer la comunidad cristiana:
Esto significa:
Ø Conocer la cultura, la realización y tensión, los problemas y esperanzas, su expresión y lenguaje de la comunidad.
Ø No prestar atención sólo a un grupo de personas y marginar a otras o exigir a la asamblea más de lo que puede dar.
Ø Prestar atención al estilo y graduación de fe de los que forman la asamblea.
5.5. Se requiere mejorar la calidad de las celebraciones:
Significa:
Ø Estar capacitado para realizar su servicio con mayor perfección.
Ø No improvisar ni dar la impresión de falta de preparación.
Ø Que es necesario que desaparezcan los «espontáneos» en las acciones litúrgicas.
Ø Cumplir con una función o ministerio con preparación técnica, con una capacidad humana y comunicativa, y con sensibilidad y espíritu litúrgico.
Ø Que los que prestan un servicio o función tienen por misión ayudar a descubrir y apreciar la verdad y autenticidad, el significado y sentido de los símbolos y ritos, de los gestos y movimientos de la acción litúrgica.
5.6. ¿Quién es el responsable del Equipo de Animación Litúrgica?
Corresponde al sacerdote de la Parroquia la responsabilidad y presidencia del grupo que prepara la Liturgia. La Institución General del Misal Romano (IGMR), en el número 111, indica que la efectiva preparación de cada celebración se hará bajo la dirección del rector de la Iglesia.
Cuando no puede responsabilizarse personalmente el sacerdote, por sus múltiples tareas parroquiales o pastorales, es posible que delegue la responsabilidad en algún laico.
Sin embargo, la presencia del sacerdote es conveniente y necesaria para guiar, iluminar y estimular la labor que realiza el equipo en la comunidad.
5.7. ¿Qué actitudes deben caracterizar al responsable del Equipo de Animación Litúrgica?
Ø Ha de ser una persona madura en la fe, que anime al Equipo a vivirla y a expresarla en las celebraciones y en el compromiso de testimoniarla en el quehacer cotidiano.
Ø Que goce de una capacidad de relación, de acogida, de servicialidad y entrega, de equilibrio personal y de una gran sensibilidad litúrgica.
Ø Que sea un auténtico «animador» de los animadores.
5.8. ¿Qué funciones debe ejercer el responsable del Equipo de Animación Litúrgica?
Ø Debe convocar al Equipo, según el calendario aprobado anteriormente por todo el grupo o en casos de urgencia.
Ø Prepara y presidir las reuniones, dándoles el ritmo y dinamismo convenientes, según las metodologías establecidas y programadas por el mismo grupo.
Ø Dirigir y ordenar el diálogo durante las reuniones, procurando por todos los medios que reinen la caridad y el respeto mutuo.
Ø Asegurar el cumplimiento y la responsabilidad de los que se encarga a cada miembro del equipo.
Ø Encauzar y canalizar las iniciativas y la creatividad, apoyar las ideas de los demás, siempre que estén en conformidad con el espíritu de la Liturgia y para el bien espiritual de la comunidad.
Ø Animar y promover la formación teológico–litúrgica del grupo y de la misma comunidad, por los medios ordinarios y extraordinarios.
Ø Interesarse y hacer posible que todos los miembros del equipo participen en cursillos diocesanos o nacionales y se inscriban en las escuelas de teología o de liturgia existentes, para una formación fundamental y específica.
Ø Hacer de puente entre el equipo y el sacerdote, cuando el responsable es un delegado, para informarle de la marcha y labor del grupo.
Ø Debe evitar que el grupo caiga en el puro «ejecutivismo» o reducirse a ser simples funcionarios de un oficio.
5.9. ¿Cuál es el método de trabajo que puede ayudar al Equipo de Animación Litúrgica para su buen desempeño?
5.9.1. La Oración
a). Se recomienda que la sesión comience y termine con momentos de oración.
b). Los miembros del Equipo se mueven en un clima de fe para orar desde y sobre su propio servicio litúrgico. No se mueven sólo para realizar técnicamente una función o servicio.
c). Puede encargarse, para cada sesión, a un miembro del grupo que dirija y prepare la oración inicial y conclusiva.
d). Dedíquese un tiempo a la «lectura orada» de la proclamación bíblica del domingo o festividad de que se trate.
e). La oración crea siempre un clima de fe y vivencia, de silencio y diálogo, de respeto y libertad, de comunión y amistad.
5.9.2. Revisión
a). Es conveniente que al principio de la sesión se dedique un tiempo para revisar brevemente las últimas celebraciones en las que ha actuado el Equipo.
b). La revisión no debe limitarse únicamente en la materialidad de la ejecución de los ministerios o servicios, sino también a valorar el clima de orientación y participación que se ha creado en la asamblea.
c). Durante el año, el grupo dedicará algunas sesiones a una revisión más profunda y prolongada.
5.9.3. Contextualizar
a). Tiene como finalidad, presentar un panorama de los aspectos generales de la celebración y enmarcar la acción litúrgica en el cuadro del Año Litúrgico o en el ambiente sacramental correspondiente.
b). Descubrir y describir, si existen, algunos aspectos o circunstancias que vive la comunidad cristiana a nivel existencial, social o religioso.
c). Enmarcar la celebración dentro del espíritu litúrgico del tiempo correspondiente del Litúrgico.
d).- Relacionar las fiestas de la Virgen María y de los santos con el Misterio Pascual de Cristo.
e). Si se trata de preparar la celebración de un sacramento, situarlo en el conjunto de los demás sacramento y centrarlo en la Eucaristía.
f). Considerar algunos aspectos que faciliten la comprensión del Domingo y de las fiestas, como los histórico–teológicos, sin olvidar los actuales.
g). Recordar las líneas fundamentales del Domingo o domingos anteriores con la finalidad de describir la posible relación de contenido con el presente.
5.9.4. Analizar
a). Consiste en examinar los contenidos de los diversos textos litúrgicos y eucológicos (oraciones, por ejemplo: Oración Colecta, Oración sobre las Ofrendas, Oración después de la Comunión, Prefacio, etc.), comenzando por los más significativos.
b). En el análisis se tendrá en cuenta la relación de unos textos con otros, si existe. Por ejemplo: la interpretación exegética, el lugar que ocupa el texto dentro de la celebración y su incidencia en el hoy.
c). Descubrir el contexto de cada texto de la celebración.
d). Analizar cada lectura bíblica y cada formulario eucológico (oraciones, por ejemplo: Oración Colecta, Oración sobre las Ofrendas, Oración después de la Comunión, Prefacio, etc.), para descubrir su contenido y señalando posibles relaciones entre los mismos.
e). Seleccionar las palabras más significativas que pueden ser claves de interpretación. Se tendrá, luego, en cuenta al ser rezadas y proclamadas en la celebración.
f). Estudiar el lenguaje bíblico–litúrgico y su traducción actual para una mayor comprensión.
g). Sintetizar las ideas principales de los textos litúrgicos y de otros elementos de estudio, que sean y se crean necesarios por el mismo Equipo.
5.9.5 Prepara las tareas ministeriales
a). Se distribuyen las diversas tareas que se han de realizar en las celebraciones.
b). Cada Equipo según su experiencia, determinará la forma de repartir las funciones según el número de miembros, de celebraciones y de otras circunstancias.
c).- Cada persona debe responsabilizarse de la tarea encomendada.
6. ¿Qué condiciones se requieren para la marcha y eficacia del método de trabajo del Equipo de Animación Litúrgica?
· Cada miembro del Equipo preparará con anticipación el material de la siguiente sesión de trabajo.
· La periodicidad de las reuniones será en un principio semanal, pero el Equipo establecerá, según los casos y circunstancias, la periodicidad.
· Obsérvese puntualidad al comenzar y terminar las reuniones.
· El Equipo determinará el tiempo que se dedicará a cada sesión y a cada paso de la misma.
· Todo el equipo, y principalmente el responsable del mismo, debe crear un ambiente de confianza y respeto mutuo.
· Durante la sesión de trabajo, todos los participantes tienen derecho de exponer su reflexión o su punto de vista.
· El responsable debe evitar que una persona o más monopolicen la conversación, o que impongan sobre los demás sus opiniones o decisiones.
· Es conveniente que todos vayan tomando notas en el transcurso de la sesión.
· Es recomendable que en el Equipo reinen criterios fundamentales para las buenas relaciones y la perseverancia del mismo, pueden ser:
a) Respetarse en la fraternidad.
b) Buscar la verdad en la caridad.
c) Ser conscientes de las limitaciones propias y ajenas.
d) Conocer el espíritu y la normatividad de la Liturgia.
e) Buscar siempre el bien espiritual y la participación de la comunidad
celebrativa.
f) Tener en cuenta que se está realizando un servicio desinteresado y
generoso a la asamblea litúrgica.
El Equipo sólo llegará a ser y permanecer como verdadero grupo, cuando existan entre los miembros vínculos no sólo de funcionamiento, sino también de fraternidad y amistad, de acogida y pertenencia, de fe y oración.
El Equipo, además de las sesiones habituales de trabajo, deberá programar otros encuentros que favorezcan el compartir la fe y la oración, la fraternidad y amistad; algunos de ellos pueden ser convivencia, excursiones, etc.
7. ¿Cómo evaluará su desempeño el Equipo de Animación Litúrgica?
Ø En el transcurso del año el Equipo dedicará unas sesiones al trimestre o semestre, o al comienzo de los tiempos fuertes del Año Litúrgico.
Ø Se trata de una revisión seria y a fondo de las sesiones de trabajo y de sus actuaciones de animación ante la asamblea celebrante.
Ø Es un tiempo dedicado a la reflexión sincera y lúcida para descubrir los aspectos positivos logrados y reconocer con humildad las limitaciones y fracasos.
Ø El Equipo no puede dormirse en los laureles conseguidos; debe ser sensible en percibir y captar posibles mejoras para el bien de la comunidad.
Ø El Equipo establecerá la forma de llevar a cabo la revisión, fijando el día y método a seguir. Algunos grupos siguen el método de los tres momentos: el ver, el juzgar y el actuar.
Ø En la reunión anterior a la revisión puede formularse una lista de preguntas, para ser reflexionadas por cada miembro antes de la revisión y así facilitar la sesión de revisión.
Ø Una buena revisión ayuda siempre a mejorar las celebraciones y la misma participación de la asamblea.
Conclusión
La Liturgia no anula al individuo ni a la persona humana, pues la asamblea litúrgica no es una masa amorfa donde se sacrifican la participación y responsabilidad personales en aras de un falso colectivismo. El espíritu comunitario exige, ciertamente, sintonizar la individualidad de cada uno con la comunidad sacramental que es la Iglesia que celebra el culto; pero tal sintonía no hace sino potenciar una espiritualidad más firme, más objetiva, más eclesial y, en definitiva, más cristiana.
Además, hay un amplio margen para satisfacer todos los sentimientos que experimenta el individuo dentro de la celebración. Más aún, la liturgia los supone y exige, pues requiere unas disposiciones interiores vivificadas por la fe, sin las cuales nos quedaríamos fuera de toda esa corriente vigorosa de la vida espiritual, de auténtica transformación interior, que la liturgia de la Iglesia está llamada a realizar.
Por otra parte, la liturgia no se agota ni encierra en sí misma, sino que se abre y proyecta hacia la vida de todos y cada uno de los que toman parte en ella. Ahora, bien esta apertura y proyección se realiza en la medida en que cada miembro del Pueblo de Dios convierte toda su existencia en acto cultual. La asamblea litúrgica no es, en consecuencia una realidad donde se diluye la personalidad de cada uno de sus miembros, sino una instancia en la que la personalidad de cada uno se une a la de los demás, de modo plenamente consciente, para dar cauce expresivo a su condición de miembros de un Cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, del que la asamblea es signo y realización.
A pesar de la importancia que tiene la asamblea, la presencia del pueblo no se requiere para la validez de las acciones litúrgicas.
En primer lugar, no se requiere para la validez de la Eucaristía, según la enseñanza del Concilio de Trento (Ses. XII, cap. 6 y c. 8) y la doctrina y praxis posteriores de la Iglesia. El magisterio reciente ha vuelto a ratificar estos presupuestos, especialmente Pío XII, en la Mediator Dei[13], el Concilio Vaticano II (p. ej. En la SC 57, 2; PO 13), Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei y varios documentos posconciliares de la Sagrada Concgregación para los Sacramentos y el Culto Divino (p. ej. La instrucción Eucharisticum Mysterium), de los que puede considerarse representativa la Ordenación General del Misal Romano, donde leemos: aunque no haya presencia del pueblo, «la celebración eucarística no pierde por ello su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la Iglesia» (OGMR 19). En este sentido no carece de intencionalidad ni significado el cambio terminológico usado en los últimos años: la expresión, inexacta y poco afortunada: misa privada y misa pública, ha dado paso a otra mucho más lograda: misa con y sin pueblo, puesto que una y otra son públicas, por ser actos de Cristo y de su Esposa la Iglesia.
Tampoco se requiere para los demás sacramentos, puesto que su eficacia depende únicamente de ser actos de Cristo: cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza, cuando alguien persona es Cristo quien perdona (cfr. SC7).
Finalmente la presencia del pueblo no es necesaria para la Liturgia de las Horas, pues siempre que un bautizado, debidamente habilitado, reza el Oficio Divino, aquella oración es oración pública de toda la Iglesia y diálogo de Cristo, el Esposo, con su Esposa, la Iglesia.
Esta doctrina tiene incidencia en la existencia eclesial. De hecho, el decreto Presbyterorum ordinis (13) «recomienda vivamente la celebración diaria de la Eucaristía a los presbíteros, aunque no puedan estar presente los fieles». La Sacrosanctum Concilium (57) —y con ella todos los documentos que se refieren a la concelebración eucarística— señala que ha de quedar «siempre a salvo para cada sacerdote la facultad de celebrar la misa individualmente».
Un texto, ya citado de la Ordenación General del Misal Romano ofrece la clave para lograr el debido equilibrio: es deseable —y a ello hay que tender— que se dé «la presencia y la activa participación de los fieles, pues ambas cosas manifiestan mejor que ninguna otra el carácter eclesial de la acción litúrgica» (OGMR 19); ahora bien, cuando esta presencia no es posible, «la celebración eucarística no pierde por ello su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la Iglesia, en la que el sacerdote obra siempre por la salvación del pueblo» (n. 19). Esta doctrina es aplicable, con todas las debidas matizaciones, a los demás sacramentos y sacramentales.
Más sin embargo, seguimos diciendo que la Asamblea litúrgica —la Iglesia— nunca ha dejado de reunirse para celebrar el Misterio Pascual "leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9,15) en Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef 1, 12), por la fuerza del Espíritu Santo" (SC 6).
Debemos de insistir sobre la Asamblea litúrgica en sus fundamentos teológicos y antropológicos para un mejor desempeño de ella. En la práctica debemos de buscar a la luz de la ciencia litúrgica, los medios más adecuados para hacer cada vez más comprensible, creíble y eficaz el signo de la asamblea. Y entonces si los fieles se sentirán llevados a participar en la asamblea sin presiones de ningún género, espontáneamente, con alegría, experimentando su necesidad y desempeñando a conciencia las funciones que son propias de la asamblea litúrgica.
No se tratará solamente de congregarse de una manera física–material, sino que se tenderá a esa disponibilidad en la acción y a esa unanimidad de espíritu que permitan experimentar la presencia viva y real de Cristo resucitado en medio de la asamblea, revivir intensamente su Misterio Pascual haciendo resplandecer su gloria e irradiar la virtud en beneficio de toda la humanidad.
Por lo tanto, los principios expuestos orientan hacia una acción pastoral sobre la asamblea, cuyos objetivos sean potenciar:
Ø la fe,
Ø la santidad,
Ø la eclesialidad,
Ø la unidad,
Ø la participación y
Ø un mayor compromiso de vida.
Respecto a la fe —que supone siempre en los participantes, aunque sea elemental—, es preciso ayudar a explicitarla y profundizarla durante las celebraciones, de modo que la asamblea se convierta en una expresión viva de la misma.
En cuanto a la santidad, la asamblea —reflejo de la Iglesia que, siendo santa, está al mismo tiempo necesitada de purificación (cfr. LG 8)— debe estar abierta a los pecadores y, a la vez, impulsar a todos los fieles a una mayor conversión, a fin de mostrar con progresiva nitidez el rostro de una Iglesia renovada y vivificada por el Espíritu.
Sobre la eclesialidad, es necesario que la asamblea supere, a todos los niveles, toda barrera proveniente de la edad, cultura, raza, nación..., para convertirse en signo de una Iglesia que es «sacramento universal de salvación» (LG 48).
La unidad —meta de cualquier asamblea litúrgica, grande o pequeña— puede alcanzarse con relativa facilidad cuando la asamblea es expresión de una comunidad a la que los participantes están y se sienten vinculados con especiales lazos de pertenencia, mientras que puede ser difícil cuando se trata de una comunidad heterogénea y poco o nada definida. De todos modos, la unidad se puede alcanzar, potenciando la conciencia de compartir una misma fe y formar un mismo Cuerpo.
´ Por último, el compromiso con la vida es inherente a toda asamblea litúrgica, puesto que los sagrados misterios no quedan encerrados en el marco celebrativo, sino que proyectan su dinamismo en la vida personal, familiar, profesional y social de quienes han sido vivificados con su celebración. Este compromiso ha de ser no sólo individual, sino comunitario, como comunitaria es la Iglesia, de la que la asamblea litúrgica es signo.
Pbro. Lic. Francisco Javier Montes Ramírez
(Arquidiócesis de Tijuana)
[1] Gelineau J., Il Mistero dell´Assemblea.Nelle Vostre Assemblee (Teologia pastorale delle celebrazioni liturgiche), Vol I, ed. Queriniana, Brescia 19863, pp. 53–66
[2] Abad Ibañez J. A. – Garrido Bonaño M., Iniciación a la Liturgia de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 19973, pp. 75–100.
[4] Abad Ibáñez J. A., La Celebración del Misterio Cristiano, Ed. Eunsa, Pamplona 20002, pp. 123–136.
[5] Por ejemplo, San Ignacio de Antioquía, Ad Magnesios, en P. Camelot, Ignace d´Antioche. Lettres, París (SChr 10) 4a ed., pp. 85–86; traducción castellana en D. Ruiz Bueno, Padres apostólicos, Madrid 1985, p. 463.
[6] De prophetarum obscuritate homilía 2, 3‒4, PG 56, cc. 181‒182; In epistulam I ad Corintios argumentum et homilae. Homilia 27, 1–3, PG 61, cc. 223–228; In epistulam II ad Thesalonicenses homiliae 4, 4, PG 62, c. 491.
[7] Vagaggini C., El sentido teológico de la liturgia, Madrid 1965, 260–284, a la luz de las páginas 89–101.
[8] La constitución litúrgica ha asumido plenamente este texto, marcadamente comunitario o eclesial, encuadrado en un contexto de caridad fraterna y de oración común, para afirmar, por primera vez en la historia del magisterio conciliar, que Cristo está realmente presente «cuando la Iglesia suplica o canta salmos» (SC 7). La Instrucción Eucharisticum mysterium lo ha explicitado aún más, al afirmar que Cristo está «siempre presente en la asamblea de los fieles congregados en su nombre (cfr. Mt 18,20)» (EM 9). Otros documentos lo aplican también a asambleas específicas, tales como la celebración eucarística (cfr. EM 55; OGMR 5) o el rezo del oficio divino (cfr. OGLH 13).
[9] San Juan Crisóstomo, In epistula, I ad Cor. Hom 18, 3, MG 61, cc. 526–527.
[10] Martimort A. G. La Iglesia en Oración. Introducción a la liturgia, Herder, Barcelona 1992, p. 126, nota 58: 5o Sermón sobre Ana 1 PG 54, col. 669.
[11] Cfr. A. Bandera, «Jerarquía y laicado. Vocación y misión del laico en la Iglesia y en el mundo», Teología del Sacerdocio, vol. XX Burgos 1967, pp. 301–419.
[12] En marzo de 1995, mediante una «Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos comunicaba la publicación de una interpretación auténtica del canon 230, 2, respondiendo afirmativamente a la cuestión de si «entre los oficios litúrgicos que pueden ejercer los laicos, hombre o mujeres, puede enumerarse también el del servicio al altar». En dicha respuesta se hacen las siguientes observaciones: 1a). el canon 230, 2 tiene carácter permisivo, no preceptivo, por lo cual, el modo de proceder de un obispo no puede ser invocado como obligatorio para los demás; 2a) compete a cada obispo en su diócesis, oído el parecer de la Conferencia Episcopal, dar un juicio ponderado sobre lo que procede hacer en ella para un desarrollo ordenado de la vida litúrgica; 3a) si en alguna diócesis el obispo permite que –por razones particulares– el servicio al altar pueda ser desempeñado también por mujeres, habrá de ser bien explicado a los fieles; 4a) debe quedar claro que los mencionados servicios litúrgicos de los laicos son realizados «por encargo temporal»; y 5a) «la Santa Sede recuerda que siempre será muy oportuno la noble tradición del servicio del altar por parte de muchachos. Como es evidente, esto también ha favorecido el surgir de vocaciones sacerdotales. Por tanto, siempre existirá la obligación de continuar sosteniendo estos grupos de monaguillos» (Cfr. ASS [1994] 541–542, Las mujeres, admitidas al servicio del altar [traducción castellana], Phase 204 [1994] 502‒504).
[13] Pío XII, Mediator Dei et Hominum. Encíclica sobre la Liturgia nn. 99–122 (20–IX–1947), CEL. Edice, Madrid 1997, 43–48.
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